martes, abril 6

Sombra crepuscular. Figura humana que se recorta contra un rojo incandescente, mientras un sol añoso declina tras vagas colinas que evocan porvenir. Su mano titubea y busca en los bolsillos un indicio que no encuentra. Se engaña el ojo si piensa que era ese manojo de llaves ahora en sus manos lo que ese gesto nervioso buscaba. Ese gesto y más nada: la figura permanece inmóvil, con una mirada sostenida en la espera de nada, en el transcurso repetido de lo que sin variación ocurre en cada atardecer. Cogido por el contraste del color, como si fuese la noche naciente la que lo estuviera mirando, el hombre una presa devorada por le penumbra.
El sonido de aves que migran a su morada le evoca una conversación. En alguna tarde perdida y sin fecha, una voz habló de esos cantos como si fuesen gritos, una naturaleza desgarrada en dolor, abierta en animalidad y absurdo, en desorden y sangre encerrada en un armatoste vivo. Y este, ese que evoca cualquier tontería mientras espera cualquier cosa, había tenido algo que responderle.
Pero de esa respuesta no queda nada, ni la certeza ni sus puntos suspensivos entre las monedas que restan de comprar un kilo de pan.

Alguno vez fue diferente. En las jornadas que hoy no son más que su relato, hubo un propósito y una tarea. Todos los senderos conducían hacia un norte cristalino, el fin en sí mismo que justificara el curso de las horas, el vestir de las máscaras, el trajín de una repetición ahora siempre nueva.

Pero de eso ya no más. Así que la figura gira sobre sí misma y vuelve a casa. Lo mismo, lo sabido, lo conocido otra vez. Insípido e incoloro, grisáceo circular y engranado, vestido de corbata como quien engrasa una pieza para que funcione, con su amasijo de buenos días y muchas gracias, caricatura que se sonríe y se ocupa del menester importante, cuadrado a fuerza del espacio que le toca en el puzzle, la misma firma y los mismos dientes, desplanchado en el vestir para marcar la diferencia que no interesa, llamado por su nombre cuando paga sus cuentas, su figura recortada contra el multicolor de las tiendas de descuento, su gesto en la caja, el manoseo de las monedas y la transacción cumplida.
Volver a eso. Como si fuese una opción y como si hubiese libertad en ello. Como si a alguien le importara que haga bien su trabajo, como si tuviesen un valor sus ideas, como si de algo sirviera todo esto.

El atardecer se ha ido a púrpura y solo su color persiste. Sin voz figura o pensamiento que ocupe el cuadro, sin nadie que espera cosa alguna, sin gesto inconcluso ni una pausa que le contenga. Más nada, unas luces que titilan, unas fauces que se cierran y un silencio que nada concluye.

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