sábado, abril 24

impromptu

en días grises como éste
miro al sol con los ojos cerrados
evocando el sol que ya no existe

en días tan grises
abro en vano las manos
cuando el corazón obtuso
amurallado por una melancolía extraña
por unas ganas de estar vivo
mientras en la contradicción absurda
respiro y pienso
y pienso en cómo se respira
y en como sería
si no pensara todo esto

en días tan grises
con la brújula atascada entre las tripas
con las certezas trizadas o en cenizas
un collage de la realidad se asoma por la ventana
con su caricatura de lo que deben ser las personas
subiendo a sus autos de papel lustre
vistiéndose en el celofán en descuento de tiendas que son cementerios de la vida
de la vida en la que no estoy tampoco
porque héme aquí escribiendo
para recordarme que debería estar despierto
y mientras lo recuerdo me hipnotizo
y me sigo el juego
hasta no llegar a nada
atiborrado en palabrería indigesta
atorado en la coma y en los puntos suspensivos

se me van así los días grises
mordiéndome la cola para que el tiempo pare
o para que las jornadas fueran otra cosa
y en desearlo un día más ya se ha ido
porque este deseo insensato
a la cordura no responde
porque ya lo dijo Artaud
que la sanidad es para los enfermos
y este soliloquio insano
no me hace mayor bien
que el de mantenerme conciente
de que estoy durmiendo
que esta fiebre se acabe
que se borren estas palabras
partiendo desde el punto último
mientras este suero no alivia el delirio
que alguien por favor
me lleve de vuelta a mi casa

miércoles, abril 14

[sin título 3]


algo llamado hogar
cobijo tibio y tierno
lugar anterior al lenguaje
posición fetal

¿a donde me llevan estos pasos hechos de palabra?
digo "felicidad"
y una voz encerrada en un sótano del corazón
evoca remanso y placidez
no más del dolor ni de la fatiga de las horas
ya no más del desgastado afán que no encuentra
irresuelto suspensivo
no más del merodeo a tientas
de la espera
del deseo
del trabajo

pero no es hacia allí donde vamos
corazón meloso
ni abrazarás de nuevo
a tu osito de felpa

no sabes adonde vamos
ni te servirá llenarte la boca de la sabiduría que no entiendes
porque el instante que sigue
no lo conoces ni lo esperas

apenas sabes
que el mandala se proyecta en lo extraño
para volver sobre sí mismo

martes, abril 6

Sombra crepuscular. Figura humana que se recorta contra un rojo incandescente, mientras un sol añoso declina tras vagas colinas que evocan porvenir. Su mano titubea y busca en los bolsillos un indicio que no encuentra. Se engaña el ojo si piensa que era ese manojo de llaves ahora en sus manos lo que ese gesto nervioso buscaba. Ese gesto y más nada: la figura permanece inmóvil, con una mirada sostenida en la espera de nada, en el transcurso repetido de lo que sin variación ocurre en cada atardecer. Cogido por el contraste del color, como si fuese la noche naciente la que lo estuviera mirando, el hombre una presa devorada por le penumbra.
El sonido de aves que migran a su morada le evoca una conversación. En alguna tarde perdida y sin fecha, una voz habló de esos cantos como si fuesen gritos, una naturaleza desgarrada en dolor, abierta en animalidad y absurdo, en desorden y sangre encerrada en un armatoste vivo. Y este, ese que evoca cualquier tontería mientras espera cualquier cosa, había tenido algo que responderle.
Pero de esa respuesta no queda nada, ni la certeza ni sus puntos suspensivos entre las monedas que restan de comprar un kilo de pan.

Alguno vez fue diferente. En las jornadas que hoy no son más que su relato, hubo un propósito y una tarea. Todos los senderos conducían hacia un norte cristalino, el fin en sí mismo que justificara el curso de las horas, el vestir de las máscaras, el trajín de una repetición ahora siempre nueva.

Pero de eso ya no más. Así que la figura gira sobre sí misma y vuelve a casa. Lo mismo, lo sabido, lo conocido otra vez. Insípido e incoloro, grisáceo circular y engranado, vestido de corbata como quien engrasa una pieza para que funcione, con su amasijo de buenos días y muchas gracias, caricatura que se sonríe y se ocupa del menester importante, cuadrado a fuerza del espacio que le toca en el puzzle, la misma firma y los mismos dientes, desplanchado en el vestir para marcar la diferencia que no interesa, llamado por su nombre cuando paga sus cuentas, su figura recortada contra el multicolor de las tiendas de descuento, su gesto en la caja, el manoseo de las monedas y la transacción cumplida.
Volver a eso. Como si fuese una opción y como si hubiese libertad en ello. Como si a alguien le importara que haga bien su trabajo, como si tuviesen un valor sus ideas, como si de algo sirviera todo esto.

El atardecer se ha ido a púrpura y solo su color persiste. Sin voz figura o pensamiento que ocupe el cuadro, sin nadie que espera cosa alguna, sin gesto inconcluso ni una pausa que le contenga. Más nada, unas luces que titilan, unas fauces que se cierran y un silencio que nada concluye.