martes, enero 23

temia que si apagaba las luces, espectros vendrian a atemorizarme. fantasmas o mutantes malignos emergerían de entre las sombras, inexplicables y absurdos. y solo para hacer de mí cosas horribles. inconcebibles experimentos, extraños padecimientos o lo que sea que semejantes seres sean capaces de hacer.

de modo que dejaba una luz encendida. o prendía la radio, o como siempre, me escondía bajo las sabanas. yo sabia que era estúpido e inútil. esconderme bajo las sabanas. era entonces un niño. y era aquello estupido, porque sabía que si ellos venían realmente, que si sus manos heladas pasaban de las ventanas empañadas, no tendrían problemas para encontrarme indefenso y pequeño bajo mi fortaleza de miedos infantiles, mi mundo de papel y de soldados de plasticina.


a dónde correr ahora?
merodeo mis recuerdos y miro a través de las ventanas en sepia. entumecido por el frío, quisiera entrar y dormir a salvo. por una vez. pero tan pronto veo allí al niño, mi cuerpo invisible de muerto en vida lo atemoriza y se tapa la cabeza con una almohada.

ya no es miedo.
ahora no es más que una certeza: que los fantasmas no pueden huir de sí mismos.

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