lunes, octubre 13

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Hacia el Trascendimiento del Ego

[Lo siguiente constituye un trabajo que alguna vez compartí con un especial grupo de amigos, de allí el tono semi académico.]



There’s a time, and the time is now and is right for me

is right for me, and the time is now.

There’s a word, and the word is love and is right for me

is right for me, and the word is love.


Yes, “Time and a Word”



Comienzo a escribir estas palabras sin introducciones, sin formalidades y sin demasiadas pretensiones. Habiéndolo intentado sin éxito ya un par de veces, prefiero hacerlo así, directamente y sin rodeos de academia. Lo que quiero decir probablemente no sea nada nuevo, porque no se trata aquí de una cuestión de ideas. No será esta una exposición acerca del valor de alguna teoría, la apología de alguna doctrina ni la definición novedosa de algún concepto. No vengo a proponerles una filosofía nueva, sino sacar de los viejos cajones algunas ideas ni tan novedosas ni tan rimbombantes. Al final, deberíamos poder decir que todo esto ya lo sabíamos.

Quisiera comenzar por una vieja historia, que a menudo suelo contar en clases, y que probablemente también ustedes hayan escuchado alguna vez. Eran estos unos hombres que, sin saber muy bien por qué, habían sido condenados a pasar su vida entera encadenados en el fondo de una caverna. Así, en su incómoda y forzada situación, la única realidad que alguna vez han conocido son las sombras que un fuego a sus espaldas proyecta en la muralla delante de sus ojos. De vez en cuando, otros hombres detrás de ellos pasan llevando en sus brazos objetos cuyas opacas siluetas son reflejadas en ese muro, por lo cual, después de todo, ese mundo de sombras no es nunca ni tan monótono ni tan oscuro. Ellos están conformes con lo que ven porque es todo lo que alguna vez han conocido, y aceptan y disfrutan de la realidad que se les presenta a la vista.

Sucede que un día, a uno de esos hombres, le ocurre que logra zafarse de las cadenas que él mismo había olvidado le aprisionaban. Inseguro y titubeante, e intentando superar el encandilamiento inicial de ese fuego detrás de él, sale del lugar en el que se encontraba e intenta salir de la oscura caverna. Pero el ascenso a la salida es difícil y doloroso. Procurando superar el miedo a lo desconocido y la frustración de haberse aferrado por tanto tiempo a meras apariencias, hiere sus manos y sus rodillas con tal de salir de la mentira y la confusión. Finalmente lo logra, y lo que le espera más allá de la salida es un mundo nuevo e incomprensible. Observa las cosas tal como son, los colores por vez primera, y sobre sí mismo, la luz poderosa de un sol que simboliza la verdad, lo absoluto, el bien y dios.

Esta historia, acerca de cuyo simbolismo se ha especulado largamente a través de la historia, es una alegoría con la cual Platón intenta mostrar el paso de la ignorancia al conocimiento verdadero, lo cual implica reconocer aquellas sombras como tales, aquella ceguera en que nos conformamos y que nos impide ver las cosas tal y como son. Ciertamente, esta historia no termina bien: el que ha salido debe volver a la caverna e intentar convencer a los demás de que lo que hasta entonces han considerado como verdadero, no son más que engaños y apariencias. Y en ese intento, la conformidad y la autocomplacencia son más poderosas, y el “iluminado” muere bajo las manos de aquellos a quienes pretendía ayudar.


Sin embargo, y pese a que este relato se nos presenta atractivo y enigmático, lo cierto es que, si ponemos las cosas en el contexto de nuestra época, nos es difícil consentir con esta alegoría hasta el final. Y es que Platón parte no sólo de la evidencia de que seamos ignorantes acerca de algunas cosas, sino que se aferra a la premisa de que hay una verdad última y decisiva. En concreto, Platón estima que, más allá de esta realidad material y sensible, persiste una realidad superior, trascendente y espiritual. Así, ¿hasta qué punto podemos afirmar hoy, en términos de conocimiento, que una tal realidad exista?

La modernidad nos ha enseñado que, si hemos de intentar dar una respuesta sensata a una pregunta como esta, ello debe hacerse desde criterios estrictamente racionales, en función de argumentos bien fundados y que no se basen en lo que simplemente queramos creer. Y desde ese prisma, sólo podemos hablar con sentido, es decir, con pretensiones de objetividad, de aquello que puede ser validado por la experiencia, y más aún, desde experiencias sistemáticas y estructuradas, como las que sólo la ciencia puede proporcionar. Nada que no se someta al tribunal de la razón y de la experiencia puede pretender asumirse como conocimiento, y por ende cualquier intuición trascendente de realidades últimas, por bienintencionada que sea, queda enseguida fuera de juego. Tal es el legado del positivismo y de la postmodernidad.

Y es que, a fin de cuentas, hay cosas acerca de las cuales sencillamente no se puede hablar ni afirmar nada con certeza concluyente. Pues es la experiencia el limite de lo que puede ser conocido, y más allá de eso sólo queda la fe y el camino de los olvidados.


A pesar de todo, la perdida no parece ser tan grande. La descripción eficiente de la naturaleza y la explicación causal de sus fenómenos, nos ha llevado bastante lejos. Más lejos de lo que Platón o Aristóteles hubieran pensado. Nuestro poderío tecnocientífico es capaz de predecir y producir fenómenos a su voluntad, con proyecciones infinitas y con un valor incalculable. El trabajo hacendoso de los científicos a través de los siglos nos ha proporcionado herramientas fabulosas, curando enfermedades y transformando el mundo a nuestra voluntad. Y entre tanta nanotecnología y televisión satelital, parece que no fuera necesario hacerse preguntas acerca del sentido último de la vida, satisfechas todas mis necesidades por un aparato mediático dispuesto a resolver mis inquietudes existenciales y mis carencias afectivas en una teleserie de 45 minutos o en entretención desechable y a pedido.

Después de todo, nadie tiene la verdad acerca de nada, y cualquier opinión es tan viable como la otra. Ya que nada puede ser afirmado con evidencias últimas, queda conformarse con las opiniones premasticadas de nuestro consejero de cabecera.


Quizás, podría argumentarse, esto no sea tan grave como parece. A fin de cuentas, cada uno puede vivir con las ideas que le parezca, y acerca de aquello de lo cual no se puede hablar, resta asumir una postura personal que puede ir desde el escepticismo absoluto a la fe incuestionable.

Pero lo que resulta problemático no es el tema del conocimiento, sino que el lugar de nuestras certezas morales. Siendo aparentemente imposible suministrar una definición concluyente acerca de qué sea lo bueno y lo justo, cada cual juzga las cosas de acuerdo a su conveniencia o su propio criterio. Y aunque existen pistas desde el punto de vista de teorías filosóficas que proporcionan una orientación racional para orientar nuestras acciones hacia el bien, el hecho es que, en la práctica, lo que predomina es un relativismo en función del cual cualquier conducta, mientras se atenga a los límites definidos por la legalidad y el sentido común, es tan válida como cualquier otra.


¿Es esto tan malo como suena? Después de todo, nuestra época, con el progreso de las tecnologías de la comunicación, la ampliación de las redes sociales, las libertades del mercado, nos proporciona beneficios notables, y con ello la posibilidad de prosperar por nuestros propios medios y acceder a nuestra preciada felicidad. Por lo tanto, ¿por qué habríamos de cambiar el modo en el que vivimos nuestra vida? Desde luego, problemas hay y siempre ha habido. El hambre y la pobreza no son fenómenos nuevos, ni lo son las guerras en función de intereses particulares ni la explotación del hombre. Y si eso y mucho más no ha sido suficiente como para cambiar de forma sustancial la conducta del ser humano, parece difícil pensar en que ese cambio pudiera ser posible ahora.

Pero ahora nuestra circunstancia es distinta. Pues a los viejos problemas, acerca de los cuales es siempre más fácil prestar una atención pasajera que raramente deriva en acciones concretas, se agrega un problema nuevo, el más terrible de todos. Pues la torpeza del hombre no sólo amenaza con perjudicar a la vida de otras personas, sino que, más todavía, amenaza con exterminar toda forma de vida sobre la tierra, haciendo así inviable cualquier posibilidad de un futuro. Por cada minuto que pasa, el equivalente a seis estadios desaparece en los bosques del Amazonas, y cada año miles de especies cuyos nombres nunca supe se extinguen para no volver jamás. La contaminación, el agotamiento de los recursos y los alimentos, el calentamiento global, y peor todavía, un aparato económico y mediático que extrae beneficio a partir de esta situación, son factores que se suman de manera vertiginosa y que auguran un negro porvenir para quienes sea que vengan después de nosotros. Estamos destruyendo nuestro mundo, y haciendo insostenible en el tiempo una vida como la que ha habido hasta ahora. No digo estas cosas con el ánimo de ser apocalíptico, o por pregonar el final de los tiempos o el cumplimiento de las predicciones de los mayas ni nada como eso. Sencillamente se trata de reconocer que el modo en que estamos viviendo nos está matando, y que son las generaciones más próximas las que pagaran el precio de nuestra soberbia. Serán ellos los que tendrán que matarse unos a otros por agua o por aire, serán nuestros hijos los que contraerán enfermedades por la ausencia de capa de ozono, y serán sus vecinos y sus amigos los que tendrán que reconstruir un mundo que nosotros hicimos pedazos a fuerza de querer tomar tanta Coca Cola y comprar tantas tonterías que nunca nos hicieron realmente felices. Con un poco de suerte y si cruzamos los dedos, tampoco a ellos les dolerá que los suyos se mueran de hambre o que se invadan países con excusas hipócritas que solo enmascaran el interés por el petróleo, el agua o el recurso en escasez por esos días, porque quizá también para ellos habrá un descendiente del Che Copete que les haga olvidar la dureza de sus circunstancias, y no faltarán las imágenes narcóticas que opaquen su juicio crítico y su capacidad de hacer algo, cualquier cosa, con tal de evitar el ocaso del hombre y la muerte irreparable de la vida.

Pero hacer este diagnóstico es más fácil que pensar en alguna solución a ello. Al respecto, desde hace mucho tiempo se han formulado numerosas teorías y perspectivas críticas, las cuales lanzan sus dardos contra la estructura contemporánea del estado, contra la economía capitalista y neoliberal, contra la microfísica del poder, contra las influencias nefastas de los medios de comunicación masiva, contra la globalización y el choque de mundos culturales, etc. Y cada uno de estos enfoques muestra a su modo las posibilidades de mejorar las cosas, de reestructurar la sociedad, sus relaciones de poder, la administración y la gestión de sus funciones, la optimización de las relaciones fundadas en la comunicación racional y la búsqueda de consensos, sin contar las utopías en donde se anula la sociedad fundada en clases y en la acumulación de capitales. Pero en cualquier caso, y pese al esfuerzo puesto en estas reformas, que pueden redundar o no en mejoras prácticas para la vida de las personas, el hecho es que, en el fondo, no estamos evitando que nuestro navío siga ese curso terrible cuyo negro desenlace sólo cabe esperar no nos toque vivir a nosotros.


Pero entonces, ¿qué es lo que nos pasa, qué es lo que impide que podamos progresar no ya materialmente, sino que moral e incluso espiritualmente? Desde luego, es cierto, hay un aparato socioeconómico cuyo funcionamiento depende no de la satisfacción de las necesidades humanas (no es un sistema filantrópico), sino que más bien de la producción permanente de nuevas necesidades, de generar una demanda infinita que justifique dicho sistema. Nuestra libertad es la de elegir entre opciones que se nos ha persuadido a necesitar, a buscar mejores estándares de vida a través de una producción enferma para la que más vale la inseguridad y el descontento, que la autorrealización y la madurez moral.

Pero esto es algo que sabemos. Hablar de consumismo e individualismo son clichés que nos gusta citar y de los que estamos presuntamente concientes, del mismo modo que estamos ciertos acerca de que es ese consumo desmedido el que está arrasando con nuestra naturaleza y exterminando nuestros recursos naturales. De vez en cuando, claro está, nos gusta alegar contra estas cosas, del mismo modo que cientos cada año salen a las calles a protestar contra el gobierno de turno o contra un presunto imperialismo de parte de multinacionales desalmadas y perversas. Inventamos consignas de lucha, esperando que alguien arregle las cosas, que ellos, los malos, dejen su poder al pueblo, o que ellos, los equivocados, se den cuenta de sus errores y se hagan más humanos, más buenos y más justos.

No puedo evitar pensar que algo anda mal en esta ecuación. Pues el hecho es que la tendencia general de las personas es la de esperar que las cosas cambien para mejor, para que sus vidas sean más felices, para acceder a una mejor calidad de vida. Pretensión justa, ciertamente, ¿pero no es acaso muy cómodo juzgar las cosas pensando en que son otros los equivocados, en que son otros los que tienen al mundo en peligro, en que son otros los injustos, los malos, los ignorantes, los soberbios, los insolidarios? No quiero negar que haya personas que verdaderamente actúen en la llana inmoralidad, aquellos que se llevan las grandes tajadas a costa de la explotación de los recursos, de las remuneraciones paupérrimas, de la externalización de los costos, etcétera. Pero el hecho es que, frente a eso, es muy poco lo que nosotros, ciudadanos y consumidores comunes y corrientes, podemos hacer. Cuando menos, es muy probable que ninguno de nosotros tenga jamás la posibilidad de estar en una situación de poder tan privilegiada como para iniciar una revolución ilustrada y cambiar las cosas. Además, si ponemos el problema en términos de poder, debería preguntarme, ¿qué haría yo si estuviera al mando de un país o de una gran corporación?

El tema es que, así como siempre es más fácil pensar en que los otros son los malos, es también muy cómodo pensar en que yo, nosotros, somos de los buenos muchachos. En que yo hago todo lo mejor que puedo por hacer las cosas mejor, que cuando puedo hago el bien a los demás, que intento ser buena gente, un buen chato, atento, solidario, biendispuesto. Por supuesto que omitimos la parte en que hacemos todo eso porque nos conviene, porque es bien visto, porque es lo que otros esperan de nosotros. Y además nos gusta tener una imagen positiva de nosotros mismos, querernos harto, y buscar así el bien personal primero y después el de aquellos que nos quieren, el de aquellos a quienes necesitamos para sentirnos mejor. Y si alguna vez tuviera el poder, seguramente que, además de hacer y predicar el bien, sería ligeramente permisivo con los míos, y si me equivocara o me excediera en mis atribuciones de vez en cuando, encontraría la forma de justificarlo y de hacerlo aceptable para el concepto que tengo de mí mismo y para mis flexibles valores. Al final del día, el político o el fiscalizador permisivo es tan buena persona como el que deja que alguien se ponga a su lado en la cola del banco pasando por alto a veinte personas que en ese momento piensan de él que es un tipo detestable, pero que si pudieran, harían lo mismo sin ningún asco.


Lo que quiero decir es que si las cosas están como están, es fundamentalmente porque somos egoístas. Más aún, corrijo lo que afirmo, y digo esto: que yo, Patricio González, soy egoísta, y soy autorreferente. Y es cierto, hay cosas que están mal, y me molesta que corten los bosques y que extingan las especies, pero soy yo el que elige tener deudas en tiendas comerciales, comprar cosas que seguramente cambiaré en uno o dos años más, en usar la electricidad y el agua a mi antojo, porque, después de todo, para mí siempre son válidas las excepciones. Me gusta pensar que la contaminación es mala, pero me cuesta ver como mi consumo de la leña o el consumo del auto afecta a todo eso. Y me gusta pensar que soy un buen tipo, aunque muchas veces mis conversaciones sean un pretexto para escucharme a mi mismo teniendo a la razón, y mis buenas acciones sean una excusa para que los otros me valoren como una buena persona y me acepten por ser solidario y bienintencionado. Y la preocupación por el bienestar de los demás está siempre presente, en la medida que me proporcione mi dosis diaria de autocomplacencia con mis valores y mi visión humanitaria de las cosas. ¡Que buena persona que soy!

Quisiera llevar el cinismo (en el sentido original de esa palabra) todavía más allá, preguntándome: ¿debería sentirme mal por ser así, egocéntrico y autorreferente? El hecho es que la ciencia está de mi lado. Porque todos los organismo vivos no hacen algo distinto a lo que hago yo. Cada individuo de cualquier especie vela por su propia supervivencia, y las distintas facultades con las cuales está dotado, operan con ese fin, garantizar que ese individuo viva y se reproduzca. Para nosotros no es diferente más que la escala en que se aplica este principio. Pues la inteligencia, aquella facultad de la cual el ser humano gusta sentirse orgulloso por ser el único ser vivo que la posee en la tierra, sirve para el mismo propósito, del mismo modo que todas nuestras facultades psicológicas. Tenemos ideas sobresalientes, tenemos sentimientos nobles, tenemos autoestima, tenemos relaciones sociales y proyectos humanitarios. Pero al final del día, todo eso esta destinado a sostener un delicado equilibrio en el cual me siento bien conmigo mismo, con las cosas que hago y que pienso, sólo porque es importante que yo como individuo viva. Es por mi interés personal que soy una persona moralmente correcta, porque sólo si soy bueno con otros, los otros lo serán conmigo. Me importa lo demás en la medida que contribuye a mi experiencia personal. Y suscribo con sistemas de ideas, ciertos ritos y ciertas costumbres porque me proporcionan una noción de certidumbre y de que la vida tiene sentido.

Pero esto tiene que cambiar. No puedo seguir viviendo de esa manera. Me engaño, lo sé, y hay cosas acerca de mí mismo que prefiero no reconocer y no aceptar. Pero el hecho es que tenemos que cambiar. Pero, ¿cómo? Lo primero es reconocer que no todo acerca de nosotros es negativo – y en el fondo, si logramos ver las cosas con claridad, entenderemos que nada es negativo ni positivo, salvo por la subjetividad que juzga así las cosas.

Es cierto, somos animales, organismos vivos en los cuales, bajo una piel vestida de Calvin Klein o maquillada por Pamela Grant, persiste el instinto primario de la autoconservación, y que media subrepticiamente hasta en nuestras más elevadas acciones y pensamientos. Pero el hecho es que somos también el único ser vivo capaz de saber que es un ser vivo, de entender que vamos a morir, de conocer y querer lo que tiene fuera de sí mismo, de valorar su propia circunstancia, y de entender y amar a otros seres vivos como nosotros. Podemos juzgar, desde luego, hasta que punto vivo de ese modo, pero el hecho es que podemos ser algo diferente. Podemos abrazar algo más que el interés mezquino en mí mismo, y ser uno solo, porque en el fondo, somos una sola cosa. Somos la misma naturaleza, que a partir de átomos y ácidos nucleicos, de evolución y cultura, ha llegado a ser conciente de sí misma. No sólo materia y carne y huesos somos, sino que también espíritu.


En la tradición del Yoga Kundalini se habla de los siete chakras, siete puntos energéticos presentes en todos nosotros, pero que sólo aquellos que se aventuran en el autoconocimiento y la autodisciplina son capaces de abrir y desarrollar. Pero en el fondo, esos siete puntos representan siete niveles en el desarrollo espiritual de la persona. Lo natural es pensar que de esos chakras, los más importantes son los chakras superiores, pero el hecho es que el chakra más importante es el del medio, el cuarto chakra, Anahata, lo cual sólo podemos entender si atendemos primero a la forma en que cada uno vive su vida.

Desde esta óptica, la mayoría de nosotros vive atado a los chakras inferiores, los tres primeros, que representan las facultades humanas desde el punto de vista de su existencia material y animal. El primero representa las necesidades y los impulsos más primarios, el deseo carnal, el instinto sexual. El segundo dice relación con nuestras emociones, con el control de nuestras pasiones, nuestros afectos y nuestros apegos. El tercer chakra es la inteligencia en tanto que instrumento para nuestra supervivencia, como herramienta del ego para el logro de sus objetivos y para la perduración de su propia existencia. La mayoría de nosotros vive entrampados en esas necesidades, en atender a lo que cada uno necesita, a lo que cada uno siente, a lo que cada uno piensa. Así vivimos y, en la mayoría de los casos, así morimos. Pues en sentido estricto, nada más se necesita para sobrevivir.

Pero el verdadero progreso espiritual está en abrir el cuarto chakra, el chakra del corazón, Anahata, que significa lo no tocado, porque el primer principio de las cosas era una unidad sin diferencias y sin divisiones. Anahata es la apertura al amor universal, a la conciencia que se abre a lo Otro sin aferrarse a ello porque yo lo necesite o porque me interese en algún modo. Es entender que más allá de las fronteras de mí mismo, de mi vida atrincherada en mis conceptos y en mis valoraciones, hay un mundo ajeno a mí, y que sin embargo, existe y está allí al mismo tiempo que digo estas palabras. Que hay vida a todos lados y que esa vida merece y debe existir, sirva o no a mis intereses. Anahata es abrirse a lo Otro, a lo desconocido, porque en el fondo no conozco nada más que mis propias ideas y porque adonde sea que mire sólo veo mi propio reflejo.

Desde luego, estos simbolismos orientales quizá no nos digan mucho. Una mezcla de escepticismo y de prurito positivizante nos predisponen a pensar en ello como habladurías sinsentido. No sé si así sea, no es tan sencillo trazar la línea entre lo que es verdadero y lo que quiero que sea verdadero (si es que hay alguna distinción en absoluto). Pero quedándonos con el simbolismo más básico en todo ello, parece como si la conclusión no fuese tan absurda. Trascender mi propio ego, mi apego inconciente a mi instinto primordial por la supervivencia, es la única vía para este mundo enfermo y agónico. Pero para eso tengo que recordar lo que el viejo Platón decía, que hay que salir de la caverna, y que esa caverna soy yo. La realidad es lo que yo proyecto en ella, lo que yo quiero creer y lo que yo necesito que sea. La realidad es un espejo de mi mismo, o como decía el satírico Bill Hicks, somos la imaginación de nosotros mismos. Para pasar al otro lado, debo romperme a mí mismo como un espejo, callar mi mente y renunciar al deseo que me apega a las cosas. Debo reconocer las sombras que yo mismo acepto como mi realidad, sacarme la venda del conformismo, del amor propio, de la autocomplacencia, y reconocer que no soy más que un grano de arena, apenas un actor más entre millones en una escena que se acerca al acto final. Debo juzgarme a mi mismo antes que juzgar a otros, y cambiar yo mismo antes que querer cambiar a los demás.

Y no es que tenga que cambiar porque yo lo necesite, porque en el fondo podría seguir viviendo del modo que lo he hecho hasta ahora y aún así quizás podría ser feliz. No es la felicidad lo que es importante aquí. Lo importante es aquello más allá de mí, algo más grande y más maravilloso que yo. El hombre no tiene derecho a acabar con la vida, la vida debe existir y debe perdurar. Además, nadie vendrá del otro lado del espejo a salvarnos de nosotros mismos, nadie reconstruirá para nosotros lo que nuestras torpezas y nuestra ignorancia de nosotros mismos han destruido.

Tú y yo somos la única salvación, y ésta es la única oportunidad que tenemos para hacerlo. Mira a tu alrededor y da gracias porque estás aquí y porque estas vivo y porque puedes saberlo. Seamos parte del cambio. No permitamos que muera este milagro.