martes, marzo 20

El Samaritano

He ahi al buen hombre, el samaritano. Caminando temeroso y sin prisa delante mio. Uniformado en su pobre traje terracota de domingo. A la izquierda de su corbata amarilla, desde más abajo de uno de sus brazos sin fuerza para nada, pende una guitarra enfundada y cargada de canticos a Cristo el Rey.

Sonrie, puedo verlo. El mismo gesto que comparten todos quienes entonan con él sus glorias desafinadas y sus alabanzas repetidas. No hay duda dew que nadie toca como él esos do-re-mi-fa-sol con olor a iglesia y culpa. Sonríe.

Más bajo la mueca es visible el gusano, merodeando tras las órbitas de sus ojos, una comezón en la pierna, el sudor infecto que emana de sus manos. Es a él, al gusano, y no a su padre celestial, a quien dirige sus canciones, como si fueran conjuros para deshacerse de la aberración que siente hormiguear bajo esa ropa beatificamente planchada por su Sor Esposa. Como si entre el "cordero de dios" y el "santo-santo-santo", la bestia entrara en un trance espasmódico y dejase por fin de asediarlo por las noches en los incestos oniricos que al otro día prefiere no recordar. Y hasta se alcanza a sentir verdaderamente libre cuando esa gente que no le importa le estrecha una mano de plástico en el saludo de la paz.