martes, julio 7

Espiral, o un merodeo hacia el centro.



Luego de un largo tiempo, despertó, solo, en medio de una ladera de árboles, pasto y musgo. Sonido de pájaros, brisa y madera antigua en la distancia. Se queja. Es un cuerpo e intenta levantarse, sus codos, su tronco y sus manos haciendo fuerzas hasta quedar sentado. Mira hacia todos lados y ve una danza frondosa de brazos negros tupidos de verde opaco. Pero es como si el bosque lo estuviese mirando a él, en una mudez que era renuncia y sosiego. Mira sus manos, sus palmas mirándolo, desde su cuerpo, sobre la tierra. Los pantalones están sucios, lo suficiente como para saber que había estado durmiendo en esa ladera. Tiene un nombre, y es Leonardo, pero es como si fuese prestado. Sus manos tocan su rostro e intenta recuperar lo que ha ocurrido.

Se recuerda a sí mismo, tomando una taza de café en algún local del centro a colores marrón ejecutivo. Se había convertido en uno de esos hombres que pasa en las tardes a tomarse un café, descansando del día de trabajo y preparándose para llegar a su familia. El breve momento que tendría en el día par estar consigo mismo, solo.

Así era que estaba, después de una jornada sin interés, hasta que alguien, el mesero quizás o cualquier otro, le acercaba un sobre añejo y amarillo. Sacaba los lentes del bolsillo de la camisa y tomaba el envoltorio, abierto y sin remitente. Recuerda caer al suelo mirando hacia el espejo en la pared, y algunos segundos antes, haber tomado el sobre amarillento y entonces mirar en su interior. Nada después de eso.


Pero aquí era ahora. Solo, despierto. No era nadie especial, ningún miembro importante de nada, el vecino, el colega, el peatón. Cuando era joven de los que adolecen, se sentaba en las tardes a mirar por la ventana, aunque todo lo que veía era un viejo árbol más allá de un tejado llovido. Y así muchas tardes más, en las que fue otro, a otras horas, en esos lugares y con esas personas. Piensa en sus amigos que han sido tantos, y como se veían todos los días hasta que no fue más. Se recuerda comiendo sopaipillas y tomando cerveza a las cuatro de la tarde y la risa aflorando espontánea ante asuntos que ya no recuerda. Nada de eso queda y no siempre evocar esas imágenes incluye algún sentimiento importante.


El bosque danza y él se hace las preguntas. Quién era o qué tenía que hacer no eran interrogantes que aparecieran por primera vez en su cabeza. Tantos pasajes, tantas costumbres adquiridas en función de esa pesquisa, tanto merodear las ciudades por una pregunta. Atardeceres y madrugadas apaciguaron esa sed en más de un lugar en el camino, pero el río siempre avanza y no hay permanencia en el remanso. Los rostros que compartieron el viaje terminaron con esos capítulos, para seguir luego hacia sus propias peripecias...

Y entonces, desde el silencio más allá de las cortezas y el musgo, me reconozco sentado sobre la hierba, recordando a medias quién soy. Y sé que yo también avanzo, hacia mí mismo aunque no sea nadie. Hacia el recuerdo de esta historia, hacia el círculo que nunca termina, fuera de mí en mí mismo, el margen de esta página y la mirada sobre el final de estas palabras. Vivo.




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