miércoles, septiembre 02, 2009

transitar



En un planeta cualquiera, uno de aquellos con superficie fértil y atmósfera - en ningún caso uno de aquellos puramente igneos o gaseosos, ni de aquellas rocas desérticas expuestas a las radiaciones - transita un organismo. El organismo ha trazado espacios por los cuales transitar, y de acuerdo a intérvalos regulares, ha colocado instrumentos dieñados para indicar cuándo es legítimo avanzar y cuando le está prohibido de acuerdo a las convenciones que esos mismos organismos ha fijado previamente. Así, despreocupado de tales condiciones, el organismo transita hasta detenerse frente a una luz roja, o en todo caso ante lo que él cree que es rojo (no entiende que el color visible en los objetos no es más que la longitud de onda que el objeto justamente rechaza y que por ende no pertenece a él). Impaciente, espera por el verde, pero en el fondo espera algo más. Pues aún cuando cruza ese espacio que llama calle y golpea sus brazos contra el apretado tránsito inverso que conduce a sus semejantes (que van hacia el lugar que él abandona), su transitar es movido por un espacio vacío e invisible. Nada en sus costumbres, ni sus actos nutritivos ni sus hábitos intencionados hacia el placer, llena ese espacio. Así que trabaja, estudia, participa de intercambios simbólicos que bien pueden ser diálogos o reuniones, busca en lugares en que no ha estado, vuelve a aquellos ya ocupados, se encierra en casa, lucha doblega o conquista, se embriaga o altera su conciencia, se compromete o abandona a su pareja, protesta o se conforma a lo que a otros organismos semejantes les conviene.

¿En qué terminará este organismo?
Quizá encuentre la felicidad en aprender a convivir con sus costumbres y las de otros.
O quizá las preguntas tengan sentido, y haya un camino verdadero.

No le queda mucho tiempo para descubrir la respuesta.


domingo, agosto 09, 2009

El delirio de Kali



Ajenos al mundo de los hombres de plástico, viviremos como forasteros en nuestras propias casas, extraños, errantes y silentes. Y en nuestras costumbres extrañas, estaremos vivos, el fuego en nuestros corazones, el pulso de la tierra bajo nuestra carne. Habiendo despreciado las ofertas del mercado, las publicidades en los buses y las chucherías de la tele, tiraremos también nuestras vidas por la ventana, la herencia de nuestros ancestros y las comodidades de la así llamada vida moderna. Buscaremos entre las piedras nuestra casa sepultada por la cáscara de la vanidad, la ambición y el odio. No quedará una piedra sobre otra. Será la obra del desorden, el sello del final, las palabras de la noche. Por este camino, nos encontraremos a nosotros, a dios o a nadie.

Guardaré una vela para salvarme de mí mismo.

miércoles, julio 29, 2009


Pesquisa


Me busco
entre las grietas de las piedras
- en su sal hay un secreto.

Me busco
en las cumbres nevadas que son los siglos
en el musgo de los bosques
en las mareas que son la memoria de estrellas.

Me busco
y en el tumulto de los mercados no me encuentro
ni en el murmullo de los teléfonos
ni en el consuelo de los sacerdotes
o en el método de los intelectuales.

No me encuentro y sin embargo,
las huellas de mi inútil pesquisa
trazan un camino que es el mío
la ruta que descubro la de una sombra
que busca luz
y que quiere remanso.

Miro hacia adelante,
y aunque camine en círculos
el círculo avanza, se repite y crece.

Extraño, sin embargo, las canciones de mi niñez.



.

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m a n d a l a


Se acercó a mis oídos y habló despacio. Ya lo había escuchado, pero aún no comprendo sus palabras:

"Vives en tu periferia
sé tu centro.
Él te conduce al corazón de mis hermanos
nuestros corazones nos aproximan a la luz"


martes, julio 07, 2009

Espiral, o un merodeo hacia el centro.



Luego de un largo tiempo, despertó, solo, en medio de una ladera de árboles, pasto y musgo. Sonido de pájaros, brisa y madera antigua en la distancia. Se queja. Es un cuerpo e intenta levantarse, sus codos, su tronco y sus manos haciendo fuerzas hasta quedar sentado. Mira hacia todos lados y ve una danza frondosa de brazos negros tupidos de verde opaco. Pero es como si el bosque lo estuviese mirando a él, en una mudez que era renuncia y sosiego. Mira sus manos, sus palmas mirándolo, desde su cuerpo, sobre la tierra. Los pantalones están sucios, lo suficiente como para saber que había estado durmiendo en esa ladera. Tiene un nombre, y es Leonardo, pero es como si fuese prestado. Sus manos tocan su rostro e intenta recuperar lo que ha ocurrido.

Se recuerda a sí mismo, tomando una taza de café en algún local del centro a colores marrón ejecutivo. Se había convertido en uno de esos hombres que pasa en las tardes a tomarse un café, descansando del día de trabajo y preparándose para llegar a su familia. El breve momento que tendría en el día par estar consigo mismo, solo.

Así era que estaba, después de una jornada sin interés, hasta que alguien, el mesero quizás o cualquier otro, le acercaba un sobre añejo y amarillo. Sacaba los lentes del bolsillo de la camisa y tomaba el envoltorio, abierto y sin remitente. Recuerda caer al suelo mirando hacia el espejo en la pared, y algunos segundos antes, haber tomado el sobre amarillento y entonces mirar en su interior. Nada después de eso.


Pero aquí era ahora. Solo, despierto. No era nadie especial, ningún miembro importante de nada, el vecino, el colega, el peatón. Cuando era joven de los que adolecen, se sentaba en las tardes a mirar por la ventana, aunque todo lo que veía era un viejo árbol más allá de un tejado llovido. Y así muchas tardes más, en las que fue otro, a otras horas, en esos lugares y con esas personas. Piensa en sus amigos que han sido tantos, y como se veían todos los días hasta que no fue más. Se recuerda comiendo sopaipillas y tomando cerveza a las cuatro de la tarde y la risa aflorando espontánea ante asuntos que ya no recuerda. Nada de eso queda y no siempre evocar esas imágenes incluye algún sentimiento importante.


El bosque danza y él se hace las preguntas. Quién era o qué tenía que hacer no eran interrogantes que aparecieran por primera vez en su cabeza. Tantos pasajes, tantas costumbres adquiridas en función de esa pesquisa, tanto merodear las ciudades por una pregunta. Atardeceres y madrugadas apaciguaron esa sed en más de un lugar en el camino, pero el río siempre avanza y no hay permanencia en el remanso. Los rostros que compartieron el viaje terminaron con esos capítulos, para seguir luego hacia sus propias peripecias...

Y entonces, desde el silencio más allá de las cortezas y el musgo, me reconozco sentado sobre la hierba, recordando a medias quién soy. Y sé que yo también avanzo, hacia mí mismo aunque no sea nadie. Hacia el recuerdo de esta historia, hacia el círculo que nunca termina, fuera de mí en mí mismo, el margen de esta página y la mirada sobre el final de estas palabras. Vivo.




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martes, junio 23, 2009

Sombras en la Caverna

La Caverna es una metáfora que crea Platón, pero que, en definitiva, no le pertenece a él ni a ninguno de los que se han servido de ella (también hay un cuento sufí acerca de algo semejante). A fin de cuentas, cada uno de los que ha relatado la historia, la ha contado a nosotros, a quienes permanecen encadenados a su propia ceguera. Nos la cuentan en un lenguaje que por fuerza ha de ser el nuestro - sus conceptos, sus figuras y su estructura se ha moldeado a partir de las sombras, y no de la verdad, que no sabemos si existe, y que aunque así fuera, probablemente no tenga un lenguaje. No es casual que por ahí el Tao Te King señale que quien siempre está dispuesto a hablar del Tao nada sabe de él, y que quien conoce el Tao, no necesita hablar de él (aunque habría que ver si es porque no puede, porque no debe o porque el Tao le comió la lengua).

Pero si la caverna es una metáfora, si se usa, si nos seduce, si se repite a lo largo de la historia, es porque algo nos dice.
La he utilizado como herramienta para unas clases, sin pretender señalar qué es la verdad (todavía no lo sé, no sé si pueda), sino que indicar al modo más simple en que nos encadenamos y cegamos a nosotros mismos: nuestras costumbres, nuestra reiteración condicionada de lo mismo que hacen y hacemos todos, atados a la máquina que produce las imágenes que queremos ver, la máquina que somos nosotros mismos en nuestro nivel más primario y vegetal (cuando menos la animalidad implica pasión, y cuán despojada de ella está la rutina de los engranajes).

En ese contexto los siguientes videos hechos para un contexto que no se puede reproducir por este medio. Considérese que los videos se hicieron para clases en un colegio, de modo que no se encontrará iluminación alguna en lo que sigue (simplemente para moderar las expectativas, si las hubiese claro está).


Zapping / Sombras en la Caverna
Este video representa no más que la introducción visual al tema, sin mayor contenido además de algunos mensajes 'subliminales' por así decirlo.


La Alegoría de la Caverna
Simplemente una reseña paupérrima del sentido del relato de Platón.


Sombras en Nuestra Caverna
Plantea el problema de pensar en qué constituye nuestra propia caverna, nuestra ceguera, nuestras cadenas, y además, el sia caso no será nuestra sociedad una gran red de sombras.


Vivir para Consumir
Habla por sí solo, las mismas cosas que se dicen siempre, consumismo, hedonismo, superficialidad, etc. Se agregan algunas cifras, quizá lo más interesante sea la combinación de imágenes más la música de Aphex Twin, aunque tampoco es nada del otro mundo.


¿Y qué sería lo peor que podría pasar?
Que lo pierdas todo. Que lo que has conocido, lo que te ha sido querido, lo que ha formado parte de tus seguridades cotidianas, la certeza de tus rutinas, la seguridad de que todo siga siendo siempre del mismo modo, todo, cambiase para siempre, y que de eso que desde entonces sería tu pasado, ya no quedase nada más que el recuerdo vago, la imagen imprecisa, el abrazo a no repetirse.
Pero y entonces, ¿se habría acabado todo para tí?

¿Soportarías el duelo de lo que fuistes para empezar de nuevo?
¿Podrías, querrías empezar de nuevo?


La esperanza puede llevarte a los lugares donde no has estado
y allí estaré esperando por tí.


Aguanta la noche.

domingo, junio 07, 2009

El Problema del Sentido de la Vida o el Sentido Sinsentido
(ensayo)


Quisiera saltarme el preludio en el cual indico qué tan importante, qué tan repetida o qué tan personal es la pregunta por el sentido de la vida. Lo que está en juego cuando emerge esta inquietud nos es tan cercano, tan vívido y al mismo tiempo tan incierto, que explicar qué es lo que aquí se pregunta resulta prácticamente innecesario. Aún así, justo es decir algunas cosas acerca de este problema antes de arrojarme directamente a lo que quiero decir.
Preguntarnos por el sentido de la vida incluye al mismo tiempo dos preguntas fundamentales: qué es lo que somos, y qué es lo que deberíamos ser. En otras palabras, lo que buscamos entender no es sólo por qué estoy aquí, sino que para qué estoy aquí. De esta manera, si descubriera que soy una creación de dios, un resultado del azar o la consecuencia necesaria de la estructura del universo, cualquiera de ellas representaría una respuesta tan categórica, que sentirla como verdadera cambiaría por completo lo que hago, lo que pienso y lo que elijo ser todos los días. Si sintiera que el comunismo, por ejemplo, es lo que cambiará a la humanidad y que su verdad liberará a los hombres de la esclavitud, cada uno de mis pasos estarían felizmente encaminados hacia una misión que siento como propia, única y completa. Es lo que siente el hombre que todas las mañanas sale a las calles a predicar la palabra de dios, la madre que se desvive por su hijo minusválido, el libertador que da la vida por su patria. Sin embargo, salta a la vista que, en cada caso, ese proyecto de vida es asumido siempre desde el espacio personal, y por ende toda decisión en este sentido será siempre subjetiva y particular. Y es ahí en donde emerge el problema. Pues si nada, salvo la propia convicción, puede indicarnos si estamos o no equivocados al tomar alguno de los caminos que se nos presentan, entonces parece ser que el sentido de la vida no es más que el que cada uno decide darle a sus días.
Pero si el sentido a la vida puede ser cualquiera, entonces parece como si la pregunta misma no tuviera mucho sentido. Si puedo elegir ser cualquier cosa, y ninguna de las opciones es más válida que las otras, entonces ¿qué debería elegir? Desde luego, puedo decir: “lo que yo quiera”. Pero, ¿qué es lo que quiero? Ahí es cuando la pregunta se complica un poco más. Cada uno de nosotros quiere muchas cosas, un buen trabajo, personas que nos quieran tal como somos, estar a salvo de determinados peligros, etc. Pero más allá de esta variedad de cosas que queremos, incluso de aquellas que parecen ser prioridades serias y a las cuales dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos, cabe preguntarse ¿qué es lo que verdaderamente queremos?, y más todavía, ¿en verdad sabemos qué es lo queremos? De esta manera, y suponiendo que no haya fuera de nuestro propio y supuesto buen juicio que sea capaz de guiarnos para orientar nuestra existencia, se hace notorio que necesito descubrir lo que soy, conocerme a mí mismo. Pero esta es una tarea que bien podríamos no emprender. Podríamos llegar a la conclusión de que perdemos el tiempo en preguntas ociosas en lugar de ocuparnos de cosas prácticas. Quizá me hago más problemas de lo necesario, y debo optar simplemente por lo que más me conviene. Y como toda decisión es siempre concreta, lo que más me conviene quizá sea lo más útil, lo que me de beneficios más inmediatos, lo que me haga sentir bien, y quizá todo aquello que, en definitiva, haga irrelevante a la pregunta misma, satisfechos todos mis apetitos y todos los momentos vacíos en la rutina de mis días.



Esto ya nos da algunas cosas para pensar: en cómo nuestra sociedad, o más bien el mercado, se empeña en que estos asuntos no sean tema, aletargándonos en una maraña de ficciones descartables y de apetitos fabricados a la medida de marcas y patrocinadores, de tal modo que cualquier ejercicio de autoconocimiento sea anulado de antemano, por tedioso, por inútil, por ocioso. Más aún, y dado que la mayoría de la gente considera que es dueña de sus actos, consciente y libre de hacer lo que se les plazca, les parece que conocerse está de más, que saben todo lo que quieren saber de sí mismos, que indagar más sería estéril.
Pero el problema es que esa dinámica irresponsable de hacer cualquier cosa, de consumir sin saciarnos nunca, de quererlo todo a cualquier precio, constituye una de las principales causas de la situación desequilibrada de nuestro mundo. Porque qué fácil es hablar de derechos humanos y de la libertad del hombre mientras me compro zapatillas remendadas a mano y por centavos por niños hondureños o tailandeses, o de valorar nuestros bosques mientras miramos con delicia alguna guitarra, algún mueble o alguna chuchería que no salió precisamente de la nada. No estoy hablando de cambiar el sistema o de despreciar las bondades tecnológicas de nuestra era, sino que simplemente poniendo sobre la mesa el hecho de que no cualquier cosa que hagamos da lo mismo, partiendo porque las consecuencias que se desprenden de nuestras decisiones u omisiones no dan lo mismo. Además, las consecuencias del modo de vida del hombre postmoderno no se proyectan solamente sobre el vertedero en que hemos convertido a nuestro planeta, sino que también en lo que hemos hecho de nosotros mismos. Pues en la medida que el ser humano no sepa quién es, estará condenado a rellenar ese vacío con artefactos y fantasías que no satisfacen a un corazón que no sabe lo que quiere.
Quisiera detenerme por un instante sobre el asunto planetario que acabo de mencionar, para usarlo como trampolín y así volver sobre el tema que nos ocupa pero desde una perspectiva algo distinta y que cuando menos a mí me interesa por estos días. Mucho se habla acerca de la conciencia ecológica, de preservar las especies, de cuidar la capa de ozono, de reciclar y reutilizar, etc. Campañas publicitarias sacan buenos provechos de esta campaña verde, y así mismo les rinde a las conciencias de muchos de los que defienden estas ideas. Pero aunque toda esta campaña por proteger al planeta sea bienintencionada, en la mayoría de los casos parece darse un importante equívoco. Y es que parece existir la suposición infundada de que la tierra está en peligro. Es cierto que nuestro modo de vida ha cambiado las cosas en la biosfera, que el delicado equilibrio que existía entre civilización y naturaleza se ha visto alterado entre tanta emisión de dióxido de carbono y de desechos plásticos. Pero si eso representa un problema, no lo es para el planeta ni aún siquiera para la vida, sino que para nosotros mismos. Pues la vida estuvo antes que nosotros, y sobrevivirá al ser humano del mismo modo que sobrevivió a las pestes, los asteroides, las glaciaciones, los terremotos y los cambios en el magnetismo de los polos. Mucha pena nos puede dar la extinción de las especies, pero reparemos en que no es la primera vez que esto ocurre. El 99,9% de todas las especies que alguna vez han pisado la tierra se han extinguido. Y aunque en el presente el agente de esta extinción en masa sea el ser humano, de ello no se concluye que la tierra esté en peligro. Porque aunque se acabe el petróleo y se consuman los bosques, eso representa una amenaza para nuestra supervivencia, pues es nuestra forma de vida la que depende de las condiciones que hemos alterado, pero aunque ellas cambien, es lo más probable que la vida siga su curso, con o sin nosotros. En otras palabras, si hay algún organismo que esté en la recta de la extinción, somos nosotros, cuando menos en la forma en que hemos vivido hasta ahora.



Ahora bien, cuando las ideas apocalípticas me llevan hasta este punto, es cuando emerge una pregunta que me parece interesante. Pues al margen del modo en que dimensionemos esta crisis de mundo, el hecho es que, como nunca antes en la historia, hemos llegado a un punto en el cual nuestro futuro como humanidad se ve cuestionado de tal manera, que obliga a dedicarle a este problema algunas reflexiones. Y la pregunta que me formulo en este sentido es muy simple: ¿por qué debería existir el ser humano? O, poniéndonos en el contexto catastrófico que señalaba previamente, ¿por qué deberían seguir existiendo personas sobre la tierra?
Partamos por una aclaración metodológica. Si hemos de responder a esta pregunta, debemos proporcionar una razón, y no apelar simplemente a las buenas intenciones ni al argumento de la emoción. Si es por empatía, es decir, si es por simpatizar con el futuro o el bienestar de alguien, entonces perfectamente alguien lo suficientemente fanático y comprometido con el sufrimiento de los pandas podría argumentar que sería bueno que el ser humano desaparezca, anulando así de raíz la causa de todos los padecimientos de todos los seres vivos que día a día caen bajo la tiranía del homo sapiens. Por supuesto esta es una exageración, pero ella tiene por propósito mostrar que si hemos de defender la existencia de una humanidad futura, debe ser en función de una razón suficiente, y no de meras intenciones.

Entonces, ¿qué buena razón tenemos para que siga existiendo el ser humano? ¿Por qué deberíamos empeñarnos en seguir viviendo, en que haya un mundo para nuestros hijos, y no dejamos más bien que las cosas sigan su curso inexorable? Me parece que en este punto volvemos al corazón del tema que nos formulábamos desde un comienzo, a saber, cuál es el sentido de la existencia humana. Sin embargo, como se podrá apreciar, el problema ya no es el sentido que cada uno le de a su propia vida, sino que el problema más general de cuál es el sentido de la existencia humana sobre la tierra. Y es sobre esto sobre lo que me gustaría decir algunas cosas.



Preguntarse por el sentido de algo es preguntarse, en cierta forma, por su finalidad. Que algo tenga sentido tiene relación con la dirección hacia la cual algo apunta. Decimos que una calle tiene un determinado sentido, lo cual es lo mismo que decir que apunta en una determinada dirección y no en otra. Por lo tanto, conscientemente o no, asociamos sentido a propósito, orientación, finalidad. De hecho el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define sentido (en su séptima acepción) como “razón de ser, finalidad”. Pero entonces, esto nos lleva a una curiosa pregunta: ¿tiene una finalidad la vida humana?
Me permitiré dejar de la lado la hipótesis cristiana según la cual seríamos creados por dios, y que por lo tanto nuestro objetivo en el mundo sería custodiar su creación, o como se propone en versiones algo más interesantes, que el fin del alma humana es volver a encontrarse con la divinidad. Descarto estas hipótesis no por falsas, sino que simplemente por escapar del ámbito de lo que puede ser defendido con razones. Además, me parece importante señalar que el hecho de que algo tenga una finalidad no tendría por qué significar, necesariamente, que ese fin haya sido propuesto de antemano por algún ser trascendente estilo Jehová, sino que también podría ocurrir que dadas las características de una cosa, ella deba cumplir con un plan necesario, así como la semilla del ciruelo sólo puede convertirse ciruelo, pero nunca en piedra o en caballo.
Así lo pensaba, por ejemplo, Aristóteles, quien sostenía que todo ente tiene por finalidad cumplir con un plan interno, el cual no sería otro que el de desarrollar en toda su plenitud sus propias potencialidades. Y por lo tanto, la finalidad de la semilla es la flor, como el cachorro sólo puede convertirse en un perro o en un gato adulto. Pero al detenerse sobre el ser humano, Aristóteles consideró que la finalidad de la vida humana debe ser algo más. Siendo un animal racional, su plenitud no puede estar solamente en su desarrollo biológico, sino que también en su desarrollo anímico. Por lo tanto, este señor concluyó que lo que todos los seres humanos buscan por naturaleza es ser felices, o adecuándolo a los términos presentes, que el sentido de la vida es buscar la felicidad. Es un punto de vista interesante con el cual no es difícil suscribir, pero que involucra algunos problemitas. El principal problema de Aristóteles en este sentido es que, aunque su punto de vista es razonable, no deja claro qué es la felicidad. Lo único que sugirió es que ella podría encontrarse en la vida intelectual, en la filosofía, pero resulta evidente que ello excluye un universo de otras formas de vida, además de obviar el hecho de que nadie por ser filósofo es feliz sólo por eso. Por otra parte, si llevamos esta idea hasta sus últimas consecuencias, y proclamamos la felicidad como finalidad de la vida, ella puede aflojar fácilmente los frágiles lazos que atan a la sociedad. Pues si el fin es ser felices, entonces cualquier medio disponible para dicho fin podría ser válido. Y esto es algo que no se aleja demasiado de la realidad: con tal de ser felices, vemos a personas caer en el fraude, el crimen, la mentira, etc. Y más todavía, es esa búsqueda ciega e infinita del bienestar lo que tiene a nuestro mundo tambaleando, empecinado cada uno en mirarse su ombligo y dejar satisfechos sus deseos. Por lo tanto, la búsqueda de la felicidad agrega un dato a la causa, pero no resuelve el problema de cuál es el valor de la existencia humana, ni mucho menos nos dice por qué debería nuestra especie seguir aquí en el futuro.


Entonces, si no es la felicidad, ¿cuál es la finalidad del ser humano? Otro señor que merece ser mencionado en este asunto es don Immanuel Kant, un alemán que también proporcionó algunas ideas interesantes para este problema. Según este personaje, se constata que en el ser humano coexisten dos tendencias, cada una de las cuales apunta en direcciones opuestas, y que representan, en el fondo, dos finalidades. Por una parte, la sensibilidad propia de los seres vivos hace que el ser humano busque felicidad (considerando por felicidad la satisfacción de todas las inclinaciones que un ser vivo podría necesitar requerir). Pero al mismo tiempo, el hombre es racional, y por lo tanto, una finalidad diferente emerge de esta facultad, la cual consiste, según este caballero, en ser racionales. Suena extraño, pero tiene sentido, sobre todo desde el punto de vista moral. Pongamos un ejemplo simple. Supongamos que nos encontramos una billetera a la salida de esta reunión, nadie nos ha visto y no sabemos de quién es. Desde el punto de vista de buscar mi propio bienestar, no hay contradicción en que tome la billetera y me la guarde, pues en sentido estricto no la he robado, y en última instancia estoy velando por mi felicidad. Pero desde una óptica puramente racional, lo que debería hacer es preguntarme ¿qué pasaría si todo el mundo actuara como yo? Obviamente uno puede eludir el problema aduciendo que no todo el mundo actúa como yo, pero eso no anula la validez de esta ecuación, según la cual la moralidad de una acción reside en ser capaces de ampliarla a rango de ley universal, o lo que es lo mismo, pensar en el motivo de nuestras acciones como un principio válido para todos y para todas las circunstancias posibles. Y dado que quedarse con lo ajeno no es un principio que quisiésemos que fuese válido para todos, la acción se considera inmoral.
De esta manera, el sentido de la vida según este señor sería el de actuar de acuerdo a los mandatos de nuestra razón, cumplir con el deber que todos sentimos interiormente, sólo a través de lo cual podríamos lograr que el mundo fuese un lugar bueno. De hecho, este enfoque, fundamental para lo que fue la ilustración y posteriormente para la formulación de lo que hoy llamamos derechos humanos, nos hace considerar a todo ser humano como un fin en sí mismo, a saber, como depositario de una dignidad que nadie ni nada le puede arrebatar. El argumento para esto es que, ya que la razón sólo puede obedecer a la razón, no se puede actuar en contra de otro ser humano, porque eso sería ir en contra de otro ser racional, capaz de desarrollarse, ampliarse y conducirse a sí mismo.
Este punto de vista se ramifica en muchas direcciones, pero el asunto relevante es que, si la vida humana tiene algún valor, es porque sólo ella es depositaria de un intelecto que le permite gobernarse a sí misma y separarse de la mera animalidad. El desafío, en este sentido, vuelve a ser el autoconocimiento, que Kant sintetizó en la frase “atrévete a saber”. Sin embargo, tampoco este punto de vista está exento de críticas. Lo que vino después de Kant fue precisamente un enfriamiento en la forma de ver al ser humano, considerando sólo lo racional, lo lógico, lo que puede ser calculado y precisado en fórmulas exactas, dejando de lado toda consideración de las situaciones concretas, como así también una exclusión de la emoción, la intuición y otros aspectos relevantes de la personalidad humana.
Además, llegados a este punto, es necesario que nos preguntemos, ¿en verdad podemos sostener que nuestra finalidad es ser racionales? Es más, ¿por qué tendríamos que ser racionales? Quisiera considerar aquí algunas ideas de uno de mis favoritos, Friederich Nietzsche. Lo interesante de este polémico personaje es que pone en perspectiva a este supuesto animal racional, subrayando la pequeñez de nuestra existencia, y lo ficticio de nuestros hábitos y costumbres. En este contexto, quisiera citar un breve fragmento que pone de relieve algunas de las cosas que quiero señalar. El fragmento pertenece a un texto llamado “Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral”, y dice así:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.
Lo que este texto nos muestra es lo insignificante que es nuestra existencia en el universo, el lugar arbitrario y pequeño que ocupa la inteligencia en la naturaleza, y que contrasta con la desmesurada importancia que nos damos a nosotros mismos, como si fuésemos el centro del universo o la culminación del proceso evolutivo. Estamos aquí, pero nuestra existencia es tan accidental como la de los extravagantes ornitorrincos, y por compleja que fuera la cadena de eventos que nos trajo hasta aquí, ese proceso no pasa de ser uno entre muchos más. De hecho, según Nietzsche, la inteligencia no representa otra cosa que la habilidad defensiva de la cual se valieron nuestros ancestros para sobrevivir. Desprovisto de garras, toxinas o camuflaje, el hombre se valió de la razón para huir de sus depredadores y obtener su alimento. Así nació lo que llamamos cultura, como expresión de una necesidad colectiva por conservar la propia vida y protegernos de los más fuertes, obligando a inventar estrategias para ese fin, creando la justicia, la moral, la política, la guerra, la religión, etc. Por lo tanto, desde la óptica nieztscheana, también lo que llamamos verdad, conocimiento, sabiduría, no son más que formas sofisticadas de un instinto de autoconservación, y que por lo tanto son también ficciones, mascaradas para nuestra supervivencia social, ilusiones que alimentan a nuestro inflado ego, invenciones para mantenernos en el camino y sentir que vamos hacia alguna parte. “Es menester que de vez en cuando se figure el hombre saber por qué existe” dice por ahí este personaje. Y por lo tanto, la misma pregunta por el sentido de la vida sería absurda, puesto que no hay un más allá que haya previsto que estemos aquí para algo, ni hay razones objetivas y finales que justifiquen lo que hacemos. Queda, por lo tanto, la opción de crearnos a nosotros mismos, de inventarnos, de proyectarnos más allá de los límites que la tradición, la costumbre común o las presuntas eminencias de nuestra cultura esperan que seamos. Es una idea alocada y polémica que Nietszche llamó el superhombre, pero que excede lo que aquí tratamos y que de todas maneras no estoy seguro de tomar tan en serio.

La llamada de Nietzsche es entusiasta, pero es también es un callejón sin salida. De nuevo quedamos solos, obligados a inventarnos y sin saber, sin embargo, qué es lo que deberíamos inventar o qué deberíamos ser. Desprovista la vida de una finalidad, cualquier proyecto es posible. A esta conclusión llegaron en el siglo XX los existencialistas, quienes consideraron que el mundo era absurdo, que no habiendo un fundamento último todo proyecto está condenado al fracaso, y que más encima estamos condenados a ser libres, es decir, a ser los responsables exclusivos de lo que somos y lo que llegaremos a ser.
Pero entonces, si tal parece que la existencia del ser humano es en el fondo irrelevante en el mundo, y que todo el problema radica en que es el hombre el que se cree importante, ¿por qué deberíamos existir? ¿Qué valor tiene el ser humano si no hay para él una finalidad o un propósito? Intentemos sacar algunas conclusiones.


En todos los puntos de vista que hemos mostrado, y pese a las diferencias en la forma de ver al ser humano, encontramos un elemento común: una defensa apasionada de la existencia humana, aunque en cada caso las razones varíen. Que el sentido de la vida sea obedecer a nuestra naturaleza más primaria, obedecer a nuestro intelecto, inventarnos o simplemente intentar ser felices, no son más que diferentes maneras de decir sí a la vida. Y el hecho es que, hayan o no razones suficientes que expliquen por qué y para qué estamos aquí, todo lo que podemos hacer es dar todo de nosotros para seguir existiendo y expandiendo todo lo posible nuestro ser.
Pero, dado lo anterior, la pregunta final que queda por formularse sería ¿esta experiencia humana, sea cual sea el modo en que ella se asuma, merece seguir existiendo en el universo? Y es que si no hay ninguna misión para nosotros en esta tierra, y por lo tanto cada uno es libre de intentar lo que cree mejor y de depositar su pasión entera en lo que le parece más valioso, parece que sólo queda asumir las consecuencias de la forma en que hemos venido habitando este lugar en los últimos siglos, aceptar que nuestra historia no es diferente de la de ningún otro ente en el universo, y que como todas las cosas, también el capítulo del hombre tendrá su final. Pero entonces, insisto: ¿qué se perdería si un día nuestra especie dejara de existir? ¿Qué se acabará cuando desaparezca el hombre?

El hecho es que, con todo lo arbitraria y accidental que sea nuestra existencia, la muerte del hombre acabaría con algo más que el ser humano. Su desaparición no sólo significaría la desolación definitiva de los hospitales y de las ferreterías del mundo entero, el final de las especulaciones en la bolsa de valores, la conclusión de cada chisme y de cada sarcasmo, el silencio de los columpios y el enmudecimiento final de los cajeros automáticos. No es sólo que cesarían las jornadas absurdas del trabajo, la rutina y los noticiarios a las nueve en punto. La muerte del hombre sería también el final de todo lo que alguna vez ha tenido valor sobre esta tierra, del amor y la amistad que unen a los hombres, de la comunión que sólo el arte y la fe logran, de todas las manos que alguna vez se unieron para soportar las tormentas o para construir catedrales. Sería la muerte de las noches del asombro y de todo lo que alguna vez ha sido bello, bueno o verdadero. Para siempre desaparecerían las sombras que opacan los corazones, pero también las luces que las disipan. Y entonces ya nunca más el florecer de las primaveras sería motivo de esperanza para nadie, porque entonces toda experiencia posible del mundo habría acabado para siempre.
Así, el valor de la vida humana no reside simplemente en la suma de lo que los hombres han logrado a lo largo de su historia. No mentiría seguramente la balanza si sobre ella colocásemos al mismo tiempo cada obra de arte y cada matanza que se ha consumado en nombre de la justicia y la libertad. Si pudiésemos hablar por cada inocente que murió por una bandera, por cada conquistador y esclavo, no valdrían demasiado, seguramente, todos nuestros grandes progresos, nuestras victorias mezquinas y breves. Pero no es por lo que hemos sido que debemos persistir sobre la tierra, sino por lo que podemos ser. Sea que valoremos al ser humano por su intelecto, o por la pasión que pone en sus obras, él hecho es que él no representa un organismo cualquiera. Para el hombre, ser en el mundo, estar aquí, significa no sólo vivir y existir, sino que significa también el evento de descubrir que soy, existo, y así asombrarme y abrirme a todo aquello que no soy yo. Con el hombre, la naturaleza, que se tomó más de cuatro mil millones de años en desarrollar a un organismo capaz de entender la evolución, cobra conciencia de sí misma, pues ha ocurrido que algo, un mamífero que piensa, ha descubierto que está entre las cosas. Y esto es, creo, el fenómeno más extraordinario de la naturaleza, independientemente de la óptica con que se mire. Pues sólo porque hay ser humano, hay también mundo, o cuando menos, una experiencia de él.


Cierto es que, como afirma Nieztsche, cuando acabe todo para este organismo pensante, será como si no hubiera sucedido nada en el universo, pues no habrá nadie que pueda relatar nuestro breve tránsito por la tierra. Pero esto, más que subrayar que la vida humana carezca de valor, es una exaltación del hecho que sólo puede haber sentido y valor en esta experiencia mundana y terrenal, y que precisamente por eso la vida, ésta vida, esta experiencia humana, finita y contingente, constituye la realidad más sagrada y el regalo más valioso.
Por último, si nuestra existencia puede tener algún valor, no puede tenerlo más que para nosotros mismos – pero eso es todo lo que importa, pues somos nosotros los que a partir de esta experiencia humana debemos asumir la responsabilidad de valorarnos y actuar en consecuencia. Nuestra importancia no está en lo que cada uno es o hace, sino que en el valor cósmico que representa nuestra existencia en la tierra. Y si verdaderamente entendemos lo que esto significa, entonces quizás si deberíamos ser más respetuosos y hasta quizá reverentes con el mundo de la vida del cual provenimos y que continúa a través de nosotros, en nuestras palabras, nuestras obras y nuestros afectos; ser más considerados con organismos que tienen el mismo derecho a estar aquí y que estaban antes que nosotros; y por último, ser más fraternos con todos aquellos que comparten con nosotros la oportunidad de vivir esta sobrecogedora experiencia.


viernes, abril 03, 2009

sueños dentro de sueños

En mi sueño habrá arena.
La extensión infinita de lo que no es aún,
completamente y hasta los confines impensables del espacio que todavía no existe
siendo arena,
vasta, incomprensible, eterna y sin forma.
Las horas incontables y repetidas,
el transcurrir interminable de los eones,
silencio por ningún oído profanado aún
claridad imposible,
oscuridad sobrecogedora, plena y total.
negación primigenia
suspendido el sueño en la contención de sí mismo antes de sí.

Hasta que de la arena emerjan las cosas
plurales y opuestas
situadas y móviles
dispersión saturada de su rugosidad y contacto,
reflejo y fragmentación sobre las superficies, su opacidad y sus bordes,
quebrado una y otra vez sobre lo extraño y alterno
centro y periferia, multiplicado e inerte,
arbitrario como las piedras entre las piedras,
separado y mudo.

Ciego hasta el segundo antes de despertar
de que exista y sea en y con las cosas
ahora
leyendo estas palabras

lunes, marzo 30, 2009

léase como desvarío


La comprensión ordinaria de dios lo asume como un creador, como una subjetividad al margen del tiempo, antropomorfa y con preferencias subjetivas. El señor posee sus propósitos, su finalidad para el hombre, su objetivo para la creación. Pero nada exige que el principio de todas las cosas sea nuestra imagen y semejanza.

Pues si hay algo sagrado en este mundo, es algo más que esa mera proyección que el feligrés dominical se figura a partir imágenes y parabolas que no comprende.


Para encontrar lo sagrado, los hombres deben renunciar a los dioses que veneran, despojarse de sus rosarios y quebrar sus crucifijos. Nada hay allí que no haya puesto el antes el hombre.

Para encontrar lo sagrado, los hombres deben romperse a sí mismos, quebrarse como vasijas de greda, trizar la máscara tras la máscara en el espejo.


Todo lo que conoces es falso, como tu nombre y las casas de arena.

Y sin embargo, hay algo verdadero en lo falso.

Existes. Toca la rosa y no eres tú.

Las piedras, la primavera y su sequía, el alba de los bosques y el fulgor de mil soles estuvieron antes que ti. Y sin embargo faltaba tu palabra.

Existes. Y también otros antes que tú no supieron quienes eran hasta morir de insomnio y hastío. Cansados de la repitición absurda de lo mismo, salieron temprano al colegio, al trabajo y al sepulcro. Lloraron también demasiado tarde lo que habían perdido o evitaron pensar en ello.

Y sin embargo, dejaron para tí la narración inútil que es la narración de cualquier hombre.

Algo se aprende de ella, aunque sólo la aprendas por tí mismo.


¿Qué encontraron? ¿Adónde se fueron?

Ni quiera sabes quiénes son en verdad tus padres, ni podrás recorrer hacia atrás los pasos de tus ancestros innumerables hasta encontrar las respuestas que se niegan.


Verdadero, real, hermoso y sin embargo murmuraciones falaces.


Sólo tienes este día para vivir.




viernes, enero 23, 2009

melancolía
















La espontaneidad de la memoria me hace evocar situaciones que ya no existen, vinculos quebrados que fueron risotadas y jolgorio. Lugares que fueron míos, costumbres que fueron nuestras. Melancolia que me oprime el corazón - la evidencia positiva de que el río nunca se queda en el mismo sitio ni volveremos a reir dos veces en el mismo bar.

Y entonces, miro al cielo y mis ojos encuentran un fulgor manado hace millones de años desde una estrella de la que no sé su nombre, y me pregunto, ¿quien quiere la inmortalidad, si no se puede conservar un momento?


En este instante no me consuela el mensaje de la estrella: que la eternidad es ahora.



Ahora.


sábado, enero 03, 2009

Pienso en la frialdad de este mundo, en el rumbo de nuestros días, e intento dar con una explicación para este desorden. Algo que resolviera de una vez esto que no será una catástrofe, pero sí podría ser mejor.

¿Qué es lo que descubro? No es necesario retratar lo que ya todos, cada uno a su manera, conoce. Sinceramente, me doy licencia para no caer en los repetidos lugares comunes de crisis y fin de mundo.

Pero me percato de pronto de todas las cadenas que alguna vez han pasado por mi correo, de los saludos que no he sabido responder. Es cierto, esos mensajes muchas veces han sido enviados sin antes considerar quien lo recibia, en un total desinterés, pero también otras veces alguien se tomó la molestia de añadirme a un mensaje del que no hizo eco mi voz.


Pero ha sido enviado. Soy yo quien no ha respondido, quien ha estimado que el mensaje ha estado demasiado tiempo circulando en linea, o que es muy obvio o muy cursi como para repetirlo. Y soy yo quien es frio, ingrato, poco sociable, poco expresivo. ¿Se trata de mi carácter? - puede ser, pero no creo que se reduzca a eso (aunque tampoco me quiero zafar tan fácil de las horas o los momentos incumplidos en que no estuve yo y en que podría...). Quiero pensar que mi modo egoísta de ser puede por lo menos llevar a otras personas a cuestionarse del mismo modo si ellas son o no la buena gente que creen que son. Puede que lo sean, y personalmente no me considero un tipo especificamente malo, pero no creo que ese sea el punto. Trazar líneas imaginarias es muy fácil, y ponerse detrás de ellas muy cómodo. Pero, ¿quién soy realmente?

¿Puedo responder esta pregunta y sostener todas mis máscaras? De momento me siento incapaz de ello, y deberé confesar, como pobre consuelo, que soy todas esas máscaras. ¿Hay alguien detrás de todas ellas? Aún si así fuera, si detrás de todas las máscaras hubiese un fantasma, ese fantasma no podría jamás expresarse por este medio.

A no ser, claro, que se expresase a través de alguna de ellas.

O de todas.





[putos puntos suspensivos!]


[ sin editar, incluyo el mensaje sin remitente ]


DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE


HABIA UNA VEZ 30 ANGELITOS anjo11.gif (2129 bytes)anhjbh.gif (4553 bytes) anjo13.gif (2202 bytes)anjo2k.gif (23863 bytes) anjo4.gif (22083 bytes)

20 TOMABAN SIESTA SOBRE LAS NUBES;anja.gif (47517 bytes)9 JUGABAN JUNTOS

anjos15.gif (41568 bytes)Y 1 PEKEÑITO ESTA TERMINANDO DE LEER ESTE MENSAJE Y ESE

ANGELITO

ErEs Tú

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TE KIERO MUCHO

MANDA ESTE MENSAJE A 30PERSONAS KE KIERAS MUCHO

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INCLUYENDOME AMI SI SOY Uno DE EllOS)

SI 5 PERSONAS TE DEVUELVEN ESTE MENSAJE:

MAÑANA 1 PERSONA KE AMAS MUCHO

TE DARA UNA SORPRESA..........SUERTE

viernes, enero 02, 2009


























De súbito me descubrí multiplicado,
repetido en los rostros de la gente
cruzándome en la calle conmigo mismo
y hablándome desde los dos lados del teléfono.

Siendo, sin embargo, simultáneamente otro, diverso, inaccesible y extraño.










jueves, enero 01, 2009























me sorprendo a mí mismo siendo
estando aquí - entre las cosas.

me observo a través de este objeto que es mi cuerpo
y reconozco un espíritu que soy yo
un fantasma en un cascarón, un armazón de carne
una voz que habla en un mar de formas sin nombre hasta antes de mí.

y sin embargo una cosa más entre otras
células y electrones que saben que piensan
que sienten colectivamente el evento sobrecogedor de que existen

desde el otro lado del espejo
el hombre se interroga quien es
y se frustra por no dar con la respuesta

olvida que el milagro es que la pregunta sea posible.






no volverás a estar aquí.





.

sábado, diciembre 27, 2008

En Los Trabajos y los Días, narra Hesíodo el mito de las edades, el relato de cinco razas de hombres, a la última de las cuales pertenecería el inspirado rapsoda. Los hombres de oro, hijos del tiempo (Cronos), habrían sido aquellos que, como ningún otro después de ellos, vivieron como dioses, sin sufrimiento, injusticia ni enfermedad. Después de ellos, las razas no hicieron otra cosa que degradarse. Los hombres de plata, aquellos que se negaron a rendir tributo a dios alguno y que a pesar de su nobleza, no soportaron que Zeus acabase con ellos para siempre. Los hombre de Bronce, terribles y vigorosos, y que aún así también murieron. La edad de los héroes, la mayoría de los cuales murieron en Troya, mientras que otros aún habitarían en las lejanas Islas de los Afortunados. Y por último, los hombres de hierro, imperfectos y "de voz articulada".



¿Cuando fue que nos convertimos en hombres de plástico?
¿Qué Dios acabará con nosotros?
¿Quién escribirá nuestra epopeya sin héroes ni honor ni gloria?

la última jornada de los hombres de plástico



















en los últimos días de la jornada del hombre
el trabajo fue abandonado
las industrias se detuvieron
y arrepentidos volvieron hacia la ausencia del lugar primero
en que alguna vez habitaron

a la tierra viva de la que subieron
y que ahora agonizaba con ellos



demasiado tarde volvieron a casa
y allí, solos y enfermos
murieron los últimos descendientes de madre y padre


el polvo tuvo lugar
y la falta de palabras
de juegos
de contiendas
de discursos, mentiras y asambleas

y desde entonces y para siempre
no se volvieron a subir los precios en los almacenes
ni hubieron disputas por la legislación del azúcar
ni se separaron los hermanos por sus convicciones religiosas

abrazados todos en el olvido de los cementerios
las ruinas y las ferreterías vacías.


[imágenes extraídas desde: http://www.abandoned-places.com/thumbnails.htm ]

martes, diciembre 16, 2008

Nietzsche y la Locura

Friederich Nietzsche es uno de los filósofos más incomprendidos de la historia, fundamentalmente por lo disperso de su estilo, por la pasión desmedida en muchas de sus afirmaciones, por su desprecio radical hacia aquello que no corresponda con su extraordinario ideal de lo que el hombre debería ser (o dejar de ser). Pese a ello, su perspectiva es tremendamente rica en más de un aspecto, pues aunque no es sencillo coincidir con algunos de sus puntos de vista, no deja de ser interesante su crítica demoledora de todo lo que se ha dado por sentado en nuestra cultura. Lo bueno, lo normal, lo bello, lo razonable son categorías que son desmanteladas a martillazos, al punto de desechar a toda la filosofía por ser un montón de ideas que sencillamente dan la espalda a la vida misma, una gran farsa ideada por aquellos que han sido demasiado débiles como para gozar de la plenitud de la existencia, y que por resentimiento han terminado por crear un mundo fantástico de abstracciones que compensan su propia inferioridad.

En honor a este pensador, cito algunos fragmentos notables:


“Si no hubiese habido en todas las épocas muchos hombres que rindieron culto a las disciplinas del espíritu, a la razón, y las miran como deber y virtud, hombres a quienes ofende y humilla todo lo que sea fantasía y exceso de imaginación, como decididos partidarios que son del sentido común, haría ya mucho tiempo que habría desaparecido la humanidad. Por encima de ella se cierne de continuo, y es el mayor de los peligros que la amenazan, la locura, dispuesta siempre a manifestarse y que significa precisamente la interrupción del capricho en los sentidos, en la vista, en el oído, el deleite en las orgías del espíritu, el goce que produce la sinrazón humana. No son la verdad y la certeza lo más opuesto a la locura, sino la unidad en las creencias y la obligación de discurrir todos de la misma manera, o lo que es igual, la exclusión del capricho enb los juicios. El mayor de los trabajos realizados por la humanidad ha consistido en ir poniéndose de acuerdo sobre muchas cosas y promulgar una ley de conformidades, sean verdaderas o falsas las cosas sobre las cuales versa dicha ley. En esto consiste la educación del cerebro humano; mas los instintos opuestos son todavía tan poderosos que no se puede hablar del porvenir de la humanidad con mucha confianza [...]”. (Esto hace necesaria la tontería virtuosa.)

["La Gaya Ciencia", #76 “El Mayor de los peligros”]


"En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos."

["Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral"]

jueves, noviembre 13, 2008

Esperanza y la Hora de los Espejos





















Nuestra época es oscura y, probablemente, su hora más sombría aún no ha llegado. En ocasiones, tengo miedo de pensar en lo peor que podría pasar. Imágenes de la historia del hombre me evocan sufrimientos que sinceramente no sé si sería capaz de soportar. Sé y entiendo que el ser humano puede adaptarse a cualquier circunstancia, pero igualmente concibo que el precio de sobrevivir en tales condiciones puede ser tan alto, que se me hace del todo aborrecible representarme tal escenario. Y sin embargo, el rumbo de nuestro mundo me hace no imaginar, sino saber que, en una hora que no conozco, será el desastre. Las causas concretas y el guión de esa historia no las sé, pero lo único que espero es que no me toque a mí ni a los míos vivir esa jornada.


Pensar de este modo, ya lo sé, puede sonar,
desproporcionado, catastrofista, y hasta paranoico, acerca de lo cual no sé muy bien qué decir. Sinceramente espero estar equivocado, aunque confieso que si veo así las cosas, no es porque me apegue a la primera alarma de caracter profetico que proclame el fin del mundo en algún canal de la televisión por cable mientras promociona cruces de San Fulanito y pócimas para la abundancia y el éxito. En verdad no estoy muy convencido acerca de que la divinidad vaya a intervenir sobre nuestro destino próximo, o que antiguas razas extraterrestres vayan finalmente a presentarse ante nosotros con quizá que extravagantes propósitos. Me parece que el problema es más sencillo. El modo en que hemos venido habitando este planeta sencillamente ha llegado a su límite. La manera en que nos relacionamos con nuestros recursos, pensando en ellos como recursos y no como vida que crece más allá de nosotros; la grosería con la que despilfarramos nuestras fuentes de energía; el trato impersonal, arrogante, agresivo, superficial o indigno que tenemos con la mayoría de los congéneres que no son nuestros seres queridos (y hasta incluso con ellos), sencillamente ya no es un modo de vida capaz de sustentar nuestra existencia a largo plazo, lo cual me hace pensar que, para bien o para mal, este capítulo se apresta a su cierre. Cuándo y cómo, no lo sé - la historia suele tomarse su tiempo.

Pero entonces, ¿es el fin de nuestros días? ¿Se acabarán para siempre las intrépidas hazañas y aventuras del homínido hombre? Nadie lo sabe. Pero por suerte, saber no es lo mismo que esperar. Después de todo, es el hombre el que ha ingeniado el modo en que vive. Son las personas las que han decidido (aunque sea plegándose a lo que hacen los demás) que necesitan de determinadas condiciones materiales para sentirse satisfechos, trabajar para tener una televisión, un automóvil, una casa bonita, y la educación suficiente de sus hijos como para que también ellos puedan trabajar para tener una televisión, un automóvil, una casa bonita y educación para sus hijos. No es malo aspirar a esto o tener otras necesidades personales, pero debemos cuestionarnos el modo en que satisfacemos estas estas necesidades, e incluso reconsiderar si algunas de ellas son en verdad prioridades para nuestra vida. Debemos aprender a vivir de nuevo, cambiando no sólo nuestras costumbres, sino que ante todo nuestra manera de ver las cosas. Cada individuo debe comprender que él no es el centro del mundo, y que por lo tanto, su forma de entender las cosas no es la verdad. Es bueno que valore cosas, que se aferre a determinadas convicciones y que de todo de si por lograr ciertas cosas, pero quizá está equivocado, por lo que nada lo autoriza a imponerse por sobre otras personas. Menos aún si a menudo ignora esto e ignora gran parte de sí, cegado por su inconsciente fervor a sí mismo. Pues para cada uno siempre habrán excepciones, circunstancias insólitas en las que lo que pasó, pasó, las veces en que me olvido de una luz encendida, en que miento para mi interés personal, en que busco descaradamente y en silencio mi propio bienestar y placer. Cuando nadie nos mira, aparece la sombra.
No se trata de promover nuevos mandamientos ni de seguir juzgando al prójimo. Es hora de juzgarnos a nosotros mismos y hacer la requerida sentencia sobre nuestra forma de vivir. No se trata de hacernos monjes, sino de dejar de ser tan hipócritas y autocomplacientes. Es la hora en que nos miramos al espejo y reconocemos y asumimos nuestras faltas, no ante una imagen sobre un altar, sino que ante lo más sagrado que está en cada uno de nosotros. Somos vida y somos consciencia, y como tal, esa vida debe prosperar. Así, aunque la hora sea oscura, debemos cambiar nuestra forma de pensar. Sin engañarnos a nosotros mismos, pero sin deprimirse por lo que haya o lo que tenga venir. No es que tengamos que tener esperanzas, ¡tenemos que soñar con que el hombre llegará a las estrellas! Pues el hombre fue un simple primate que bajo de los árboles y que ahora lee sus peripecias en libros de historia y conoce la física cuántica. Recordemos los días venideros como aquellos en los cuales el hombre se sobrepuso a sí mismo, y luchemos por ser lo que todavía no podemos imaginar.



[puntos suspensivos]

lunes, octubre 27, 2008

El Sentido del Arte – Una Perspectiva

[Lo que sigue constituye un ensayo que alguna vez escribí para un sitio en internet, acerca del arte y su sentido. Falta quizá explayarse más en algunas ideas, pero quizá sea mejor que queden puntos suspensivos]

_____________________________________

"Ustedes hablaban sobre el sentido que tiene nuestra vida. Sobre el carácter desinteresado del arte... Por ejemplo la música. Ella tiene muy poca relación con la realidad. Más bien, si tiene alguna relación es mecánica, sin sentido, como un ruido fatuo, sin... sin relación alguna. Así y todo, ocurre un milagro: ¡La música penetra en el alma misma! Ese ruido, transformado en armonía, provoca una resonancia en nosotros. ¿Qué reacciona convirtiéndolo en un foco de sumo deleite, que nos une y nos conmueve?

¿Para qué hace falta eso? Y, lo más importante, ¿a quién? Ustedes responden: "A nadie. Para nada".

¿Desinteresado?
No. Difícilmente. Pues al fin y al cabo, todo tiene su sentido. Sentido y motivo."

Andrei Tarkovski, Stalker (1979).




¿Qué es lo que debe hacer, decir el arte? Contestar a esta pregunta resulta difícil. En verdad, supone una trampa que, de tomarse en serio, conduce a la arrogancia y la suficiencia. Pues dictar de antemano lo que una obra deba decir, aún basándonos en criterios filosóficos, psicológicos, políticos, económicos o religiosos, es algo que mina la producción artística misma. Hacer películas para vender camisetas es prostituir al arte, y en semejante calidad, el deleite que produzca no puede ser más que mezquino, breve y mentiroso.
No se puede decir entonces, de antemano, qué es lo que deba expresar o qué mensaje deba comunicar la obra de arte.

Pero entonces, parecería como si cualquier realización es válida. O más aún, no podríamos distinguir de ningún modo a una verdadera obra de arte de una producción barata y comercial. Así por ejemplo, en el cine, se ha preferido dividir a la industria (acomodaticio nombre) en géneros, división que deja en igualdad de condiciones (por diferir tan sólo en la temática y el tratamiento del tema) a películas tan disímiles como El Chacotero Sentimental y Ciudadano Kane. Es lo mismo, parece, y sencillamente se trata de gustos diferentes. Tal vez sea así, que para distintos tipos de personas, haya distintas clases de obras, pues ellas también se distinguen según sus motivaciones y costumbres.

Pero entonces, la pregunta qué nos formulamos es la siguiente: ¿a qué es a lo que tradicionalmente se ha llamado arte, y por qué se ha dado este nombre a ciertas obras y no a otras? ¿Qué es lo que de común tienen estas realizaciones?

Pensemos por ejemplo en los llamados clásicos. Obras como Cien Años de Soledad de García Márquez o Crimen y Castigo de Dostoievsky; 8½ de Fellini y 2001: Odisea al Espacio de Kubrick; la Novena Sinfonía de Beethoven y Gracias a la Vida de Violeta Parra. ¿Qué es lo que ocurre ante estas obras que parece no ocurrir en otras aún dentro de sus mismos géneros? De uno u otro modo, parece que podemos decir: estas obras nos conmueven. Y es que, independientemente de nuestras preferencias personales, marcadas por su asociación con nuestras experiencias personales o con nuestras ideas y cosmovisiones particulares, nos encontramos con otras obras que logran producir un especial impacto afectivo en nosotros. Y es que, desde herramientas distintas (la imagen, la palabra, la armonía, la forma), y perspectivas y discursos diferentes, dichas obras abordan el problema de la existencia. De una u otra forma, lo que se problematiza y se muestra en ellas es el sentido del mundo y de la propia experiencia. No proponen una teoría ni un modelo del mundo, pues todas ellas son, por una parte, ficciones, y por otra, realizaciones siempre particulares, subjetivas y contingentes. Pero haciendo énfasis en los distintos aspectos de la vida humana (el dolor y la felicidad, el asombro y la incertidumbre, la soledad y el amor, la memoria y la esperanza), proponen una imagen con sentido para la totalidad de nuestra experiencia. En palabras más sencillas, nos permite decir: el sentido de la vida es… No se trata de que este mensaje esté explícito, y puede que ni siquiera sea claro. Pero el hecho de que en dichas obras podamos reconocer un fin y un sentido que dan coherencia a la historia, la escena o el movimiento, nos permite concebir que las mismas escenas de nuestra vida podrían tener algún sentido desde alguna perspectiva, sea como tragedia, milagro, comedia o radical absurdo. En otras palabras, nos hacen experimentar esa sensación de sentido, y sentimos así reconocida nuestra propia humanidad. Y en ese sentido, la obra logra ser universal. Valiéndose de una ficción particular y arbitraria, el artista señala algún aspecto fundamental de la existencia.

Y sin embargo, todo esto no implica declarar qué deba decir una obra, de qué debe tratarse una película o qué historia debe contarse en una novela. No hay un principio a priori que señale el contenido que necesariamente debe abordar una obra de teatro para ser buena, para ser arte. Sólo constatamos a posteriori que en esa experiencia algo se nos ha comunicado. Tarkovski, el magistral director ruso, comenta en su libro “Esculpir en el Tiempo”, que aunque muchos de los espectadores de sus películas le enviaban cartas de molestia (sin duda motivadas por el carácter casi filosófico de sus películas, que contrasta con el carácter hedonista y autocomplaciente de nuestra sociedad), otros se dirigían a él manifestando su perplejidad, al sentir que en dichas películas estaba literalmente reflejada su vida.

Ahora bien, esta capacidad de comunicación comprehensiva (en tanto que no entrega mera información, sino que conmueve, empatiza y da sentido) manifiesta en el arte, no es un aspecto menor. A fin de cuentas, al problema de la incomunicación humana, raíz de vivencias tan distintas como la soledad, la intolerancia, el rechazo y la violencia, es parcialmente resuelto en la obra, cuando menos mientras dura la película. Y es que en efecto, mientras miramos los créditos, o nos recuperamos de cierta pieza musical, algo nos dice: “tu dolor también es mi dolor...”

Y es esta experiencia de comunicación y reconocimiento lo que nos mueve a ponderar de buen grado unas obras por sobre otras. Es más, ni siquiera es necesario que se trate de una experiencia intelectual, de la aceptación de un discurso específico, como ocurre por ejemplo con la música. Siendo así, esto nos permite pensar que, si la experiencia estética no es una operación racional, no tiene por qué estar necesariamente vinculada con los ideales de la razón – para el caso, el ideal de belleza. Sin duda es esa una de las posibilidades de la obra de arte, la más elevada y noble quizá, pero la proliferación de formas de arte que enfatizan el absurdo, el horror (aunque no pensamos aquí en su caricaturización entretenida), el desorden, la discontinuidad, la cacofonía, logran también comunicar otros aspectos de la vida humana. Piénsese por ejemplo en ciertas obras de David Lynch, John Zorn, Stockhausen, Giacometti, Takaashi Mike, entre muchos otros, en donde la deformidad, el desorden, lo siniestro, opacan la idea convencional de belleza. Poniendo énfasis, sin duda, en el desamparo de una humanidad frágil, confundida y exhausta.

Y sin embargo, todo esto es visto, con frecuencia, como algo irrelevante y ocioso, y preferimos pensar en el arte como una forma de entretención, de evadirnos del cansancio del trabajo o de satisfacer nuestras carencias afectivas más inmediatas. Alguien que nos haga reír una vez al día, o que nos permita participar aunque sea como espectador de vivencias prestadas, de placeres negados, de pobres victorias ajenas. Nos sentimos conformes si vemos nuestras convencionales y autocomplacientes ideas retratadas en la película, que los hombres son así, que las mujeres son asá, que el héroe se salva y que la princesa se queda con su príncipe.

Por lo demás, ¿de qué sirve el arte a fin de cuentas? Y ante una pregunta tan utilitaria, no sabemos qué contestar. Pero lo cierto es que no todo se trata de respuestas pragmáticas y sintéticas. Quién soy, qué es la vida y cuál es mi lugar en ella no son cuestiones que sirvan para pagar las cuentas o para traer pan a la mesa, y sin embargo son de las cuestiones más fundamentales en nuestra existencia íntima y colectiva.

Entonces, ¿para qué sirve el arte? Quizá, más que preguntarnos esto, deberíamos reparar en algo más central y enigmático. Pues, si bien reparamos en la obviedad de que somos humanos, olvidamos comprendernos como organismos vivos, cuestión que sólo consideramos en términos formales y abstractos. Y desde esta óptica, cabe preguntarse: ¿por qué existe este organismo capaz de tener experiencias estéticas – del mismo modo que es capaz de conocer, de amar, de creer y de crear? ¿Por qué hay en la naturaleza este ser capaz de formularse preguntas acerca de la naturaleza, capaz de comunicarse y de formularse proyectos?

Estas son preguntas que nos llevan por el camino del asombro, y cuya indagación nos lleva más allá del terreno del arte. Pero reparar en ellas no es una pérdida de tiempo, pues lo que está en juego allí no es sólo el sentido del arte, sino de la vida humana en general. Y nos invita, ante todo, a salir del cascarón de nuestras ideas preconcebidas y conformistas, y tratar de ver un poco más allá de nuestras propias narices.