lunes, diciembre 21

ø

satori wannabe


el árbol no es el árbol:
es madera a quedar cuando el árbol cae
su nutrir el torrente de la multitud de seres que vivirán de esa muerte

tampoco ellos existen
ni su mismidad habrá de preservarse
abono de hierba a ser pisoteada
y brotes tiernos devorados por un rumiante en una hora cualquiera

hasta que una tarde
lo que fue ese árbol hablará desde otro envase
y del otro lado del espejo
el organismo dirá "pienso, luego existo"



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lunes, diciembre 7


estar entre los seres
y en la cresta de la ola
ser la plenitud de todas las cosas

a esto nos conduce una historia
escrita en minerales, amebas y bestias:
a una tarde de verano
y un éxtasis de sol, risotadas y agua salada

y en el olvido del mundo
sumergido y empapado de la vida siempre joven
ser uno en todo sin saberlo

chapotea y sumérgete de cabeza:
al final del día
no somos más que olas breves
trazos en una marea que no lleva nuestro nombre
como hormigas torpes que buscan el azúcar
de una experiencia total que no logran estas palabras


.

[6.12.09]

domingo, noviembre 29


eres una duna en el desierto
y por eso, en cierto modo,
no existes

cuanta vanidad cuando te sueñas y dices que eres
y te aferras a tu arena
cuando tus granos son del viento

¿quién es el que habla,
el que dice que piensa y luego existe?

"el hombre es el final de la noche
y el principio del día"

martes, noviembre 24

un discurso de despedida

Todos los ciclos se cumplen. Las estaciones dan todo lo que pueden dar de sí, y luego mueren. La herida inflingida espera largo tiempo abierta, pero casi siempre el tránsito de las horas hace lo suyo y la herida se cierra. No se desvanece en el olvido el capullo sin que antes vea florecer sus mejores años o sus preciosos frutos. Todo tiene su hora y su edad.

¿Qué día es hoy? Casi siempre, los hombres pasan por la vida sin saber que pasan. El hábito convierte en trivial la sonrisa auténtica, irremplazable, perdida en un mar de indiferencia. La costumbre de repetirnos en la misma rutina nos hace pensar que esto que vivimos, aquí y ahora, durará para siempre. Y pasamos así por los momentos, corriendo a toda prisa por las calles de la vida, sorteando obstáculos que nos parecen inmensos, todo por llegar a ese momento en el porvenir incierto, en el que podremos, por fin, disfrutar de la vida. Cuando podríamos hacerlo ahora.

¿Qué día es hoy? Hoy es el día en que se cumple un ciclo para ustedes. Una larga jornada que son los años de crecer y adolescer, ha dado todo lo que tenía que dar de sí, y ha llegado a su fin. Hasta aquí, han viajado acompañados, de la mano de su familia, de sus profesores, de sus amigos. Pero de aquí en adelante, el viaje se emprende solo. De a poco, dejarán el nido en el que crecieron, y de a poco, se harán grandes y volarán por su cuenta. No es gran cosa ser adulto, pues aunque a veces la vida sea remanso, la incertidumbre no deja nunca de ser parte de la existencia del hombre, y nada se aprende sin algunos costalazos, y sobre todo, nada se gana si no es con mucho trabajo. Y sin embargo, ustedes añoran la libertad. Una extraña ansiedad los invade, como un niño frente a una puerta desconocida y secreta. Pero ni aún el oráculo más cierto conoce la ruta irrepetible que sólo ustedes conocerán. Nadie repite el camino simplemente porque no hay un camino: cada paso que den será nuevo, y cada oportunidad será irrepetible. No pierdan la oportunidad.

Así, reunidos como ahora, es como se cumple esta jornada. Observen esos rostros que los rodean, miren en los ojos de los que hasta aquí estuvieron con ustedes. Miren a esos ojos y conserven lo mejor que encuentren en ellos, porque así, como ahora, no los volverán a ver. Algunos seguirán con ustedes, por rutas paralelas, y sabrán de ellos de cuando en cuando, sus peripecias, sus aciertos o sus fracasos. Pero serán menos de los que ustedes piensan. Así, reunidos, es como compartieron en el estudio, en el desorden, en la risa, en la tristeza. Cuántas veces esos ojos estuvieron con ustedes, en la complicidad, en la simple torpeza o en el esfuerzo común. Quizá tantas otras veces faltaron cuando pudieron estar, pero si miras profundo en ellos, descubrirás que también detrás de esos ojos hay un ser frágil, un ave que no sabe a donde ir ni cómo hacer. Y cómo tú, aunque mucho desean, ignoran también lo que viene a continuación.

El reloj marca la hora en punto, y en seguida comenzará el próximo capítulo. Que la prisa no los pierda en los senderos irreparables, pero que disfruten de la vida, sin olvidar que su verdadero fruto es el presente. No se desvelen inútilmente por lo que no ha sido todavía, ni se aferren a lo que ya fue, pues nada nos pertenece verdaderamente. Aprendan que las cosas que amueblan nuestra vida son del viento, y que, como decía el Principito, lo esencial es invisible a los ojos.

Ningún otro consejo les podría dar antes de que emprendan el viaje, pues sólo el tiempo enseña. A nosotros, como profesores, nos gustaría pensar que seremos recordados, y que hemos dejado algo de valor en su ser. Pero bien sabemos lo que pasará después de que se vayan, y no estaremos para cuando cosechen los frutos de su propia labor. No olviden, sin embargo, donde estuvieron y de donde vienen, y hagan cuanto puedan por dejar otras semillas en los que vendrán detrás, así como nosotros intentamos hacer con ustedes. Den pasos firmes, pero si se equivocan, empiecen de nuevo, y nunca se queden en el piso si se llegan a caer. Trabajen y pulan sus manos en el trabajo. Pulan sus corazones. Aprendan porque nunca se deja de aprender. Amen con todo su corazón, y abran bien los ojos, porque la luminosa felicidad no toca a la puerta todos los días.

Ha llegado la hora de emprender el viaje. Miren hacia el este porque por allí nace el nuevo sol, cargado del fruto granado de nuevas alegrías y nuevas lecciones. Avancen ahora, sin miedo. Las puertas de su colegio los despiden, y el mundo enorme se abre para ustedes. Leven anclas y avancen porque sólo queda avanzar, más allá del horizonte, hacia donde nace el nuevo día. Avancen, mientras nosotros los vemos partir desde la orilla, hacia lo que sólo ustedes serán. Fuerza y valor navegantes, sea con ustedes la felicidad.

Hasta siempre.

sábado, noviembre 21

hay un sendero
el resto son bosques

el sendero no es uno
pero es uno el sentido de todos los caminos

no avanza ni no retrocedece
es inmersión
es ascenso y descenso

despierto y me veo descalzo
como un sonámbulo que despertara en seco a mitad de una carrera loca
sin saberme ni cómo ni en donde

entonces, un fulgor se trasluce a través de todas las florestas del mundo
como si todo el hormigón que amuralla las ciudades
no fuese más que cristal empañado
y desde allí, desde un centro que es un pixel en el medio de mi corazón y el núcleo que anuda a todas las cosas
me llama y me conduce


queda avanzar
no vale quedarse en el mismo sitio

sábado, noviembre 7

memoria de un rito



Aquella noche, las palabras del anciano en medio del bosque habían sido: "estás aquí, existes". Sostenía un espejo, y sólo brillaba una hoguera en la ausencia de la luna. Medio día de un errar descalzo sin sendero entre los árboles, para llegar hasta su centro y escuchar esas palabras, mirándose a los ojos, cansado, frágil y asustado en un cristal empañado. Todas las calles del mundo y todas las palabras pronunciadas quieren llegar hasta el lugar. Los primeros pasos de los niños y el transitar atareado de los oficinistas caminan en ese sentido, hasta que lo pierden y se pierden en su periferia perpetua. Y sin embargo, el viejo había sabido guiarlo sin hesitar hasta el claro. Sin método y sin un plano, había encontrado el último lugar sagrado del mundo, en el que el inefable todavía habitaba. No hay brújula que conduzca a expedición alguna hasta ese templo, porque sencillamente ya no existe.

Recuerda la tierra entre sus dedos sin zapatos, y sabe que hubieron grillos y aves misteriosas durante la madrugada. De vez en cuando, mientras se sumergía en su centro, el abuelo entonaba canciones incompletas que hablaban de cosas simples. Alguna hablaba de niños que iban temprano por la mañana camino de la escuela. Otros versos eran extraños: "del fondo de un caracol, una culebra saldrá" - y luego la serpiente salía a comer los campos de las tierras del más allá.

Con el alba, el tiempo cumplió con su ritual, y sin embargo, era nuevo. El fulgor de la luz fue recibido como el primero, y entre lágrimas vio a la enredadera abrazarse a un cerezo, la vida en ellos una sola. Con los rayos del sol, salió a correr y comió del fruto dulce de los árboles del huerto. Todo fue simple, y las complicaciones de los hombres se mostraron absurdas. Una corbata no era más ridícula que rezar todos los días, y hasta los valores más nobles eran un chiste. Tal era su alegría, que apenas escuchó cuando el viejo le decía que no podría conservar este momento, pero que podía chapotear en el río. Así que se sacó lo que quedaba de su traje, y se sumergió en las aguas más frescas que han habido en el mundo.


Sonríe cuando evoca esos días. Pero la sonrisa es agridulce: ahora, desde la distancia, sólo recuerda imágenes, escenas y símbolos que no entiende. Ningún esfuerzo de la memoria puede hacerle sentir la emoción sobrecogedora y total con la que se arrojó de cabeza en el río, la lucidez imposible, la claridad plena que sólo en esos días sintió. La palabra era "ahora", y de algún modo, sabía que en ella había un secreto y una llave. Que lo que le angustiaba en el presente, en su estéril afán por evocar lo incomprensible desde una ventana que miraba al atardecer, se resolvería cuando descubriera de nuevo ese secreto.

Además de un recordar inútil, sólo saca en limpio algunas conclusiones pueriles. Como que ser una persona exige comprometerse con expectativas, memorias e ideas, así como la preferencia injustificada por una clase cualquiera de costumbres, y desde allí, el derecho inalienable de ser el individuo que se desee ser. "En ello descansa la libertad"- se dice, y el intelectual se cruza de brazos satisfecho cuando llega a esa conclusión.
"Pero hay algo distinto de ser una persona. El problema es que seguir ese camino, si no lleva a la contemplación crística, conduce a los institutos psiquiátricos".


Pero entonces, ¿qué es lo que trata de recordar?
Es inútil. Es como un jarrón roto, del que sólo queda mirar sus piezas e imaginarse como iban juntas. Y es curioso, porque durante la jornada del asombro, el viejo también había dicho "rómpete a tí mismo como un espejo". Y entonces su ser se había fracturado por completo, como si el martillo contra el cristal lo liberara de su envase, mariposa que vuela más allá de su crisálida.

Pero recuperar esa frase no reúne las piezas. Se mira las manos. sabiendo que la materia de sus dedos continúa en los átomos más allá de ellos, pero eso ya nada significa para él. Así, después de algunos años, prefiere no perderse en semejantes soliloquios, como quien evita ingresar a un laberinto sin centro.

Por las noches, a veces, sueña todavía con la voz del viejo diciéndole que el secreto está entre los árboles, o con raíces antiguas que descienden por las escaleras de su casa. Pero cuando despierta ya no quiere saber a donde llevaban.


martes, octubre 13

sueño - continentes



Era un continente

y me fracturaba

hasta que pedazos de mi se dispersaban en el oceano

y se perdían para siempre.


en cada isla iba yo

y entonces era otros

desconsolado mirando desde cada orilla

a mis iguales

mis hermanos

ser distancia y olvido


¿donde estaba yo entonces?

¿estaba acaso en alguna parte?


el océano es un muro

la brecha, el teatro y el testimonio de lo que era


sus olas sedientas, espacio vacío para la tierra prometida


¿donde caerá de nuevo la pisada de la que crecerá pasto?

¿cuando será que el verbo se haga carne otra vez?


por las mañanas navíos náufragos salían a mi encuentro



.

sábado, octubre 10

discurso insensato

Apenas existo en mí mismo
y mis venas quieren fundirse con el mar

insensato
la vida
la única que existe
se acaba y no será más

tu corazón escribe como si te recordaras diciendo
"héme aquí trazando mis huellas
que no oradan la piedra pero que hacen círculo
y el círculo crece en su oradar el silencio"

mas el ciclo termina donde comienza
y tu voz no abonará a la tierra
- la voz sólo sirve para los hombres
y su recuerdo para conservar el tiempo

germinarán las flores y cantará el gallo
¿que habrás hecho hasta entonces?

retírate de estas palabras
y vuelve a tu casa
mientras amanezca todavía

miércoles, septiembre 30

versos ajenos

[Estoy tratando de creer...]

Estoy tratando de creer que creo
no es el mejor punto de partida
pero al menos dudo de mi escepticismo
como de una racionalidad sin antecedentes
no ha sido para mí, en su larga trayectoria
un particular motivo de orgullo.
Creer pero lo más lejos posible
de la iglesia católica y romana
a años luz del superpapa


Enrique Lihn.

lunes, septiembre 21

un símbolo incandescente
una puerta última
la certeza irrefutable
el regazo que cure todas las heridas
el final de la muleta
la moraleja sabia y prudente

nada de eso hay en estas palabras
si acaso un retrato del que sólo hay el contexto y puntos suspensivos.

de vez en cuando se pierde la fe en el punto final (.)

sábado, septiembre 19

invierno




Distante de la luz solar, intento subir hasta tí a través de mi invierno. Mas apenas logro dar con el sendero. Extraviado, se vuelve niebla la claridad diurna que otrora me hiciera percibir lo que concebí como verdad purísima, lucidez cristalina y las piezas del rompecabezas unidas todas bajo un sentimiento sin nombre, demasiado grande para el corazón de un hombre.
Supe que tendría que volver a mi casa, portando cual Prometeo una luz encendida en mi corazón, para así distribuirla entre mis iguales. Sin quererlo realmente, conduje mis pasos y bajé la escalera, obediente a la conciencia de lo que entendí sin dudar como necesidad, deber y urgencia.

Pero héme aquí. Cerré la puerta tras de mí y habité como los hombres. He gastado mi voz y mis manos, y poco es lo que he ganado. ¿Es muy mezquina mi queja? Sé bien que no es para mí la obra, mas mi corazón se desgasta y el fuego se apaga. ¿Dónde es que tenemos ir? ¿Qué era lo que tenía que hacer? Guardo en mi ser el mandato, pero ya no sé si lo entiendo.

Por las mañanas, despierto y me pongo mi traje para volver al mundo. Me pongo mis emociones, mis ideas, mis experiencias, mi forma particular de enfrentar las cosas, mis modos de relacionarme con la gente. Y es un traje que me pesa. Pues aún por unos instantes, logro recordar que no soy todo eso, o que cuando menos hay algo o alguien que incluso si yo, esta versión encarnada de un espíritu, muriera, sobreviviría. Segundos después estoy lavándome los dientes en mi uniforme.

Como ves, de vez en cuando deliro. Me duele pensar que me hablo a mí mismo, que le hago preguntas a las paredes y que mis esperanzas son equivocadas. Y en consecuencia siento frío y miedo. Porque entonces significa que estoy solo, y que he decidido caminar hacia la nada y el vacío. Me duele, ¿no lo ves? Porque me doy cuenta de que busco signos y puertas, y de que los encuentro, es cierto, pero sólo porque yo quiero que así sea. ¿Es así como debe ser? Porque si no es así, entonces deberé apagar la vela y olvidarme de este asunto. Volveré con mis hermanos, y entonces si estaré perdido. Porque ya no recuerdo como se vive de esa manera, cómo se gozan los días sin pensar en una tarea más grande, o cómo se dejan de lado las preocupaciones mayúsculas y ajenas para sólo salvarse uno mismo.

¿Hasta cuando he de encender esta vela?

miércoles, septiembre 2

transitar



En un planeta cualquiera, uno de aquellos con superficie fértil y atmósfera - en ningún caso uno de aquellos puramente igneos o gaseosos, ni de aquellas rocas desérticas expuestas a las radiaciones - transita un organismo. El organismo ha trazado espacios por los cuales transitar, y de acuerdo a intérvalos regulares, ha colocado instrumentos dieñados para indicar cuándo es legítimo avanzar y cuando le está prohibido de acuerdo a las convenciones que esos mismos organismos ha fijado previamente. Así, despreocupado de tales condiciones, el organismo transita hasta detenerse frente a una luz roja, o en todo caso ante lo que él cree que es rojo (no entiende que el color visible en los objetos no es más que la longitud de onda que el objeto justamente rechaza y que por ende no pertenece a él). Impaciente, espera por el verde, pero en el fondo espera algo más. Pues aún cuando cruza ese espacio que llama calle y golpea sus brazos contra el apretado tránsito inverso que conduce a sus semejantes (que van hacia el lugar que él abandona), su transitar es movido por un espacio vacío e invisible. Nada en sus costumbres, ni sus actos nutritivos ni sus hábitos intencionados hacia el placer, llena ese espacio. Así que trabaja, estudia, participa de intercambios simbólicos que bien pueden ser diálogos o reuniones, busca en lugares en que no ha estado, vuelve a aquellos ya ocupados, se encierra en casa, lucha doblega o conquista, se embriaga o altera su conciencia, se compromete o abandona a su pareja, protesta o se conforma a lo que a otros organismos semejantes les conviene.

¿En qué terminará este organismo?
Quizá encuentre la felicidad en aprender a convivir con sus costumbres y las de otros.
O quizá las preguntas tengan sentido, y haya un camino verdadero.

No le queda mucho tiempo para descubrir la respuesta.


domingo, agosto 9

El delirio de Kali



Ajenos al mundo de los hombres de plástico, viviremos como forasteros en nuestras propias casas, extraños, errantes y silentes. Y en nuestras costumbres extrañas, estaremos vivos, el fuego en nuestros corazones, el pulso de la tierra bajo nuestra carne. Habiendo despreciado las ofertas del mercado, las publicidades en los buses y las chucherías de la tele, tiraremos también nuestras vidas por la ventana, la herencia de nuestros ancestros y las comodidades de la así llamada vida moderna. Buscaremos entre las piedras nuestra casa sepultada por la cáscara de la vanidad, la ambición y el odio. No quedará una piedra sobre otra. Será la obra del desorden, el sello del final, las palabras de la noche. Por este camino, nos encontraremos a nosotros, a dios o a nadie.

Guardaré una vela para salvarme de mí mismo.

miércoles, julio 29


Pesquisa


Me busco
entre las grietas de las piedras
- en su sal hay un secreto.

Me busco
en las cumbres nevadas que son los siglos
en el musgo de los bosques
en las mareas que son la memoria de estrellas.

Me busco
y en el tumulto de los mercados no me encuentro
ni en el murmullo de los teléfonos
ni en el consuelo de los sacerdotes
o en el método de los intelectuales.

No me encuentro y sin embargo,
las huellas de mi inútil pesquisa
trazan un camino que es el mío
la ruta que descubro la de una sombra
que busca luz
y que quiere remanso.

Miro hacia adelante,
y aunque camine en círculos
el círculo avanza, se repite y crece.

Extraño, sin embargo, las canciones de mi niñez.



.

.

m a n d a l a


Se acercó a mis oídos y habló despacio. Ya lo había escuchado, pero aún no comprendo sus palabras:

"Vives en tu periferia
sé tu centro.
Él te conduce al corazón de mis hermanos
nuestros corazones nos aproximan a la luz"


martes, julio 7

Espiral, o un merodeo hacia el centro.



Luego de un largo tiempo, despertó, solo, en medio de una ladera de árboles, pasto y musgo. Sonido de pájaros, brisa y madera antigua en la distancia. Se queja. Es un cuerpo e intenta levantarse, sus codos, su tronco y sus manos haciendo fuerzas hasta quedar sentado. Mira hacia todos lados y ve una danza frondosa de brazos negros tupidos de verde opaco. Pero es como si el bosque lo estuviese mirando a él, en una mudez que era renuncia y sosiego. Mira sus manos, sus palmas mirándolo, desde su cuerpo, sobre la tierra. Los pantalones están sucios, lo suficiente como para saber que había estado durmiendo en esa ladera. Tiene un nombre, y es Leonardo, pero es como si fuese prestado. Sus manos tocan su rostro e intenta recuperar lo que ha ocurrido.

Se recuerda a sí mismo, tomando una taza de café en algún local del centro a colores marrón ejecutivo. Se había convertido en uno de esos hombres que pasa en las tardes a tomarse un café, descansando del día de trabajo y preparándose para llegar a su familia. El breve momento que tendría en el día par estar consigo mismo, solo.

Así era que estaba, después de una jornada sin interés, hasta que alguien, el mesero quizás o cualquier otro, le acercaba un sobre añejo y amarillo. Sacaba los lentes del bolsillo de la camisa y tomaba el envoltorio, abierto y sin remitente. Recuerda caer al suelo mirando hacia el espejo en la pared, y algunos segundos antes, haber tomado el sobre amarillento y entonces mirar en su interior. Nada después de eso.


Pero aquí era ahora. Solo, despierto. No era nadie especial, ningún miembro importante de nada, el vecino, el colega, el peatón. Cuando era joven de los que adolecen, se sentaba en las tardes a mirar por la ventana, aunque todo lo que veía era un viejo árbol más allá de un tejado llovido. Y así muchas tardes más, en las que fue otro, a otras horas, en esos lugares y con esas personas. Piensa en sus amigos que han sido tantos, y como se veían todos los días hasta que no fue más. Se recuerda comiendo sopaipillas y tomando cerveza a las cuatro de la tarde y la risa aflorando espontánea ante asuntos que ya no recuerda. Nada de eso queda y no siempre evocar esas imágenes incluye algún sentimiento importante.


El bosque danza y él se hace las preguntas. Quién era o qué tenía que hacer no eran interrogantes que aparecieran por primera vez en su cabeza. Tantos pasajes, tantas costumbres adquiridas en función de esa pesquisa, tanto merodear las ciudades por una pregunta. Atardeceres y madrugadas apaciguaron esa sed en más de un lugar en el camino, pero el río siempre avanza y no hay permanencia en el remanso. Los rostros que compartieron el viaje terminaron con esos capítulos, para seguir luego hacia sus propias peripecias...

Y entonces, desde el silencio más allá de las cortezas y el musgo, me reconozco sentado sobre la hierba, recordando a medias quién soy. Y sé que yo también avanzo, hacia mí mismo aunque no sea nadie. Hacia el recuerdo de esta historia, hacia el círculo que nunca termina, fuera de mí en mí mismo, el margen de esta página y la mirada sobre el final de estas palabras. Vivo.




.


martes, junio 23

Sombras en la Caverna

La Caverna es una metáfora que crea Platón, pero que, en definitiva, no le pertenece a él ni a ninguno de los que se han servido de ella (también hay un cuento sufí acerca de algo semejante). A fin de cuentas, cada uno de los que ha relatado la historia, la ha contado a nosotros, a quienes permanecen encadenados a su propia ceguera. Nos la cuentan en un lenguaje que por fuerza ha de ser el nuestro - sus conceptos, sus figuras y su estructura se ha moldeado a partir de las sombras, y no de la verdad, que no sabemos si existe, y que aunque así fuera, probablemente no tenga un lenguaje. No es casual que por ahí el Tao Te King señale que quien siempre está dispuesto a hablar del Tao nada sabe de él, y que quien conoce el Tao, no necesita hablar de él (aunque habría que ver si es porque no puede, porque no debe o porque el Tao le comió la lengua).

Pero si la caverna es una metáfora, si se usa, si nos seduce, si se repite a lo largo de la historia, es porque algo nos dice.
La he utilizado como herramienta para unas clases, sin pretender señalar qué es la verdad (todavía no lo sé, no sé si pueda), sino que indicar al modo más simple en que nos encadenamos y cegamos a nosotros mismos: nuestras costumbres, nuestra reiteración condicionada de lo mismo que hacen y hacemos todos, atados a la máquina que produce las imágenes que queremos ver, la máquina que somos nosotros mismos en nuestro nivel más primario y vegetal (cuando menos la animalidad implica pasión, y cuán despojada de ella está la rutina de los engranajes).

En ese contexto los siguientes videos hechos para un contexto que no se puede reproducir por este medio. Considérese que los videos se hicieron para clases en un colegio, de modo que no se encontrará iluminación alguna en lo que sigue (simplemente para moderar las expectativas, si las hubiese claro está).


Zapping / Sombras en la Caverna
Este video representa no más que la introducción visual al tema, sin mayor contenido además de algunos mensajes 'subliminales' por así decirlo.


La Alegoría de la Caverna
Simplemente una reseña paupérrima del sentido del relato de Platón.


Sombras en Nuestra Caverna
Plantea el problema de pensar en qué constituye nuestra propia caverna, nuestra ceguera, nuestras cadenas, y además, el sia caso no será nuestra sociedad una gran red de sombras.


Vivir para Consumir
Habla por sí solo, las mismas cosas que se dicen siempre, consumismo, hedonismo, superficialidad, etc. Se agregan algunas cifras, quizá lo más interesante sea la combinación de imágenes más la música de Aphex Twin, aunque tampoco es nada del otro mundo.


¿Y qué sería lo peor que podría pasar?
Que lo pierdas todo. Que lo que has conocido, lo que te ha sido querido, lo que ha formado parte de tus seguridades cotidianas, la certeza de tus rutinas, la seguridad de que todo siga siendo siempre del mismo modo, todo, cambiase para siempre, y que de eso que desde entonces sería tu pasado, ya no quedase nada más que el recuerdo vago, la imagen imprecisa, el abrazo a no repetirse.
Pero y entonces, ¿se habría acabado todo para tí?

¿Soportarías el duelo de lo que fuistes para empezar de nuevo?
¿Podrías, querrías empezar de nuevo?


La esperanza puede llevarte a los lugares donde no has estado
y allí estaré esperando por tí.


Aguanta la noche.

domingo, junio 7

El Problema del Sentido de la Vida o el Sentido Sinsentido
(ensayo)


Quisiera saltarme el preludio en el cual indico qué tan importante, qué tan repetida o qué tan personal es la pregunta por el sentido de la vida. Lo que está en juego cuando emerge esta inquietud nos es tan cercano, tan vívido y al mismo tiempo tan incierto, que explicar qué es lo que aquí se pregunta resulta prácticamente innecesario. Aún así, justo es decir algunas cosas acerca de este problema antes de arrojarme directamente a lo que quiero decir.
Preguntarnos por el sentido de la vida incluye al mismo tiempo dos preguntas fundamentales: qué es lo que somos, y qué es lo que deberíamos ser. En otras palabras, lo que buscamos entender no es sólo por qué estoy aquí, sino que para qué estoy aquí. De esta manera, si descubriera que soy una creación de dios, un resultado del azar o la consecuencia necesaria de la estructura del universo, cualquiera de ellas representaría una respuesta tan categórica, que sentirla como verdadera cambiaría por completo lo que hago, lo que pienso y lo que elijo ser todos los días. Si sintiera que el comunismo, por ejemplo, es lo que cambiará a la humanidad y que su verdad liberará a los hombres de la esclavitud, cada uno de mis pasos estarían felizmente encaminados hacia una misión que siento como propia, única y completa. Es lo que siente el hombre que todas las mañanas sale a las calles a predicar la palabra de dios, la madre que se desvive por su hijo minusválido, el libertador que da la vida por su patria. Sin embargo, salta a la vista que, en cada caso, ese proyecto de vida es asumido siempre desde el espacio personal, y por ende toda decisión en este sentido será siempre subjetiva y particular. Y es ahí en donde emerge el problema. Pues si nada, salvo la propia convicción, puede indicarnos si estamos o no equivocados al tomar alguno de los caminos que se nos presentan, entonces parece ser que el sentido de la vida no es más que el que cada uno decide darle a sus días.
Pero si el sentido a la vida puede ser cualquiera, entonces parece como si la pregunta misma no tuviera mucho sentido. Si puedo elegir ser cualquier cosa, y ninguna de las opciones es más válida que las otras, entonces ¿qué debería elegir? Desde luego, puedo decir: “lo que yo quiera”. Pero, ¿qué es lo que quiero? Ahí es cuando la pregunta se complica un poco más. Cada uno de nosotros quiere muchas cosas, un buen trabajo, personas que nos quieran tal como somos, estar a salvo de determinados peligros, etc. Pero más allá de esta variedad de cosas que queremos, incluso de aquellas que parecen ser prioridades serias y a las cuales dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos, cabe preguntarse ¿qué es lo que verdaderamente queremos?, y más todavía, ¿en verdad sabemos qué es lo queremos? De esta manera, y suponiendo que no haya fuera de nuestro propio y supuesto buen juicio que sea capaz de guiarnos para orientar nuestra existencia, se hace notorio que necesito descubrir lo que soy, conocerme a mí mismo. Pero esta es una tarea que bien podríamos no emprender. Podríamos llegar a la conclusión de que perdemos el tiempo en preguntas ociosas en lugar de ocuparnos de cosas prácticas. Quizá me hago más problemas de lo necesario, y debo optar simplemente por lo que más me conviene. Y como toda decisión es siempre concreta, lo que más me conviene quizá sea lo más útil, lo que me de beneficios más inmediatos, lo que me haga sentir bien, y quizá todo aquello que, en definitiva, haga irrelevante a la pregunta misma, satisfechos todos mis apetitos y todos los momentos vacíos en la rutina de mis días.



Esto ya nos da algunas cosas para pensar: en cómo nuestra sociedad, o más bien el mercado, se empeña en que estos asuntos no sean tema, aletargándonos en una maraña de ficciones descartables y de apetitos fabricados a la medida de marcas y patrocinadores, de tal modo que cualquier ejercicio de autoconocimiento sea anulado de antemano, por tedioso, por inútil, por ocioso. Más aún, y dado que la mayoría de la gente considera que es dueña de sus actos, consciente y libre de hacer lo que se les plazca, les parece que conocerse está de más, que saben todo lo que quieren saber de sí mismos, que indagar más sería estéril.
Pero el problema es que esa dinámica irresponsable de hacer cualquier cosa, de consumir sin saciarnos nunca, de quererlo todo a cualquier precio, constituye una de las principales causas de la situación desequilibrada de nuestro mundo. Porque qué fácil es hablar de derechos humanos y de la libertad del hombre mientras me compro zapatillas remendadas a mano y por centavos por niños hondureños o tailandeses, o de valorar nuestros bosques mientras miramos con delicia alguna guitarra, algún mueble o alguna chuchería que no salió precisamente de la nada. No estoy hablando de cambiar el sistema o de despreciar las bondades tecnológicas de nuestra era, sino que simplemente poniendo sobre la mesa el hecho de que no cualquier cosa que hagamos da lo mismo, partiendo porque las consecuencias que se desprenden de nuestras decisiones u omisiones no dan lo mismo. Además, las consecuencias del modo de vida del hombre postmoderno no se proyectan solamente sobre el vertedero en que hemos convertido a nuestro planeta, sino que también en lo que hemos hecho de nosotros mismos. Pues en la medida que el ser humano no sepa quién es, estará condenado a rellenar ese vacío con artefactos y fantasías que no satisfacen a un corazón que no sabe lo que quiere.
Quisiera detenerme por un instante sobre el asunto planetario que acabo de mencionar, para usarlo como trampolín y así volver sobre el tema que nos ocupa pero desde una perspectiva algo distinta y que cuando menos a mí me interesa por estos días. Mucho se habla acerca de la conciencia ecológica, de preservar las especies, de cuidar la capa de ozono, de reciclar y reutilizar, etc. Campañas publicitarias sacan buenos provechos de esta campaña verde, y así mismo les rinde a las conciencias de muchos de los que defienden estas ideas. Pero aunque toda esta campaña por proteger al planeta sea bienintencionada, en la mayoría de los casos parece darse un importante equívoco. Y es que parece existir la suposición infundada de que la tierra está en peligro. Es cierto que nuestro modo de vida ha cambiado las cosas en la biosfera, que el delicado equilibrio que existía entre civilización y naturaleza se ha visto alterado entre tanta emisión de dióxido de carbono y de desechos plásticos. Pero si eso representa un problema, no lo es para el planeta ni aún siquiera para la vida, sino que para nosotros mismos. Pues la vida estuvo antes que nosotros, y sobrevivirá al ser humano del mismo modo que sobrevivió a las pestes, los asteroides, las glaciaciones, los terremotos y los cambios en el magnetismo de los polos. Mucha pena nos puede dar la extinción de las especies, pero reparemos en que no es la primera vez que esto ocurre. El 99,9% de todas las especies que alguna vez han pisado la tierra se han extinguido. Y aunque en el presente el agente de esta extinción en masa sea el ser humano, de ello no se concluye que la tierra esté en peligro. Porque aunque se acabe el petróleo y se consuman los bosques, eso representa una amenaza para nuestra supervivencia, pues es nuestra forma de vida la que depende de las condiciones que hemos alterado, pero aunque ellas cambien, es lo más probable que la vida siga su curso, con o sin nosotros. En otras palabras, si hay algún organismo que esté en la recta de la extinción, somos nosotros, cuando menos en la forma en que hemos vivido hasta ahora.



Ahora bien, cuando las ideas apocalípticas me llevan hasta este punto, es cuando emerge una pregunta que me parece interesante. Pues al margen del modo en que dimensionemos esta crisis de mundo, el hecho es que, como nunca antes en la historia, hemos llegado a un punto en el cual nuestro futuro como humanidad se ve cuestionado de tal manera, que obliga a dedicarle a este problema algunas reflexiones. Y la pregunta que me formulo en este sentido es muy simple: ¿por qué debería existir el ser humano? O, poniéndonos en el contexto catastrófico que señalaba previamente, ¿por qué deberían seguir existiendo personas sobre la tierra?
Partamos por una aclaración metodológica. Si hemos de responder a esta pregunta, debemos proporcionar una razón, y no apelar simplemente a las buenas intenciones ni al argumento de la emoción. Si es por empatía, es decir, si es por simpatizar con el futuro o el bienestar de alguien, entonces perfectamente alguien lo suficientemente fanático y comprometido con el sufrimiento de los pandas podría argumentar que sería bueno que el ser humano desaparezca, anulando así de raíz la causa de todos los padecimientos de todos los seres vivos que día a día caen bajo la tiranía del homo sapiens. Por supuesto esta es una exageración, pero ella tiene por propósito mostrar que si hemos de defender la existencia de una humanidad futura, debe ser en función de una razón suficiente, y no de meras intenciones.

Entonces, ¿qué buena razón tenemos para que siga existiendo el ser humano? ¿Por qué deberíamos empeñarnos en seguir viviendo, en que haya un mundo para nuestros hijos, y no dejamos más bien que las cosas sigan su curso inexorable? Me parece que en este punto volvemos al corazón del tema que nos formulábamos desde un comienzo, a saber, cuál es el sentido de la existencia humana. Sin embargo, como se podrá apreciar, el problema ya no es el sentido que cada uno le de a su propia vida, sino que el problema más general de cuál es el sentido de la existencia humana sobre la tierra. Y es sobre esto sobre lo que me gustaría decir algunas cosas.



Preguntarse por el sentido de algo es preguntarse, en cierta forma, por su finalidad. Que algo tenga sentido tiene relación con la dirección hacia la cual algo apunta. Decimos que una calle tiene un determinado sentido, lo cual es lo mismo que decir que apunta en una determinada dirección y no en otra. Por lo tanto, conscientemente o no, asociamos sentido a propósito, orientación, finalidad. De hecho el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define sentido (en su séptima acepción) como “razón de ser, finalidad”. Pero entonces, esto nos lleva a una curiosa pregunta: ¿tiene una finalidad la vida humana?
Me permitiré dejar de la lado la hipótesis cristiana según la cual seríamos creados por dios, y que por lo tanto nuestro objetivo en el mundo sería custodiar su creación, o como se propone en versiones algo más interesantes, que el fin del alma humana es volver a encontrarse con la divinidad. Descarto estas hipótesis no por falsas, sino que simplemente por escapar del ámbito de lo que puede ser defendido con razones. Además, me parece importante señalar que el hecho de que algo tenga una finalidad no tendría por qué significar, necesariamente, que ese fin haya sido propuesto de antemano por algún ser trascendente estilo Jehová, sino que también podría ocurrir que dadas las características de una cosa, ella deba cumplir con un plan necesario, así como la semilla del ciruelo sólo puede convertirse ciruelo, pero nunca en piedra o en caballo.
Así lo pensaba, por ejemplo, Aristóteles, quien sostenía que todo ente tiene por finalidad cumplir con un plan interno, el cual no sería otro que el de desarrollar en toda su plenitud sus propias potencialidades. Y por lo tanto, la finalidad de la semilla es la flor, como el cachorro sólo puede convertirse en un perro o en un gato adulto. Pero al detenerse sobre el ser humano, Aristóteles consideró que la finalidad de la vida humana debe ser algo más. Siendo un animal racional, su plenitud no puede estar solamente en su desarrollo biológico, sino que también en su desarrollo anímico. Por lo tanto, este señor concluyó que lo que todos los seres humanos buscan por naturaleza es ser felices, o adecuándolo a los términos presentes, que el sentido de la vida es buscar la felicidad. Es un punto de vista interesante con el cual no es difícil suscribir, pero que involucra algunos problemitas. El principal problema de Aristóteles en este sentido es que, aunque su punto de vista es razonable, no deja claro qué es la felicidad. Lo único que sugirió es que ella podría encontrarse en la vida intelectual, en la filosofía, pero resulta evidente que ello excluye un universo de otras formas de vida, además de obviar el hecho de que nadie por ser filósofo es feliz sólo por eso. Por otra parte, si llevamos esta idea hasta sus últimas consecuencias, y proclamamos la felicidad como finalidad de la vida, ella puede aflojar fácilmente los frágiles lazos que atan a la sociedad. Pues si el fin es ser felices, entonces cualquier medio disponible para dicho fin podría ser válido. Y esto es algo que no se aleja demasiado de la realidad: con tal de ser felices, vemos a personas caer en el fraude, el crimen, la mentira, etc. Y más todavía, es esa búsqueda ciega e infinita del bienestar lo que tiene a nuestro mundo tambaleando, empecinado cada uno en mirarse su ombligo y dejar satisfechos sus deseos. Por lo tanto, la búsqueda de la felicidad agrega un dato a la causa, pero no resuelve el problema de cuál es el valor de la existencia humana, ni mucho menos nos dice por qué debería nuestra especie seguir aquí en el futuro.


Entonces, si no es la felicidad, ¿cuál es la finalidad del ser humano? Otro señor que merece ser mencionado en este asunto es don Immanuel Kant, un alemán que también proporcionó algunas ideas interesantes para este problema. Según este personaje, se constata que en el ser humano coexisten dos tendencias, cada una de las cuales apunta en direcciones opuestas, y que representan, en el fondo, dos finalidades. Por una parte, la sensibilidad propia de los seres vivos hace que el ser humano busque felicidad (considerando por felicidad la satisfacción de todas las inclinaciones que un ser vivo podría necesitar requerir). Pero al mismo tiempo, el hombre es racional, y por lo tanto, una finalidad diferente emerge de esta facultad, la cual consiste, según este caballero, en ser racionales. Suena extraño, pero tiene sentido, sobre todo desde el punto de vista moral. Pongamos un ejemplo simple. Supongamos que nos encontramos una billetera a la salida de esta reunión, nadie nos ha visto y no sabemos de quién es. Desde el punto de vista de buscar mi propio bienestar, no hay contradicción en que tome la billetera y me la guarde, pues en sentido estricto no la he robado, y en última instancia estoy velando por mi felicidad. Pero desde una óptica puramente racional, lo que debería hacer es preguntarme ¿qué pasaría si todo el mundo actuara como yo? Obviamente uno puede eludir el problema aduciendo que no todo el mundo actúa como yo, pero eso no anula la validez de esta ecuación, según la cual la moralidad de una acción reside en ser capaces de ampliarla a rango de ley universal, o lo que es lo mismo, pensar en el motivo de nuestras acciones como un principio válido para todos y para todas las circunstancias posibles. Y dado que quedarse con lo ajeno no es un principio que quisiésemos que fuese válido para todos, la acción se considera inmoral.
De esta manera, el sentido de la vida según este señor sería el de actuar de acuerdo a los mandatos de nuestra razón, cumplir con el deber que todos sentimos interiormente, sólo a través de lo cual podríamos lograr que el mundo fuese un lugar bueno. De hecho, este enfoque, fundamental para lo que fue la ilustración y posteriormente para la formulación de lo que hoy llamamos derechos humanos, nos hace considerar a todo ser humano como un fin en sí mismo, a saber, como depositario de una dignidad que nadie ni nada le puede arrebatar. El argumento para esto es que, ya que la razón sólo puede obedecer a la razón, no se puede actuar en contra de otro ser humano, porque eso sería ir en contra de otro ser racional, capaz de desarrollarse, ampliarse y conducirse a sí mismo.
Este punto de vista se ramifica en muchas direcciones, pero el asunto relevante es que, si la vida humana tiene algún valor, es porque sólo ella es depositaria de un intelecto que le permite gobernarse a sí misma y separarse de la mera animalidad. El desafío, en este sentido, vuelve a ser el autoconocimiento, que Kant sintetizó en la frase “atrévete a saber”. Sin embargo, tampoco este punto de vista está exento de críticas. Lo que vino después de Kant fue precisamente un enfriamiento en la forma de ver al ser humano, considerando sólo lo racional, lo lógico, lo que puede ser calculado y precisado en fórmulas exactas, dejando de lado toda consideración de las situaciones concretas, como así también una exclusión de la emoción, la intuición y otros aspectos relevantes de la personalidad humana.
Además, llegados a este punto, es necesario que nos preguntemos, ¿en verdad podemos sostener que nuestra finalidad es ser racionales? Es más, ¿por qué tendríamos que ser racionales? Quisiera considerar aquí algunas ideas de uno de mis favoritos, Friederich Nietzsche. Lo interesante de este polémico personaje es que pone en perspectiva a este supuesto animal racional, subrayando la pequeñez de nuestra existencia, y lo ficticio de nuestros hábitos y costumbres. En este contexto, quisiera citar un breve fragmento que pone de relieve algunas de las cosas que quiero señalar. El fragmento pertenece a un texto llamado “Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral”, y dice así:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.
Lo que este texto nos muestra es lo insignificante que es nuestra existencia en el universo, el lugar arbitrario y pequeño que ocupa la inteligencia en la naturaleza, y que contrasta con la desmesurada importancia que nos damos a nosotros mismos, como si fuésemos el centro del universo o la culminación del proceso evolutivo. Estamos aquí, pero nuestra existencia es tan accidental como la de los extravagantes ornitorrincos, y por compleja que fuera la cadena de eventos que nos trajo hasta aquí, ese proceso no pasa de ser uno entre muchos más. De hecho, según Nietzsche, la inteligencia no representa otra cosa que la habilidad defensiva de la cual se valieron nuestros ancestros para sobrevivir. Desprovisto de garras, toxinas o camuflaje, el hombre se valió de la razón para huir de sus depredadores y obtener su alimento. Así nació lo que llamamos cultura, como expresión de una necesidad colectiva por conservar la propia vida y protegernos de los más fuertes, obligando a inventar estrategias para ese fin, creando la justicia, la moral, la política, la guerra, la religión, etc. Por lo tanto, desde la óptica nieztscheana, también lo que llamamos verdad, conocimiento, sabiduría, no son más que formas sofisticadas de un instinto de autoconservación, y que por lo tanto son también ficciones, mascaradas para nuestra supervivencia social, ilusiones que alimentan a nuestro inflado ego, invenciones para mantenernos en el camino y sentir que vamos hacia alguna parte. “Es menester que de vez en cuando se figure el hombre saber por qué existe” dice por ahí este personaje. Y por lo tanto, la misma pregunta por el sentido de la vida sería absurda, puesto que no hay un más allá que haya previsto que estemos aquí para algo, ni hay razones objetivas y finales que justifiquen lo que hacemos. Queda, por lo tanto, la opción de crearnos a nosotros mismos, de inventarnos, de proyectarnos más allá de los límites que la tradición, la costumbre común o las presuntas eminencias de nuestra cultura esperan que seamos. Es una idea alocada y polémica que Nietszche llamó el superhombre, pero que excede lo que aquí tratamos y que de todas maneras no estoy seguro de tomar tan en serio.

La llamada de Nietzsche es entusiasta, pero es también es un callejón sin salida. De nuevo quedamos solos, obligados a inventarnos y sin saber, sin embargo, qué es lo que deberíamos inventar o qué deberíamos ser. Desprovista la vida de una finalidad, cualquier proyecto es posible. A esta conclusión llegaron en el siglo XX los existencialistas, quienes consideraron que el mundo era absurdo, que no habiendo un fundamento último todo proyecto está condenado al fracaso, y que más encima estamos condenados a ser libres, es decir, a ser los responsables exclusivos de lo que somos y lo que llegaremos a ser.
Pero entonces, si tal parece que la existencia del ser humano es en el fondo irrelevante en el mundo, y que todo el problema radica en que es el hombre el que se cree importante, ¿por qué deberíamos existir? ¿Qué valor tiene el ser humano si no hay para él una finalidad o un propósito? Intentemos sacar algunas conclusiones.


En todos los puntos de vista que hemos mostrado, y pese a las diferencias en la forma de ver al ser humano, encontramos un elemento común: una defensa apasionada de la existencia humana, aunque en cada caso las razones varíen. Que el sentido de la vida sea obedecer a nuestra naturaleza más primaria, obedecer a nuestro intelecto, inventarnos o simplemente intentar ser felices, no son más que diferentes maneras de decir sí a la vida. Y el hecho es que, hayan o no razones suficientes que expliquen por qué y para qué estamos aquí, todo lo que podemos hacer es dar todo de nosotros para seguir existiendo y expandiendo todo lo posible nuestro ser.
Pero, dado lo anterior, la pregunta final que queda por formularse sería ¿esta experiencia humana, sea cual sea el modo en que ella se asuma, merece seguir existiendo en el universo? Y es que si no hay ninguna misión para nosotros en esta tierra, y por lo tanto cada uno es libre de intentar lo que cree mejor y de depositar su pasión entera en lo que le parece más valioso, parece que sólo queda asumir las consecuencias de la forma en que hemos venido habitando este lugar en los últimos siglos, aceptar que nuestra historia no es diferente de la de ningún otro ente en el universo, y que como todas las cosas, también el capítulo del hombre tendrá su final. Pero entonces, insisto: ¿qué se perdería si un día nuestra especie dejara de existir? ¿Qué se acabará cuando desaparezca el hombre?

El hecho es que, con todo lo arbitraria y accidental que sea nuestra existencia, la muerte del hombre acabaría con algo más que el ser humano. Su desaparición no sólo significaría la desolación definitiva de los hospitales y de las ferreterías del mundo entero, el final de las especulaciones en la bolsa de valores, la conclusión de cada chisme y de cada sarcasmo, el silencio de los columpios y el enmudecimiento final de los cajeros automáticos. No es sólo que cesarían las jornadas absurdas del trabajo, la rutina y los noticiarios a las nueve en punto. La muerte del hombre sería también el final de todo lo que alguna vez ha tenido valor sobre esta tierra, del amor y la amistad que unen a los hombres, de la comunión que sólo el arte y la fe logran, de todas las manos que alguna vez se unieron para soportar las tormentas o para construir catedrales. Sería la muerte de las noches del asombro y de todo lo que alguna vez ha sido bello, bueno o verdadero. Para siempre desaparecerían las sombras que opacan los corazones, pero también las luces que las disipan. Y entonces ya nunca más el florecer de las primaveras sería motivo de esperanza para nadie, porque entonces toda experiencia posible del mundo habría acabado para siempre.
Así, el valor de la vida humana no reside simplemente en la suma de lo que los hombres han logrado a lo largo de su historia. No mentiría seguramente la balanza si sobre ella colocásemos al mismo tiempo cada obra de arte y cada matanza que se ha consumado en nombre de la justicia y la libertad. Si pudiésemos hablar por cada inocente que murió por una bandera, por cada conquistador y esclavo, no valdrían demasiado, seguramente, todos nuestros grandes progresos, nuestras victorias mezquinas y breves. Pero no es por lo que hemos sido que debemos persistir sobre la tierra, sino por lo que podemos ser. Sea que valoremos al ser humano por su intelecto, o por la pasión que pone en sus obras, él hecho es que él no representa un organismo cualquiera. Para el hombre, ser en el mundo, estar aquí, significa no sólo vivir y existir, sino que significa también el evento de descubrir que soy, existo, y así asombrarme y abrirme a todo aquello que no soy yo. Con el hombre, la naturaleza, que se tomó más de cuatro mil millones de años en desarrollar a un organismo capaz de entender la evolución, cobra conciencia de sí misma, pues ha ocurrido que algo, un mamífero que piensa, ha descubierto que está entre las cosas. Y esto es, creo, el fenómeno más extraordinario de la naturaleza, independientemente de la óptica con que se mire. Pues sólo porque hay ser humano, hay también mundo, o cuando menos, una experiencia de él.


Cierto es que, como afirma Nieztsche, cuando acabe todo para este organismo pensante, será como si no hubiera sucedido nada en el universo, pues no habrá nadie que pueda relatar nuestro breve tránsito por la tierra. Pero esto, más que subrayar que la vida humana carezca de valor, es una exaltación del hecho que sólo puede haber sentido y valor en esta experiencia mundana y terrenal, y que precisamente por eso la vida, ésta vida, esta experiencia humana, finita y contingente, constituye la realidad más sagrada y el regalo más valioso.
Por último, si nuestra existencia puede tener algún valor, no puede tenerlo más que para nosotros mismos – pero eso es todo lo que importa, pues somos nosotros los que a partir de esta experiencia humana debemos asumir la responsabilidad de valorarnos y actuar en consecuencia. Nuestra importancia no está en lo que cada uno es o hace, sino que en el valor cósmico que representa nuestra existencia en la tierra. Y si verdaderamente entendemos lo que esto significa, entonces quizás si deberíamos ser más respetuosos y hasta quizá reverentes con el mundo de la vida del cual provenimos y que continúa a través de nosotros, en nuestras palabras, nuestras obras y nuestros afectos; ser más considerados con organismos que tienen el mismo derecho a estar aquí y que estaban antes que nosotros; y por último, ser más fraternos con todos aquellos que comparten con nosotros la oportunidad de vivir esta sobrecogedora experiencia.


viernes, abril 3

sueños dentro de sueños

En mi sueño habrá arena.
La extensión infinita de lo que no es aún,
completamente y hasta los confines impensables del espacio que todavía no existe
siendo arena,
vasta, incomprensible, eterna y sin forma.
Las horas incontables y repetidas,
el transcurrir interminable de los eones,
silencio por ningún oído profanado aún
claridad imposible,
oscuridad sobrecogedora, plena y total.
negación primigenia
suspendido el sueño en la contención de sí mismo antes de sí.

Hasta que de la arena emerjan las cosas
plurales y opuestas
situadas y móviles
dispersión saturada de su rugosidad y contacto,
reflejo y fragmentación sobre las superficies, su opacidad y sus bordes,
quebrado una y otra vez sobre lo extraño y alterno
centro y periferia, multiplicado e inerte,
arbitrario como las piedras entre las piedras,
separado y mudo.

Ciego hasta el segundo antes de despertar
de que exista y sea en y con las cosas
ahora
leyendo estas palabras

lunes, marzo 30

léase como desvarío


La comprensión ordinaria de dios lo asume como un creador, como una subjetividad al margen del tiempo, antropomorfa y con preferencias subjetivas. El señor posee sus propósitos, su finalidad para el hombre, su objetivo para la creación. Pero nada exige que el principio de todas las cosas sea nuestra imagen y semejanza.

Pues si hay algo sagrado en este mundo, es algo más que esa mera proyección que el feligrés dominical se figura a partir imágenes y parabolas que no comprende.


Para encontrar lo sagrado, los hombres deben renunciar a los dioses que veneran, despojarse de sus rosarios y quebrar sus crucifijos. Nada hay allí que no haya puesto el antes el hombre.

Para encontrar lo sagrado, los hombres deben romperse a sí mismos, quebrarse como vasijas de greda, trizar la máscara tras la máscara en el espejo.


Todo lo que conoces es falso, como tu nombre y las casas de arena.

Y sin embargo, hay algo verdadero en lo falso.

Existes. Toca la rosa y no eres tú.

Las piedras, la primavera y su sequía, el alba de los bosques y el fulgor de mil soles estuvieron antes que ti. Y sin embargo faltaba tu palabra.

Existes. Y también otros antes que tú no supieron quienes eran hasta morir de insomnio y hastío. Cansados de la repitición absurda de lo mismo, salieron temprano al colegio, al trabajo y al sepulcro. Lloraron también demasiado tarde lo que habían perdido o evitaron pensar en ello.

Y sin embargo, dejaron para tí la narración inútil que es la narración de cualquier hombre.

Algo se aprende de ella, aunque sólo la aprendas por tí mismo.


¿Qué encontraron? ¿Adónde se fueron?

Ni quiera sabes quiénes son en verdad tus padres, ni podrás recorrer hacia atrás los pasos de tus ancestros innumerables hasta encontrar las respuestas que se niegan.


Verdadero, real, hermoso y sin embargo murmuraciones falaces.


Sólo tienes este día para vivir.




viernes, enero 23

melancolía
















La espontaneidad de la memoria me hace evocar situaciones que ya no existen, vinculos quebrados que fueron risotadas y jolgorio. Lugares que fueron míos, costumbres que fueron nuestras. Melancolia que me oprime el corazón - la evidencia positiva de que el río nunca se queda en el mismo sitio ni volveremos a reir dos veces en el mismo bar.

Y entonces, miro al cielo y mis ojos encuentran un fulgor manado hace millones de años desde una estrella de la que no sé su nombre, y me pregunto, ¿quien quiere la inmortalidad, si no se puede conservar un momento?


En este instante no me consuela el mensaje de la estrella: que la eternidad es ahora.



Ahora.


sábado, enero 3

Pienso en la frialdad de este mundo, en el rumbo de nuestros días, e intento dar con una explicación para este desorden. Algo que resolviera de una vez esto que no será una catástrofe, pero sí podría ser mejor.

¿Qué es lo que descubro? No es necesario retratar lo que ya todos, cada uno a su manera, conoce. Sinceramente, me doy licencia para no caer en los repetidos lugares comunes de crisis y fin de mundo.

Pero me percato de pronto de todas las cadenas que alguna vez han pasado por mi correo, de los saludos que no he sabido responder. Es cierto, esos mensajes muchas veces han sido enviados sin antes considerar quien lo recibia, en un total desinterés, pero también otras veces alguien se tomó la molestia de añadirme a un mensaje del que no hizo eco mi voz.


Pero ha sido enviado. Soy yo quien no ha respondido, quien ha estimado que el mensaje ha estado demasiado tiempo circulando en linea, o que es muy obvio o muy cursi como para repetirlo. Y soy yo quien es frio, ingrato, poco sociable, poco expresivo. ¿Se trata de mi carácter? - puede ser, pero no creo que se reduzca a eso (aunque tampoco me quiero zafar tan fácil de las horas o los momentos incumplidos en que no estuve yo y en que podría...). Quiero pensar que mi modo egoísta de ser puede por lo menos llevar a otras personas a cuestionarse del mismo modo si ellas son o no la buena gente que creen que son. Puede que lo sean, y personalmente no me considero un tipo especificamente malo, pero no creo que ese sea el punto. Trazar líneas imaginarias es muy fácil, y ponerse detrás de ellas muy cómodo. Pero, ¿quién soy realmente?

¿Puedo responder esta pregunta y sostener todas mis máscaras? De momento me siento incapaz de ello, y deberé confesar, como pobre consuelo, que soy todas esas máscaras. ¿Hay alguien detrás de todas ellas? Aún si así fuera, si detrás de todas las máscaras hubiese un fantasma, ese fantasma no podría jamás expresarse por este medio.

A no ser, claro, que se expresase a través de alguna de ellas.

O de todas.





[putos puntos suspensivos!]


[ sin editar, incluyo el mensaje sin remitente ]


DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE


HABIA UNA VEZ 30 ANGELITOS anjo11.gif (2129 bytes)anhjbh.gif (4553 bytes) anjo13.gif (2202 bytes)anjo2k.gif (23863 bytes) anjo4.gif (22083 bytes)

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