sábado, mayo 1



Despierto en la niebla. Todo local cerrado, toda la gente en sus casas cuando se celebra en nuestro teatro el día del trabajo. Celebre usted, señor o señora, nuestra actuación colectiva, su participación en la charada, su mérito de máscara y títere.
Y trabajar, ¿para qué?
Soñé anoche que robaba un banco. Con dos desconocidos, nos hacíamos del dinero suficiente como para que ya no hubiesen mas estúpidas esas preocupaciones por lo que no debería haber ocupación en una vida que fuera verdadera.
Importa poco el transcurso del sueño. La única paradoja que rescato era el tener que seguir trabajando para ocultar que se era un ladrón. Pretender que lo que se tenía era el resultado del esfuerzo y no de la farsa, el timo, la gran mentira.

En seguida evoco las injusticias de este mundo de papel lustre, las desproporciones y el absurdo, pero me rehúso a hablar de ello.

¿Y si todo es sueño, qué sentido tiene todo esto?
Parece que mientras más dormido se está, y más prevalece la convicción de sí mismo en su ficción, más contento se debe estar en la performance de sí mismo. Pero como no puedo creer que esta parodia sea cierta, como ya no puedo sacarme de encima la noción clarísima de que todo es un puto montaje, estoy condenado a vivir aquí como de allegado, un tramoya sin gracia que grita tras bastidores "¡despierten, despierten!", mientras las marionetas representan su comedia y yo vuelvo a casa a comer el pan con mantequilla de mentira que reciben en pago todos los tramoyas del mundo.