miércoles, agosto 25

Que lo valioso está en lo simple es un tópico. Lo simple per se no es argumento, sin considerar que, muy posiblemente lo simple esté lejos de serlo.

Pero pongo sobre la mesa las escasas piezas con que me he topado en mi camino. Las observo y me detengo en sus relaciones, y sin embargo, no puedo ver el puzzle. El sólo ejercicio de ver el orden es mi artificio, y en consecuencia, sólo me veo a mí mismo.


¿Puedo acaso ver algo más? En el mismo ejercicio, Descartes se detuvo en lo que consideró una verdad inalienable, su propia presencia que es su pensar, su pesquisa por el sentido inasible de su experiencia incomprensible.

Pero la experiencia está ocurriendo. No es sólo que este yo aquí en la experiencia – algo está ocurriendo, y si soy sensato, reconozco que ha ocurrido por mucho tiempo. Pero que la apelación a la sensatez no se considere el argumento: incluso si aquello de lo que tengo memoria fuera un sueño, ha ocurrido y en cierto modo continúa en este instante. Y en éste. Y en éste otro que sigue.

Está ocurriendo, y es aquí desde donde debo dar el salto. Pues la aberración está en mi percepción alienada, en la reflexión por la que marco la distancia y pienso desde la soledad de mis ideas. La aberración no es el pensamiento sino en el ejercicio, en la desvinculación objetivante, en el retiro perpetuo a las palabras, en la presencia incompleta. Pero apenas alcanzo a decir lo que pierdo al intentarlo; apenas aquí, me fugo, merodeando entre mis palabras que nada dicen.

Renuncio – y encuentro.