jueves, marzo 8

Escenas Comunes.

Primer Acto.

Cuadro que irrumpe en niños que ríen corriendo apresurados unos tras de otros en una ronda involuntaria y breve sobre un espacio amplio y verde. Mano blanca y femenina que reposa sobre un prado hirsuto y amarillento. Circunferencia visible y anular en ella, delgada y con el nombre de un varón grabado en oro de 24 kilates. Sobre la mano y en continuidad, un brazo ligero y grácil. Lana de alpaca bordada en crema que se ciñe al cuerpo.
Primer plano de unos ojos castaños y atentos, luminosos, fijos en un punto desconocido y distante. Los niños. Unos sobre otros y risas, pies que trazan medios círculos en el aire, trenzas y cabellos cortos oscuros y erizados, zapatillas entierradas y pies descalzos.
Por sobre el montón de risotadas infantiles, atrás y al fondo, un bosque profundo y gallardo de cipreses. Escalonados unos tras otros en una colina escarpada. Silencio frágil y leve entre esos troncos vetustos. Cuadro cerrado sobre una corteza antigua y marcada en promesas de amores idos, grabados a cortaplumas en el tronco de 42 metros de altura, falange anular de una mano frondosa y múltiple que emerge de la tierra negra. Sobre la corteza, tránsito ordenado de hormigas diligentes y condicionadas por una fuente azucarada y frugal, destino secreto y remoto en algún lugar de su planeta ciprés.


Acto Segundo.

Silencio. Cuadro azul cruzado por blanco en trazos débiles y torpes. Cirruestratos que reposan sobre sí mismos, suspendidos como lámparas de algodón en la cuenca profunda. Pausa y luego escena que se desplaza. Cúmulos que ascienden en gesto contrario al cuadro, hasta capturar una línea imperfecta, recta y vertical hacia el marco inferior, rama y hojas en racimos desiguales y llenos. Extremidades vegetales y antiguas, en diagonales a partir de un eje que debe imaginarse bajo claroscuros inquietos y menudos. Incontables.
El cuadro retrocede y ya no es uno, sino tres y siete y tantos follajes que se imitan y se asedian entre sí en un mirar sin ojo, contínuo y sin pausa. Vigilia permanente, inmóvil y plural.
Manos de madera acariciadas con las yemas de una brisa gentil y fresca que se quiebra contra los nudos enmohecidos y deformes.
Y sobre una corteza cualquiera, una hormiga negligente no espera nada. Cuadro que se detiene en un plano estático y paciente. Y nada más ocurre mientras se va a negro en una pausa prolongada y cómplice.


Tercer Acto.

Agua y orilla. Laguna. Al costado izquierdo y a unos veinte metros, una familia reunida en segundo plano. Niños en torno a padres y tíos sentados que trazan una medialuna de espaldas al cuadro. Primer plano. Pantalones infantiles de cotelé, limpiados de pasto y tierra por mano cuidadosa, maternal y abierta. De fondo el sonido de agua sobre agua. Proyectada con vigor hacia el cielo y que estalla por sobre una arboleda pequeña y lejana. Imagen que desciende hasta la superficie especular, y una diagonal aletea rauda de derecha a izquierda en forma de paloma. Superficie que es agredida por miles de esferas diminutas y cristalinas en cámara lenta. Cinco segundos.

Orilla. Línea horizontal y de ladrillo y hierba ocupando el primer tercio de un cuadro sin movimiento propio. Reflejo indescifrable en verde oscuro cruzado por blanco y negro, que ocupa los otros dos tercios. Sombra generosa que se distribuye sobre una hierba profusa y conquistada por poblaciones de treboles dóciles y pisoteados. Agua sobre agua y sonido distante de una niña que protesta con alevosía. Réplica materna drástica e incontestable. Silencio. Dos segundos. Llanto que irrumpe sin mesura ni vergüenza, protesta reiterada que se balbucea en gimoteos angustiosos e ininterrumpidos. Primer plano de un pie pequeño que pisotea encolerizado un cesped que no tiene la culpa. Zapatito café y medias blancas rematadas en encajes. Flor rosada que se dibuja en cuero nuevo. Llanto y acercamiento sobre una mano masculina que se toma la cara en movimiento hastiado y breve que se desplaza hasta la cima de una cabeza engominada y brillante. Anular anillado en oro que se toma los cabellos en gesto contenido.
Voz masculina y paciente que intenta apaciguar en explicaciones pueriles y repetidas al zapato iracundo. Pie que cae al suelo. Y son entonces cuatro extremidades que golpean al piso rabiosa y descompasadamente. Voz pequeña que insiste sobre un deseo prohibido y cerrado como una puerta, que se otorga quince minutos más tarde bajo la forma de un cono invertido, grasiento y de vainilla.


Epílogo.

Tierra amarilla y polvorienta que ocupa un cuadro entero y próximo. Sombra impertinente que interrumpe en diagonal en la esquina superior derecha. Ademán débil. Cinco segundos.

Bastón. Gastado y de madera anaranjada, picado por el contacto árido y reiterado. Mano sobre el bastón. Sin anillar. Asida con fuerza y necesidad. Puño octagenario y débil. Comisuras consumidas entre los pliegues de trazos multiplicados y discontinuos. Piel manchada en tonos marrones. Dedos nudosos e hinchados. Brazo menudo que atraviesa horizontal parte del cuadro.

Agua que cae sobre agua. Todavía. Orilla, y tras de sí y hacia la izquierda, bosque, sombra y espera. Silencio y brisa que se toma todo su tiempo en un atardecer de aquellos. Sol que juega a esconderse sobre ramas y troncos hechos manos huesudas hacia el cielo.

Cabello cano y escaso en corta trenza que da la espalda al cuadro. Cataratas y ojos gastados, ojeras confundidas en zurcos ascendentes. Herencia de una figura materna que se recuerda en un llanto quedo y sin lágrimas. Mano que ya no aprieta el bastón. Sólo espera. Mirada fija sobre una superficie agredida por gotas cristalinas en una definición que esas pupilas ya no volverán a capturar. Destellos solares y claroscuros difusos. Imagenes que se niegan al cuadro, pero que conmueven a un mirar triste que ha vivido. Siete segundos-

Silencio sobrecogedor que diluye en negro un cuadro inmóvil sobre una figura pequeña, que fija su memoria en una superficie cualquiera. Silencio que cae sobre silencio. Espacios vacíos a no regresar.
Espera, soledad y silencio.





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