domingo, junio 07, 2009

El Problema del Sentido de la Vida o el Sentido Sinsentido
(ensayo)


Quisiera saltarme el preludio en el cual indico qué tan importante, qué tan repetida o qué tan personal es la pregunta por el sentido de la vida. Lo que está en juego cuando emerge esta inquietud nos es tan cercano, tan vívido y al mismo tiempo tan incierto, que explicar qué es lo que aquí se pregunta resulta prácticamente innecesario. Aún así, justo es decir algunas cosas acerca de este problema antes de arrojarme directamente a lo que quiero decir.
Preguntarnos por el sentido de la vida incluye al mismo tiempo dos preguntas fundamentales: qué es lo que somos, y qué es lo que deberíamos ser. En otras palabras, lo que buscamos entender no es sólo por qué estoy aquí, sino que para qué estoy aquí. De esta manera, si descubriera que soy una creación de dios, un resultado del azar o la consecuencia necesaria de la estructura del universo, cualquiera de ellas representaría una respuesta tan categórica, que sentirla como verdadera cambiaría por completo lo que hago, lo que pienso y lo que elijo ser todos los días. Si sintiera que el comunismo, por ejemplo, es lo que cambiará a la humanidad y que su verdad liberará a los hombres de la esclavitud, cada uno de mis pasos estarían felizmente encaminados hacia una misión que siento como propia, única y completa. Es lo que siente el hombre que todas las mañanas sale a las calles a predicar la palabra de dios, la madre que se desvive por su hijo minusválido, el libertador que da la vida por su patria. Sin embargo, salta a la vista que, en cada caso, ese proyecto de vida es asumido siempre desde el espacio personal, y por ende toda decisión en este sentido será siempre subjetiva y particular. Y es ahí en donde emerge el problema. Pues si nada, salvo la propia convicción, puede indicarnos si estamos o no equivocados al tomar alguno de los caminos que se nos presentan, entonces parece ser que el sentido de la vida no es más que el que cada uno decide darle a sus días.
Pero si el sentido a la vida puede ser cualquiera, entonces parece como si la pregunta misma no tuviera mucho sentido. Si puedo elegir ser cualquier cosa, y ninguna de las opciones es más válida que las otras, entonces ¿qué debería elegir? Desde luego, puedo decir: “lo que yo quiera”. Pero, ¿qué es lo que quiero? Ahí es cuando la pregunta se complica un poco más. Cada uno de nosotros quiere muchas cosas, un buen trabajo, personas que nos quieran tal como somos, estar a salvo de determinados peligros, etc. Pero más allá de esta variedad de cosas que queremos, incluso de aquellas que parecen ser prioridades serias y a las cuales dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos, cabe preguntarse ¿qué es lo que verdaderamente queremos?, y más todavía, ¿en verdad sabemos qué es lo queremos? De esta manera, y suponiendo que no haya fuera de nuestro propio y supuesto buen juicio que sea capaz de guiarnos para orientar nuestra existencia, se hace notorio que necesito descubrir lo que soy, conocerme a mí mismo. Pero esta es una tarea que bien podríamos no emprender. Podríamos llegar a la conclusión de que perdemos el tiempo en preguntas ociosas en lugar de ocuparnos de cosas prácticas. Quizá me hago más problemas de lo necesario, y debo optar simplemente por lo que más me conviene. Y como toda decisión es siempre concreta, lo que más me conviene quizá sea lo más útil, lo que me de beneficios más inmediatos, lo que me haga sentir bien, y quizá todo aquello que, en definitiva, haga irrelevante a la pregunta misma, satisfechos todos mis apetitos y todos los momentos vacíos en la rutina de mis días.



Esto ya nos da algunas cosas para pensar: en cómo nuestra sociedad, o más bien el mercado, se empeña en que estos asuntos no sean tema, aletargándonos en una maraña de ficciones descartables y de apetitos fabricados a la medida de marcas y patrocinadores, de tal modo que cualquier ejercicio de autoconocimiento sea anulado de antemano, por tedioso, por inútil, por ocioso. Más aún, y dado que la mayoría de la gente considera que es dueña de sus actos, consciente y libre de hacer lo que se les plazca, les parece que conocerse está de más, que saben todo lo que quieren saber de sí mismos, que indagar más sería estéril.
Pero el problema es que esa dinámica irresponsable de hacer cualquier cosa, de consumir sin saciarnos nunca, de quererlo todo a cualquier precio, constituye una de las principales causas de la situación desequilibrada de nuestro mundo. Porque qué fácil es hablar de derechos humanos y de la libertad del hombre mientras me compro zapatillas remendadas a mano y por centavos por niños hondureños o tailandeses, o de valorar nuestros bosques mientras miramos con delicia alguna guitarra, algún mueble o alguna chuchería que no salió precisamente de la nada. No estoy hablando de cambiar el sistema o de despreciar las bondades tecnológicas de nuestra era, sino que simplemente poniendo sobre la mesa el hecho de que no cualquier cosa que hagamos da lo mismo, partiendo porque las consecuencias que se desprenden de nuestras decisiones u omisiones no dan lo mismo. Además, las consecuencias del modo de vida del hombre postmoderno no se proyectan solamente sobre el vertedero en que hemos convertido a nuestro planeta, sino que también en lo que hemos hecho de nosotros mismos. Pues en la medida que el ser humano no sepa quién es, estará condenado a rellenar ese vacío con artefactos y fantasías que no satisfacen a un corazón que no sabe lo que quiere.
Quisiera detenerme por un instante sobre el asunto planetario que acabo de mencionar, para usarlo como trampolín y así volver sobre el tema que nos ocupa pero desde una perspectiva algo distinta y que cuando menos a mí me interesa por estos días. Mucho se habla acerca de la conciencia ecológica, de preservar las especies, de cuidar la capa de ozono, de reciclar y reutilizar, etc. Campañas publicitarias sacan buenos provechos de esta campaña verde, y así mismo les rinde a las conciencias de muchos de los que defienden estas ideas. Pero aunque toda esta campaña por proteger al planeta sea bienintencionada, en la mayoría de los casos parece darse un importante equívoco. Y es que parece existir la suposición infundada de que la tierra está en peligro. Es cierto que nuestro modo de vida ha cambiado las cosas en la biosfera, que el delicado equilibrio que existía entre civilización y naturaleza se ha visto alterado entre tanta emisión de dióxido de carbono y de desechos plásticos. Pero si eso representa un problema, no lo es para el planeta ni aún siquiera para la vida, sino que para nosotros mismos. Pues la vida estuvo antes que nosotros, y sobrevivirá al ser humano del mismo modo que sobrevivió a las pestes, los asteroides, las glaciaciones, los terremotos y los cambios en el magnetismo de los polos. Mucha pena nos puede dar la extinción de las especies, pero reparemos en que no es la primera vez que esto ocurre. El 99,9% de todas las especies que alguna vez han pisado la tierra se han extinguido. Y aunque en el presente el agente de esta extinción en masa sea el ser humano, de ello no se concluye que la tierra esté en peligro. Porque aunque se acabe el petróleo y se consuman los bosques, eso representa una amenaza para nuestra supervivencia, pues es nuestra forma de vida la que depende de las condiciones que hemos alterado, pero aunque ellas cambien, es lo más probable que la vida siga su curso, con o sin nosotros. En otras palabras, si hay algún organismo que esté en la recta de la extinción, somos nosotros, cuando menos en la forma en que hemos vivido hasta ahora.



Ahora bien, cuando las ideas apocalípticas me llevan hasta este punto, es cuando emerge una pregunta que me parece interesante. Pues al margen del modo en que dimensionemos esta crisis de mundo, el hecho es que, como nunca antes en la historia, hemos llegado a un punto en el cual nuestro futuro como humanidad se ve cuestionado de tal manera, que obliga a dedicarle a este problema algunas reflexiones. Y la pregunta que me formulo en este sentido es muy simple: ¿por qué debería existir el ser humano? O, poniéndonos en el contexto catastrófico que señalaba previamente, ¿por qué deberían seguir existiendo personas sobre la tierra?
Partamos por una aclaración metodológica. Si hemos de responder a esta pregunta, debemos proporcionar una razón, y no apelar simplemente a las buenas intenciones ni al argumento de la emoción. Si es por empatía, es decir, si es por simpatizar con el futuro o el bienestar de alguien, entonces perfectamente alguien lo suficientemente fanático y comprometido con el sufrimiento de los pandas podría argumentar que sería bueno que el ser humano desaparezca, anulando así de raíz la causa de todos los padecimientos de todos los seres vivos que día a día caen bajo la tiranía del homo sapiens. Por supuesto esta es una exageración, pero ella tiene por propósito mostrar que si hemos de defender la existencia de una humanidad futura, debe ser en función de una razón suficiente, y no de meras intenciones.

Entonces, ¿qué buena razón tenemos para que siga existiendo el ser humano? ¿Por qué deberíamos empeñarnos en seguir viviendo, en que haya un mundo para nuestros hijos, y no dejamos más bien que las cosas sigan su curso inexorable? Me parece que en este punto volvemos al corazón del tema que nos formulábamos desde un comienzo, a saber, cuál es el sentido de la existencia humana. Sin embargo, como se podrá apreciar, el problema ya no es el sentido que cada uno le de a su propia vida, sino que el problema más general de cuál es el sentido de la existencia humana sobre la tierra. Y es sobre esto sobre lo que me gustaría decir algunas cosas.



Preguntarse por el sentido de algo es preguntarse, en cierta forma, por su finalidad. Que algo tenga sentido tiene relación con la dirección hacia la cual algo apunta. Decimos que una calle tiene un determinado sentido, lo cual es lo mismo que decir que apunta en una determinada dirección y no en otra. Por lo tanto, conscientemente o no, asociamos sentido a propósito, orientación, finalidad. De hecho el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define sentido (en su séptima acepción) como “razón de ser, finalidad”. Pero entonces, esto nos lleva a una curiosa pregunta: ¿tiene una finalidad la vida humana?
Me permitiré dejar de la lado la hipótesis cristiana según la cual seríamos creados por dios, y que por lo tanto nuestro objetivo en el mundo sería custodiar su creación, o como se propone en versiones algo más interesantes, que el fin del alma humana es volver a encontrarse con la divinidad. Descarto estas hipótesis no por falsas, sino que simplemente por escapar del ámbito de lo que puede ser defendido con razones. Además, me parece importante señalar que el hecho de que algo tenga una finalidad no tendría por qué significar, necesariamente, que ese fin haya sido propuesto de antemano por algún ser trascendente estilo Jehová, sino que también podría ocurrir que dadas las características de una cosa, ella deba cumplir con un plan necesario, así como la semilla del ciruelo sólo puede convertirse ciruelo, pero nunca en piedra o en caballo.
Así lo pensaba, por ejemplo, Aristóteles, quien sostenía que todo ente tiene por finalidad cumplir con un plan interno, el cual no sería otro que el de desarrollar en toda su plenitud sus propias potencialidades. Y por lo tanto, la finalidad de la semilla es la flor, como el cachorro sólo puede convertirse en un perro o en un gato adulto. Pero al detenerse sobre el ser humano, Aristóteles consideró que la finalidad de la vida humana debe ser algo más. Siendo un animal racional, su plenitud no puede estar solamente en su desarrollo biológico, sino que también en su desarrollo anímico. Por lo tanto, este señor concluyó que lo que todos los seres humanos buscan por naturaleza es ser felices, o adecuándolo a los términos presentes, que el sentido de la vida es buscar la felicidad. Es un punto de vista interesante con el cual no es difícil suscribir, pero que involucra algunos problemitas. El principal problema de Aristóteles en este sentido es que, aunque su punto de vista es razonable, no deja claro qué es la felicidad. Lo único que sugirió es que ella podría encontrarse en la vida intelectual, en la filosofía, pero resulta evidente que ello excluye un universo de otras formas de vida, además de obviar el hecho de que nadie por ser filósofo es feliz sólo por eso. Por otra parte, si llevamos esta idea hasta sus últimas consecuencias, y proclamamos la felicidad como finalidad de la vida, ella puede aflojar fácilmente los frágiles lazos que atan a la sociedad. Pues si el fin es ser felices, entonces cualquier medio disponible para dicho fin podría ser válido. Y esto es algo que no se aleja demasiado de la realidad: con tal de ser felices, vemos a personas caer en el fraude, el crimen, la mentira, etc. Y más todavía, es esa búsqueda ciega e infinita del bienestar lo que tiene a nuestro mundo tambaleando, empecinado cada uno en mirarse su ombligo y dejar satisfechos sus deseos. Por lo tanto, la búsqueda de la felicidad agrega un dato a la causa, pero no resuelve el problema de cuál es el valor de la existencia humana, ni mucho menos nos dice por qué debería nuestra especie seguir aquí en el futuro.


Entonces, si no es la felicidad, ¿cuál es la finalidad del ser humano? Otro señor que merece ser mencionado en este asunto es don Immanuel Kant, un alemán que también proporcionó algunas ideas interesantes para este problema. Según este personaje, se constata que en el ser humano coexisten dos tendencias, cada una de las cuales apunta en direcciones opuestas, y que representan, en el fondo, dos finalidades. Por una parte, la sensibilidad propia de los seres vivos hace que el ser humano busque felicidad (considerando por felicidad la satisfacción de todas las inclinaciones que un ser vivo podría necesitar requerir). Pero al mismo tiempo, el hombre es racional, y por lo tanto, una finalidad diferente emerge de esta facultad, la cual consiste, según este caballero, en ser racionales. Suena extraño, pero tiene sentido, sobre todo desde el punto de vista moral. Pongamos un ejemplo simple. Supongamos que nos encontramos una billetera a la salida de esta reunión, nadie nos ha visto y no sabemos de quién es. Desde el punto de vista de buscar mi propio bienestar, no hay contradicción en que tome la billetera y me la guarde, pues en sentido estricto no la he robado, y en última instancia estoy velando por mi felicidad. Pero desde una óptica puramente racional, lo que debería hacer es preguntarme ¿qué pasaría si todo el mundo actuara como yo? Obviamente uno puede eludir el problema aduciendo que no todo el mundo actúa como yo, pero eso no anula la validez de esta ecuación, según la cual la moralidad de una acción reside en ser capaces de ampliarla a rango de ley universal, o lo que es lo mismo, pensar en el motivo de nuestras acciones como un principio válido para todos y para todas las circunstancias posibles. Y dado que quedarse con lo ajeno no es un principio que quisiésemos que fuese válido para todos, la acción se considera inmoral.
De esta manera, el sentido de la vida según este señor sería el de actuar de acuerdo a los mandatos de nuestra razón, cumplir con el deber que todos sentimos interiormente, sólo a través de lo cual podríamos lograr que el mundo fuese un lugar bueno. De hecho, este enfoque, fundamental para lo que fue la ilustración y posteriormente para la formulación de lo que hoy llamamos derechos humanos, nos hace considerar a todo ser humano como un fin en sí mismo, a saber, como depositario de una dignidad que nadie ni nada le puede arrebatar. El argumento para esto es que, ya que la razón sólo puede obedecer a la razón, no se puede actuar en contra de otro ser humano, porque eso sería ir en contra de otro ser racional, capaz de desarrollarse, ampliarse y conducirse a sí mismo.
Este punto de vista se ramifica en muchas direcciones, pero el asunto relevante es que, si la vida humana tiene algún valor, es porque sólo ella es depositaria de un intelecto que le permite gobernarse a sí misma y separarse de la mera animalidad. El desafío, en este sentido, vuelve a ser el autoconocimiento, que Kant sintetizó en la frase “atrévete a saber”. Sin embargo, tampoco este punto de vista está exento de críticas. Lo que vino después de Kant fue precisamente un enfriamiento en la forma de ver al ser humano, considerando sólo lo racional, lo lógico, lo que puede ser calculado y precisado en fórmulas exactas, dejando de lado toda consideración de las situaciones concretas, como así también una exclusión de la emoción, la intuición y otros aspectos relevantes de la personalidad humana.
Además, llegados a este punto, es necesario que nos preguntemos, ¿en verdad podemos sostener que nuestra finalidad es ser racionales? Es más, ¿por qué tendríamos que ser racionales? Quisiera considerar aquí algunas ideas de uno de mis favoritos, Friederich Nietzsche. Lo interesante de este polémico personaje es que pone en perspectiva a este supuesto animal racional, subrayando la pequeñez de nuestra existencia, y lo ficticio de nuestros hábitos y costumbres. En este contexto, quisiera citar un breve fragmento que pone de relieve algunas de las cosas que quiero señalar. El fragmento pertenece a un texto llamado “Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral”, y dice así:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.
Lo que este texto nos muestra es lo insignificante que es nuestra existencia en el universo, el lugar arbitrario y pequeño que ocupa la inteligencia en la naturaleza, y que contrasta con la desmesurada importancia que nos damos a nosotros mismos, como si fuésemos el centro del universo o la culminación del proceso evolutivo. Estamos aquí, pero nuestra existencia es tan accidental como la de los extravagantes ornitorrincos, y por compleja que fuera la cadena de eventos que nos trajo hasta aquí, ese proceso no pasa de ser uno entre muchos más. De hecho, según Nietzsche, la inteligencia no representa otra cosa que la habilidad defensiva de la cual se valieron nuestros ancestros para sobrevivir. Desprovisto de garras, toxinas o camuflaje, el hombre se valió de la razón para huir de sus depredadores y obtener su alimento. Así nació lo que llamamos cultura, como expresión de una necesidad colectiva por conservar la propia vida y protegernos de los más fuertes, obligando a inventar estrategias para ese fin, creando la justicia, la moral, la política, la guerra, la religión, etc. Por lo tanto, desde la óptica nieztscheana, también lo que llamamos verdad, conocimiento, sabiduría, no son más que formas sofisticadas de un instinto de autoconservación, y que por lo tanto son también ficciones, mascaradas para nuestra supervivencia social, ilusiones que alimentan a nuestro inflado ego, invenciones para mantenernos en el camino y sentir que vamos hacia alguna parte. “Es menester que de vez en cuando se figure el hombre saber por qué existe” dice por ahí este personaje. Y por lo tanto, la misma pregunta por el sentido de la vida sería absurda, puesto que no hay un más allá que haya previsto que estemos aquí para algo, ni hay razones objetivas y finales que justifiquen lo que hacemos. Queda, por lo tanto, la opción de crearnos a nosotros mismos, de inventarnos, de proyectarnos más allá de los límites que la tradición, la costumbre común o las presuntas eminencias de nuestra cultura esperan que seamos. Es una idea alocada y polémica que Nietszche llamó el superhombre, pero que excede lo que aquí tratamos y que de todas maneras no estoy seguro de tomar tan en serio.

La llamada de Nietzsche es entusiasta, pero es también es un callejón sin salida. De nuevo quedamos solos, obligados a inventarnos y sin saber, sin embargo, qué es lo que deberíamos inventar o qué deberíamos ser. Desprovista la vida de una finalidad, cualquier proyecto es posible. A esta conclusión llegaron en el siglo XX los existencialistas, quienes consideraron que el mundo era absurdo, que no habiendo un fundamento último todo proyecto está condenado al fracaso, y que más encima estamos condenados a ser libres, es decir, a ser los responsables exclusivos de lo que somos y lo que llegaremos a ser.
Pero entonces, si tal parece que la existencia del ser humano es en el fondo irrelevante en el mundo, y que todo el problema radica en que es el hombre el que se cree importante, ¿por qué deberíamos existir? ¿Qué valor tiene el ser humano si no hay para él una finalidad o un propósito? Intentemos sacar algunas conclusiones.


En todos los puntos de vista que hemos mostrado, y pese a las diferencias en la forma de ver al ser humano, encontramos un elemento común: una defensa apasionada de la existencia humana, aunque en cada caso las razones varíen. Que el sentido de la vida sea obedecer a nuestra naturaleza más primaria, obedecer a nuestro intelecto, inventarnos o simplemente intentar ser felices, no son más que diferentes maneras de decir sí a la vida. Y el hecho es que, hayan o no razones suficientes que expliquen por qué y para qué estamos aquí, todo lo que podemos hacer es dar todo de nosotros para seguir existiendo y expandiendo todo lo posible nuestro ser.
Pero, dado lo anterior, la pregunta final que queda por formularse sería ¿esta experiencia humana, sea cual sea el modo en que ella se asuma, merece seguir existiendo en el universo? Y es que si no hay ninguna misión para nosotros en esta tierra, y por lo tanto cada uno es libre de intentar lo que cree mejor y de depositar su pasión entera en lo que le parece más valioso, parece que sólo queda asumir las consecuencias de la forma en que hemos venido habitando este lugar en los últimos siglos, aceptar que nuestra historia no es diferente de la de ningún otro ente en el universo, y que como todas las cosas, también el capítulo del hombre tendrá su final. Pero entonces, insisto: ¿qué se perdería si un día nuestra especie dejara de existir? ¿Qué se acabará cuando desaparezca el hombre?

El hecho es que, con todo lo arbitraria y accidental que sea nuestra existencia, la muerte del hombre acabaría con algo más que el ser humano. Su desaparición no sólo significaría la desolación definitiva de los hospitales y de las ferreterías del mundo entero, el final de las especulaciones en la bolsa de valores, la conclusión de cada chisme y de cada sarcasmo, el silencio de los columpios y el enmudecimiento final de los cajeros automáticos. No es sólo que cesarían las jornadas absurdas del trabajo, la rutina y los noticiarios a las nueve en punto. La muerte del hombre sería también el final de todo lo que alguna vez ha tenido valor sobre esta tierra, del amor y la amistad que unen a los hombres, de la comunión que sólo el arte y la fe logran, de todas las manos que alguna vez se unieron para soportar las tormentas o para construir catedrales. Sería la muerte de las noches del asombro y de todo lo que alguna vez ha sido bello, bueno o verdadero. Para siempre desaparecerían las sombras que opacan los corazones, pero también las luces que las disipan. Y entonces ya nunca más el florecer de las primaveras sería motivo de esperanza para nadie, porque entonces toda experiencia posible del mundo habría acabado para siempre.
Así, el valor de la vida humana no reside simplemente en la suma de lo que los hombres han logrado a lo largo de su historia. No mentiría seguramente la balanza si sobre ella colocásemos al mismo tiempo cada obra de arte y cada matanza que se ha consumado en nombre de la justicia y la libertad. Si pudiésemos hablar por cada inocente que murió por una bandera, por cada conquistador y esclavo, no valdrían demasiado, seguramente, todos nuestros grandes progresos, nuestras victorias mezquinas y breves. Pero no es por lo que hemos sido que debemos persistir sobre la tierra, sino por lo que podemos ser. Sea que valoremos al ser humano por su intelecto, o por la pasión que pone en sus obras, él hecho es que él no representa un organismo cualquiera. Para el hombre, ser en el mundo, estar aquí, significa no sólo vivir y existir, sino que significa también el evento de descubrir que soy, existo, y así asombrarme y abrirme a todo aquello que no soy yo. Con el hombre, la naturaleza, que se tomó más de cuatro mil millones de años en desarrollar a un organismo capaz de entender la evolución, cobra conciencia de sí misma, pues ha ocurrido que algo, un mamífero que piensa, ha descubierto que está entre las cosas. Y esto es, creo, el fenómeno más extraordinario de la naturaleza, independientemente de la óptica con que se mire. Pues sólo porque hay ser humano, hay también mundo, o cuando menos, una experiencia de él.


Cierto es que, como afirma Nieztsche, cuando acabe todo para este organismo pensante, será como si no hubiera sucedido nada en el universo, pues no habrá nadie que pueda relatar nuestro breve tránsito por la tierra. Pero esto, más que subrayar que la vida humana carezca de valor, es una exaltación del hecho que sólo puede haber sentido y valor en esta experiencia mundana y terrenal, y que precisamente por eso la vida, ésta vida, esta experiencia humana, finita y contingente, constituye la realidad más sagrada y el regalo más valioso.
Por último, si nuestra existencia puede tener algún valor, no puede tenerlo más que para nosotros mismos – pero eso es todo lo que importa, pues somos nosotros los que a partir de esta experiencia humana debemos asumir la responsabilidad de valorarnos y actuar en consecuencia. Nuestra importancia no está en lo que cada uno es o hace, sino que en el valor cósmico que representa nuestra existencia en la tierra. Y si verdaderamente entendemos lo que esto significa, entonces quizás si deberíamos ser más respetuosos y hasta quizá reverentes con el mundo de la vida del cual provenimos y que continúa a través de nosotros, en nuestras palabras, nuestras obras y nuestros afectos; ser más considerados con organismos que tienen el mismo derecho a estar aquí y que estaban antes que nosotros; y por último, ser más fraternos con todos aquellos que comparten con nosotros la oportunidad de vivir esta sobrecogedora experiencia.


viernes, abril 03, 2009

sueños dentro de sueños

En mi sueño habrá arena.
La extensión infinita de lo que no es aún,
completamente y hasta los confines impensables del espacio que todavía no existe
siendo arena,
vasta, incomprensible, eterna y sin forma.
Las horas incontables y repetidas,
el transcurrir interminable de los eones,
silencio por ningún oído profanado aún
claridad imposible,
oscuridad sobrecogedora, plena y total.
negación primigenia
suspendido el sueño en la contención de sí mismo antes de sí.

Hasta que de la arena emerjan las cosas
plurales y opuestas
situadas y móviles
dispersión saturada de su rugosidad y contacto,
reflejo y fragmentación sobre las superficies, su opacidad y sus bordes,
quebrado una y otra vez sobre lo extraño y alterno
centro y periferia, multiplicado e inerte,
arbitrario como las piedras entre las piedras,
separado y mudo.

Ciego hasta el segundo antes de despertar
de que exista y sea en y con las cosas
ahora
leyendo estas palabras

lunes, marzo 30, 2009

léase como desvarío


La comprensión ordinaria de dios lo asume como un creador, como una subjetividad al margen del tiempo, antropomorfa y con preferencias subjetivas. El señor posee sus propósitos, su finalidad para el hombre, su objetivo para la creación. Pero nada exige que el principio de todas las cosas sea nuestra imagen y semejanza.

Pues si hay algo sagrado en este mundo, es algo más que esa mera proyección que el feligrés dominical se figura a partir imágenes y parabolas que no comprende.


Para encontrar lo sagrado, los hombres deben renunciar a los dioses que veneran, despojarse de sus rosarios y quebrar sus crucifijos. Nada hay allí que no haya puesto el antes el hombre.

Para encontrar lo sagrado, los hombres deben romperse a sí mismos, quebrarse como vasijas de greda, trizar la máscara tras la máscara en el espejo.


Todo lo que conoces es falso, como tu nombre y las casas de arena.

Y sin embargo, hay algo verdadero en lo falso.

Existes. Toca la rosa y no eres tú.

Las piedras, la primavera y su sequía, el alba de los bosques y el fulgor de mil soles estuvieron antes que ti. Y sin embargo faltaba tu palabra.

Existes. Y también otros antes que tú no supieron quienes eran hasta morir de insomnio y hastío. Cansados de la repitición absurda de lo mismo, salieron temprano al colegio, al trabajo y al sepulcro. Lloraron también demasiado tarde lo que habían perdido o evitaron pensar en ello.

Y sin embargo, dejaron para tí la narración inútil que es la narración de cualquier hombre.

Algo se aprende de ella, aunque sólo la aprendas por tí mismo.


¿Qué encontraron? ¿Adónde se fueron?

Ni quiera sabes quiénes son en verdad tus padres, ni podrás recorrer hacia atrás los pasos de tus ancestros innumerables hasta encontrar las respuestas que se niegan.


Verdadero, real, hermoso y sin embargo murmuraciones falaces.


Sólo tienes este día para vivir.




viernes, enero 23, 2009

melancolía
















La espontaneidad de la memoria me hace evocar situaciones que ya no existen, vinculos quebrados que fueron risotadas y jolgorio. Lugares que fueron míos, costumbres que fueron nuestras. Melancolia que me oprime el corazón - la evidencia positiva de que el río nunca se queda en el mismo sitio ni volveremos a reir dos veces en el mismo bar.

Y entonces, miro al cielo y mis ojos encuentran un fulgor manado hace millones de años desde una estrella de la que no sé su nombre, y me pregunto, ¿quien quiere la inmortalidad, si no se puede conservar un momento?


En este instante no me consuela el mensaje de la estrella: que la eternidad es ahora.



Ahora.


sábado, enero 03, 2009

Pienso en la frialdad de este mundo, en el rumbo de nuestros días, e intento dar con una explicación para este desorden. Algo que resolviera de una vez esto que no será una catástrofe, pero sí podría ser mejor.

¿Qué es lo que descubro? No es necesario retratar lo que ya todos, cada uno a su manera, conoce. Sinceramente, me doy licencia para no caer en los repetidos lugares comunes de crisis y fin de mundo.

Pero me percato de pronto de todas las cadenas que alguna vez han pasado por mi correo, de los saludos que no he sabido responder. Es cierto, esos mensajes muchas veces han sido enviados sin antes considerar quien lo recibia, en un total desinterés, pero también otras veces alguien se tomó la molestia de añadirme a un mensaje del que no hizo eco mi voz.


Pero ha sido enviado. Soy yo quien no ha respondido, quien ha estimado que el mensaje ha estado demasiado tiempo circulando en linea, o que es muy obvio o muy cursi como para repetirlo. Y soy yo quien es frio, ingrato, poco sociable, poco expresivo. ¿Se trata de mi carácter? - puede ser, pero no creo que se reduzca a eso (aunque tampoco me quiero zafar tan fácil de las horas o los momentos incumplidos en que no estuve yo y en que podría...). Quiero pensar que mi modo egoísta de ser puede por lo menos llevar a otras personas a cuestionarse del mismo modo si ellas son o no la buena gente que creen que son. Puede que lo sean, y personalmente no me considero un tipo especificamente malo, pero no creo que ese sea el punto. Trazar líneas imaginarias es muy fácil, y ponerse detrás de ellas muy cómodo. Pero, ¿quién soy realmente?

¿Puedo responder esta pregunta y sostener todas mis máscaras? De momento me siento incapaz de ello, y deberé confesar, como pobre consuelo, que soy todas esas máscaras. ¿Hay alguien detrás de todas ellas? Aún si así fuera, si detrás de todas las máscaras hubiese un fantasma, ese fantasma no podría jamás expresarse por este medio.

A no ser, claro, que se expresase a través de alguna de ellas.

O de todas.





[putos puntos suspensivos!]


[ sin editar, incluyo el mensaje sin remitente ]


DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE


HABIA UNA VEZ 30 ANGELITOS anjo11.gif (2129 bytes)anhjbh.gif (4553 bytes) anjo13.gif (2202 bytes)anjo2k.gif (23863 bytes) anjo4.gif (22083 bytes)

20 TOMABAN SIESTA SOBRE LAS NUBES;anja.gif (47517 bytes)9 JUGABAN JUNTOS

anjos15.gif (41568 bytes)Y 1 PEKEÑITO ESTA TERMINANDO DE LEER ESTE MENSAJE Y ESE

ANGELITO

ErEs Tú

angelkiss.gif (12276 bytes)

TE KIERO MUCHO

MANDA ESTE MENSAJE A 30PERSONAS KE KIERAS MUCHO

anjas.gif (94500 bytes)

INCLUYENDOME AMI SI SOY Uno DE EllOS)

SI 5 PERSONAS TE DEVUELVEN ESTE MENSAJE:

MAÑANA 1 PERSONA KE AMAS MUCHO

TE DARA UNA SORPRESA..........SUERTE

viernes, enero 02, 2009


























De súbito me descubrí multiplicado,
repetido en los rostros de la gente
cruzándome en la calle conmigo mismo
y hablándome desde los dos lados del teléfono.

Siendo, sin embargo, simultáneamente otro, diverso, inaccesible y extraño.










jueves, enero 01, 2009























me sorprendo a mí mismo siendo
estando aquí - entre las cosas.

me observo a través de este objeto que es mi cuerpo
y reconozco un espíritu que soy yo
un fantasma en un cascarón, un armazón de carne
una voz que habla en un mar de formas sin nombre hasta antes de mí.

y sin embargo una cosa más entre otras
células y electrones que saben que piensan
que sienten colectivamente el evento sobrecogedor de que existen

desde el otro lado del espejo
el hombre se interroga quien es
y se frustra por no dar con la respuesta

olvida que el milagro es que la pregunta sea posible.






no volverás a estar aquí.





.

sábado, diciembre 27, 2008

En Los Trabajos y los Días, narra Hesíodo el mito de las edades, el relato de cinco razas de hombres, a la última de las cuales pertenecería el inspirado rapsoda. Los hombres de oro, hijos del tiempo (Cronos), habrían sido aquellos que, como ningún otro después de ellos, vivieron como dioses, sin sufrimiento, injusticia ni enfermedad. Después de ellos, las razas no hicieron otra cosa que degradarse. Los hombres de plata, aquellos que se negaron a rendir tributo a dios alguno y que a pesar de su nobleza, no soportaron que Zeus acabase con ellos para siempre. Los hombre de Bronce, terribles y vigorosos, y que aún así también murieron. La edad de los héroes, la mayoría de los cuales murieron en Troya, mientras que otros aún habitarían en las lejanas Islas de los Afortunados. Y por último, los hombres de hierro, imperfectos y "de voz articulada".



¿Cuando fue que nos convertimos en hombres de plástico?
¿Qué Dios acabará con nosotros?
¿Quién escribirá nuestra epopeya sin héroes ni honor ni gloria?

la última jornada de los hombres de plástico



















en los últimos días de la jornada del hombre
el trabajo fue abandonado
las industrias se detuvieron
y arrepentidos volvieron hacia la ausencia del lugar primero
en que alguna vez habitaron

a la tierra viva de la que subieron
y que ahora agonizaba con ellos



demasiado tarde volvieron a casa
y allí, solos y enfermos
murieron los últimos descendientes de madre y padre


el polvo tuvo lugar
y la falta de palabras
de juegos
de contiendas
de discursos, mentiras y asambleas

y desde entonces y para siempre
no se volvieron a subir los precios en los almacenes
ni hubieron disputas por la legislación del azúcar
ni se separaron los hermanos por sus convicciones religiosas

abrazados todos en el olvido de los cementerios
las ruinas y las ferreterías vacías.


[imágenes extraídas desde: http://www.abandoned-places.com/thumbnails.htm ]

martes, diciembre 16, 2008

Nietzsche y la Locura

Friederich Nietzsche es uno de los filósofos más incomprendidos de la historia, fundamentalmente por lo disperso de su estilo, por la pasión desmedida en muchas de sus afirmaciones, por su desprecio radical hacia aquello que no corresponda con su extraordinario ideal de lo que el hombre debería ser (o dejar de ser). Pese a ello, su perspectiva es tremendamente rica en más de un aspecto, pues aunque no es sencillo coincidir con algunos de sus puntos de vista, no deja de ser interesante su crítica demoledora de todo lo que se ha dado por sentado en nuestra cultura. Lo bueno, lo normal, lo bello, lo razonable son categorías que son desmanteladas a martillazos, al punto de desechar a toda la filosofía por ser un montón de ideas que sencillamente dan la espalda a la vida misma, una gran farsa ideada por aquellos que han sido demasiado débiles como para gozar de la plenitud de la existencia, y que por resentimiento han terminado por crear un mundo fantástico de abstracciones que compensan su propia inferioridad.

En honor a este pensador, cito algunos fragmentos notables:


“Si no hubiese habido en todas las épocas muchos hombres que rindieron culto a las disciplinas del espíritu, a la razón, y las miran como deber y virtud, hombres a quienes ofende y humilla todo lo que sea fantasía y exceso de imaginación, como decididos partidarios que son del sentido común, haría ya mucho tiempo que habría desaparecido la humanidad. Por encima de ella se cierne de continuo, y es el mayor de los peligros que la amenazan, la locura, dispuesta siempre a manifestarse y que significa precisamente la interrupción del capricho en los sentidos, en la vista, en el oído, el deleite en las orgías del espíritu, el goce que produce la sinrazón humana. No son la verdad y la certeza lo más opuesto a la locura, sino la unidad en las creencias y la obligación de discurrir todos de la misma manera, o lo que es igual, la exclusión del capricho enb los juicios. El mayor de los trabajos realizados por la humanidad ha consistido en ir poniéndose de acuerdo sobre muchas cosas y promulgar una ley de conformidades, sean verdaderas o falsas las cosas sobre las cuales versa dicha ley. En esto consiste la educación del cerebro humano; mas los instintos opuestos son todavía tan poderosos que no se puede hablar del porvenir de la humanidad con mucha confianza [...]”. (Esto hace necesaria la tontería virtuosa.)

["La Gaya Ciencia", #76 “El Mayor de los peligros”]


"En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos."

["Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral"]

jueves, noviembre 13, 2008

Esperanza y la Hora de los Espejos





















Nuestra época es oscura y, probablemente, su hora más sombría aún no ha llegado. En ocasiones, tengo miedo de pensar en lo peor que podría pasar. Imágenes de la historia del hombre me evocan sufrimientos que sinceramente no sé si sería capaz de soportar. Sé y entiendo que el ser humano puede adaptarse a cualquier circunstancia, pero igualmente concibo que el precio de sobrevivir en tales condiciones puede ser tan alto, que se me hace del todo aborrecible representarme tal escenario. Y sin embargo, el rumbo de nuestro mundo me hace no imaginar, sino saber que, en una hora que no conozco, será el desastre. Las causas concretas y el guión de esa historia no las sé, pero lo único que espero es que no me toque a mí ni a los míos vivir esa jornada.


Pensar de este modo, ya lo sé, puede sonar,
desproporcionado, catastrofista, y hasta paranoico, acerca de lo cual no sé muy bien qué decir. Sinceramente espero estar equivocado, aunque confieso que si veo así las cosas, no es porque me apegue a la primera alarma de caracter profetico que proclame el fin del mundo en algún canal de la televisión por cable mientras promociona cruces de San Fulanito y pócimas para la abundancia y el éxito. En verdad no estoy muy convencido acerca de que la divinidad vaya a intervenir sobre nuestro destino próximo, o que antiguas razas extraterrestres vayan finalmente a presentarse ante nosotros con quizá que extravagantes propósitos. Me parece que el problema es más sencillo. El modo en que hemos venido habitando este planeta sencillamente ha llegado a su límite. La manera en que nos relacionamos con nuestros recursos, pensando en ellos como recursos y no como vida que crece más allá de nosotros; la grosería con la que despilfarramos nuestras fuentes de energía; el trato impersonal, arrogante, agresivo, superficial o indigno que tenemos con la mayoría de los congéneres que no son nuestros seres queridos (y hasta incluso con ellos), sencillamente ya no es un modo de vida capaz de sustentar nuestra existencia a largo plazo, lo cual me hace pensar que, para bien o para mal, este capítulo se apresta a su cierre. Cuándo y cómo, no lo sé - la historia suele tomarse su tiempo.

Pero entonces, ¿es el fin de nuestros días? ¿Se acabarán para siempre las intrépidas hazañas y aventuras del homínido hombre? Nadie lo sabe. Pero por suerte, saber no es lo mismo que esperar. Después de todo, es el hombre el que ha ingeniado el modo en que vive. Son las personas las que han decidido (aunque sea plegándose a lo que hacen los demás) que necesitan de determinadas condiciones materiales para sentirse satisfechos, trabajar para tener una televisión, un automóvil, una casa bonita, y la educación suficiente de sus hijos como para que también ellos puedan trabajar para tener una televisión, un automóvil, una casa bonita y educación para sus hijos. No es malo aspirar a esto o tener otras necesidades personales, pero debemos cuestionarnos el modo en que satisfacemos estas estas necesidades, e incluso reconsiderar si algunas de ellas son en verdad prioridades para nuestra vida. Debemos aprender a vivir de nuevo, cambiando no sólo nuestras costumbres, sino que ante todo nuestra manera de ver las cosas. Cada individuo debe comprender que él no es el centro del mundo, y que por lo tanto, su forma de entender las cosas no es la verdad. Es bueno que valore cosas, que se aferre a determinadas convicciones y que de todo de si por lograr ciertas cosas, pero quizá está equivocado, por lo que nada lo autoriza a imponerse por sobre otras personas. Menos aún si a menudo ignora esto e ignora gran parte de sí, cegado por su inconsciente fervor a sí mismo. Pues para cada uno siempre habrán excepciones, circunstancias insólitas en las que lo que pasó, pasó, las veces en que me olvido de una luz encendida, en que miento para mi interés personal, en que busco descaradamente y en silencio mi propio bienestar y placer. Cuando nadie nos mira, aparece la sombra.
No se trata de promover nuevos mandamientos ni de seguir juzgando al prójimo. Es hora de juzgarnos a nosotros mismos y hacer la requerida sentencia sobre nuestra forma de vivir. No se trata de hacernos monjes, sino de dejar de ser tan hipócritas y autocomplacientes. Es la hora en que nos miramos al espejo y reconocemos y asumimos nuestras faltas, no ante una imagen sobre un altar, sino que ante lo más sagrado que está en cada uno de nosotros. Somos vida y somos consciencia, y como tal, esa vida debe prosperar. Así, aunque la hora sea oscura, debemos cambiar nuestra forma de pensar. Sin engañarnos a nosotros mismos, pero sin deprimirse por lo que haya o lo que tenga venir. No es que tengamos que tener esperanzas, ¡tenemos que soñar con que el hombre llegará a las estrellas! Pues el hombre fue un simple primate que bajo de los árboles y que ahora lee sus peripecias en libros de historia y conoce la física cuántica. Recordemos los días venideros como aquellos en los cuales el hombre se sobrepuso a sí mismo, y luchemos por ser lo que todavía no podemos imaginar.



[puntos suspensivos]

lunes, octubre 27, 2008

El Sentido del Arte – Una Perspectiva

[Lo que sigue constituye un ensayo que alguna vez escribí para un sitio en internet, acerca del arte y su sentido. Falta quizá explayarse más en algunas ideas, pero quizá sea mejor que queden puntos suspensivos]

_____________________________________

"Ustedes hablaban sobre el sentido que tiene nuestra vida. Sobre el carácter desinteresado del arte... Por ejemplo la música. Ella tiene muy poca relación con la realidad. Más bien, si tiene alguna relación es mecánica, sin sentido, como un ruido fatuo, sin... sin relación alguna. Así y todo, ocurre un milagro: ¡La música penetra en el alma misma! Ese ruido, transformado en armonía, provoca una resonancia en nosotros. ¿Qué reacciona convirtiéndolo en un foco de sumo deleite, que nos une y nos conmueve?

¿Para qué hace falta eso? Y, lo más importante, ¿a quién? Ustedes responden: "A nadie. Para nada".

¿Desinteresado?
No. Difícilmente. Pues al fin y al cabo, todo tiene su sentido. Sentido y motivo."

Andrei Tarkovski, Stalker (1979).




¿Qué es lo que debe hacer, decir el arte? Contestar a esta pregunta resulta difícil. En verdad, supone una trampa que, de tomarse en serio, conduce a la arrogancia y la suficiencia. Pues dictar de antemano lo que una obra deba decir, aún basándonos en criterios filosóficos, psicológicos, políticos, económicos o religiosos, es algo que mina la producción artística misma. Hacer películas para vender camisetas es prostituir al arte, y en semejante calidad, el deleite que produzca no puede ser más que mezquino, breve y mentiroso.
No se puede decir entonces, de antemano, qué es lo que deba expresar o qué mensaje deba comunicar la obra de arte.

Pero entonces, parecería como si cualquier realización es válida. O más aún, no podríamos distinguir de ningún modo a una verdadera obra de arte de una producción barata y comercial. Así por ejemplo, en el cine, se ha preferido dividir a la industria (acomodaticio nombre) en géneros, división que deja en igualdad de condiciones (por diferir tan sólo en la temática y el tratamiento del tema) a películas tan disímiles como El Chacotero Sentimental y Ciudadano Kane. Es lo mismo, parece, y sencillamente se trata de gustos diferentes. Tal vez sea así, que para distintos tipos de personas, haya distintas clases de obras, pues ellas también se distinguen según sus motivaciones y costumbres.

Pero entonces, la pregunta qué nos formulamos es la siguiente: ¿a qué es a lo que tradicionalmente se ha llamado arte, y por qué se ha dado este nombre a ciertas obras y no a otras? ¿Qué es lo que de común tienen estas realizaciones?

Pensemos por ejemplo en los llamados clásicos. Obras como Cien Años de Soledad de García Márquez o Crimen y Castigo de Dostoievsky; 8½ de Fellini y 2001: Odisea al Espacio de Kubrick; la Novena Sinfonía de Beethoven y Gracias a la Vida de Violeta Parra. ¿Qué es lo que ocurre ante estas obras que parece no ocurrir en otras aún dentro de sus mismos géneros? De uno u otro modo, parece que podemos decir: estas obras nos conmueven. Y es que, independientemente de nuestras preferencias personales, marcadas por su asociación con nuestras experiencias personales o con nuestras ideas y cosmovisiones particulares, nos encontramos con otras obras que logran producir un especial impacto afectivo en nosotros. Y es que, desde herramientas distintas (la imagen, la palabra, la armonía, la forma), y perspectivas y discursos diferentes, dichas obras abordan el problema de la existencia. De una u otra forma, lo que se problematiza y se muestra en ellas es el sentido del mundo y de la propia experiencia. No proponen una teoría ni un modelo del mundo, pues todas ellas son, por una parte, ficciones, y por otra, realizaciones siempre particulares, subjetivas y contingentes. Pero haciendo énfasis en los distintos aspectos de la vida humana (el dolor y la felicidad, el asombro y la incertidumbre, la soledad y el amor, la memoria y la esperanza), proponen una imagen con sentido para la totalidad de nuestra experiencia. En palabras más sencillas, nos permite decir: el sentido de la vida es… No se trata de que este mensaje esté explícito, y puede que ni siquiera sea claro. Pero el hecho de que en dichas obras podamos reconocer un fin y un sentido que dan coherencia a la historia, la escena o el movimiento, nos permite concebir que las mismas escenas de nuestra vida podrían tener algún sentido desde alguna perspectiva, sea como tragedia, milagro, comedia o radical absurdo. En otras palabras, nos hacen experimentar esa sensación de sentido, y sentimos así reconocida nuestra propia humanidad. Y en ese sentido, la obra logra ser universal. Valiéndose de una ficción particular y arbitraria, el artista señala algún aspecto fundamental de la existencia.

Y sin embargo, todo esto no implica declarar qué deba decir una obra, de qué debe tratarse una película o qué historia debe contarse en una novela. No hay un principio a priori que señale el contenido que necesariamente debe abordar una obra de teatro para ser buena, para ser arte. Sólo constatamos a posteriori que en esa experiencia algo se nos ha comunicado. Tarkovski, el magistral director ruso, comenta en su libro “Esculpir en el Tiempo”, que aunque muchos de los espectadores de sus películas le enviaban cartas de molestia (sin duda motivadas por el carácter casi filosófico de sus películas, que contrasta con el carácter hedonista y autocomplaciente de nuestra sociedad), otros se dirigían a él manifestando su perplejidad, al sentir que en dichas películas estaba literalmente reflejada su vida.

Ahora bien, esta capacidad de comunicación comprehensiva (en tanto que no entrega mera información, sino que conmueve, empatiza y da sentido) manifiesta en el arte, no es un aspecto menor. A fin de cuentas, al problema de la incomunicación humana, raíz de vivencias tan distintas como la soledad, la intolerancia, el rechazo y la violencia, es parcialmente resuelto en la obra, cuando menos mientras dura la película. Y es que en efecto, mientras miramos los créditos, o nos recuperamos de cierta pieza musical, algo nos dice: “tu dolor también es mi dolor...”

Y es esta experiencia de comunicación y reconocimiento lo que nos mueve a ponderar de buen grado unas obras por sobre otras. Es más, ni siquiera es necesario que se trate de una experiencia intelectual, de la aceptación de un discurso específico, como ocurre por ejemplo con la música. Siendo así, esto nos permite pensar que, si la experiencia estética no es una operación racional, no tiene por qué estar necesariamente vinculada con los ideales de la razón – para el caso, el ideal de belleza. Sin duda es esa una de las posibilidades de la obra de arte, la más elevada y noble quizá, pero la proliferación de formas de arte que enfatizan el absurdo, el horror (aunque no pensamos aquí en su caricaturización entretenida), el desorden, la discontinuidad, la cacofonía, logran también comunicar otros aspectos de la vida humana. Piénsese por ejemplo en ciertas obras de David Lynch, John Zorn, Stockhausen, Giacometti, Takaashi Mike, entre muchos otros, en donde la deformidad, el desorden, lo siniestro, opacan la idea convencional de belleza. Poniendo énfasis, sin duda, en el desamparo de una humanidad frágil, confundida y exhausta.

Y sin embargo, todo esto es visto, con frecuencia, como algo irrelevante y ocioso, y preferimos pensar en el arte como una forma de entretención, de evadirnos del cansancio del trabajo o de satisfacer nuestras carencias afectivas más inmediatas. Alguien que nos haga reír una vez al día, o que nos permita participar aunque sea como espectador de vivencias prestadas, de placeres negados, de pobres victorias ajenas. Nos sentimos conformes si vemos nuestras convencionales y autocomplacientes ideas retratadas en la película, que los hombres son así, que las mujeres son asá, que el héroe se salva y que la princesa se queda con su príncipe.

Por lo demás, ¿de qué sirve el arte a fin de cuentas? Y ante una pregunta tan utilitaria, no sabemos qué contestar. Pero lo cierto es que no todo se trata de respuestas pragmáticas y sintéticas. Quién soy, qué es la vida y cuál es mi lugar en ella no son cuestiones que sirvan para pagar las cuentas o para traer pan a la mesa, y sin embargo son de las cuestiones más fundamentales en nuestra existencia íntima y colectiva.

Entonces, ¿para qué sirve el arte? Quizá, más que preguntarnos esto, deberíamos reparar en algo más central y enigmático. Pues, si bien reparamos en la obviedad de que somos humanos, olvidamos comprendernos como organismos vivos, cuestión que sólo consideramos en términos formales y abstractos. Y desde esta óptica, cabe preguntarse: ¿por qué existe este organismo capaz de tener experiencias estéticas – del mismo modo que es capaz de conocer, de amar, de creer y de crear? ¿Por qué hay en la naturaleza este ser capaz de formularse preguntas acerca de la naturaleza, capaz de comunicarse y de formularse proyectos?

Estas son preguntas que nos llevan por el camino del asombro, y cuya indagación nos lleva más allá del terreno del arte. Pero reparar en ellas no es una pérdida de tiempo, pues lo que está en juego allí no es sólo el sentido del arte, sino de la vida humana en general. Y nos invita, ante todo, a salir del cascarón de nuestras ideas preconcebidas y conformistas, y tratar de ver un poco más allá de nuestras propias narices.

lunes, octubre 13, 2008

!

Hacia el Trascendimiento del Ego

[Lo siguiente constituye un trabajo que alguna vez compartí con un especial grupo de amigos, de allí el tono semi académico.]



There’s a time, and the time is now and is right for me

is right for me, and the time is now.

There’s a word, and the word is love and is right for me

is right for me, and the word is love.


Yes, “Time and a Word”



Comienzo a escribir estas palabras sin introducciones, sin formalidades y sin demasiadas pretensiones. Habiéndolo intentado sin éxito ya un par de veces, prefiero hacerlo así, directamente y sin rodeos de academia. Lo que quiero decir probablemente no sea nada nuevo, porque no se trata aquí de una cuestión de ideas. No será esta una exposición acerca del valor de alguna teoría, la apología de alguna doctrina ni la definición novedosa de algún concepto. No vengo a proponerles una filosofía nueva, sino sacar de los viejos cajones algunas ideas ni tan novedosas ni tan rimbombantes. Al final, deberíamos poder decir que todo esto ya lo sabíamos.

Quisiera comenzar por una vieja historia, que a menudo suelo contar en clases, y que probablemente también ustedes hayan escuchado alguna vez. Eran estos unos hombres que, sin saber muy bien por qué, habían sido condenados a pasar su vida entera encadenados en el fondo de una caverna. Así, en su incómoda y forzada situación, la única realidad que alguna vez han conocido son las sombras que un fuego a sus espaldas proyecta en la muralla delante de sus ojos. De vez en cuando, otros hombres detrás de ellos pasan llevando en sus brazos objetos cuyas opacas siluetas son reflejadas en ese muro, por lo cual, después de todo, ese mundo de sombras no es nunca ni tan monótono ni tan oscuro. Ellos están conformes con lo que ven porque es todo lo que alguna vez han conocido, y aceptan y disfrutan de la realidad que se les presenta a la vista.

Sucede que un día, a uno de esos hombres, le ocurre que logra zafarse de las cadenas que él mismo había olvidado le aprisionaban. Inseguro y titubeante, e intentando superar el encandilamiento inicial de ese fuego detrás de él, sale del lugar en el que se encontraba e intenta salir de la oscura caverna. Pero el ascenso a la salida es difícil y doloroso. Procurando superar el miedo a lo desconocido y la frustración de haberse aferrado por tanto tiempo a meras apariencias, hiere sus manos y sus rodillas con tal de salir de la mentira y la confusión. Finalmente lo logra, y lo que le espera más allá de la salida es un mundo nuevo e incomprensible. Observa las cosas tal como son, los colores por vez primera, y sobre sí mismo, la luz poderosa de un sol que simboliza la verdad, lo absoluto, el bien y dios.

Esta historia, acerca de cuyo simbolismo se ha especulado largamente a través de la historia, es una alegoría con la cual Platón intenta mostrar el paso de la ignorancia al conocimiento verdadero, lo cual implica reconocer aquellas sombras como tales, aquella ceguera en que nos conformamos y que nos impide ver las cosas tal y como son. Ciertamente, esta historia no termina bien: el que ha salido debe volver a la caverna e intentar convencer a los demás de que lo que hasta entonces han considerado como verdadero, no son más que engaños y apariencias. Y en ese intento, la conformidad y la autocomplacencia son más poderosas, y el “iluminado” muere bajo las manos de aquellos a quienes pretendía ayudar.


Sin embargo, y pese a que este relato se nos presenta atractivo y enigmático, lo cierto es que, si ponemos las cosas en el contexto de nuestra época, nos es difícil consentir con esta alegoría hasta el final. Y es que Platón parte no sólo de la evidencia de que seamos ignorantes acerca de algunas cosas, sino que se aferra a la premisa de que hay una verdad última y decisiva. En concreto, Platón estima que, más allá de esta realidad material y sensible, persiste una realidad superior, trascendente y espiritual. Así, ¿hasta qué punto podemos afirmar hoy, en términos de conocimiento, que una tal realidad exista?

La modernidad nos ha enseñado que, si hemos de intentar dar una respuesta sensata a una pregunta como esta, ello debe hacerse desde criterios estrictamente racionales, en función de argumentos bien fundados y que no se basen en lo que simplemente queramos creer. Y desde ese prisma, sólo podemos hablar con sentido, es decir, con pretensiones de objetividad, de aquello que puede ser validado por la experiencia, y más aún, desde experiencias sistemáticas y estructuradas, como las que sólo la ciencia puede proporcionar. Nada que no se someta al tribunal de la razón y de la experiencia puede pretender asumirse como conocimiento, y por ende cualquier intuición trascendente de realidades últimas, por bienintencionada que sea, queda enseguida fuera de juego. Tal es el legado del positivismo y de la postmodernidad.

Y es que, a fin de cuentas, hay cosas acerca de las cuales sencillamente no se puede hablar ni afirmar nada con certeza concluyente. Pues es la experiencia el limite de lo que puede ser conocido, y más allá de eso sólo queda la fe y el camino de los olvidados.


A pesar de todo, la perdida no parece ser tan grande. La descripción eficiente de la naturaleza y la explicación causal de sus fenómenos, nos ha llevado bastante lejos. Más lejos de lo que Platón o Aristóteles hubieran pensado. Nuestro poderío tecnocientífico es capaz de predecir y producir fenómenos a su voluntad, con proyecciones infinitas y con un valor incalculable. El trabajo hacendoso de los científicos a través de los siglos nos ha proporcionado herramientas fabulosas, curando enfermedades y transformando el mundo a nuestra voluntad. Y entre tanta nanotecnología y televisión satelital, parece que no fuera necesario hacerse preguntas acerca del sentido último de la vida, satisfechas todas mis necesidades por un aparato mediático dispuesto a resolver mis inquietudes existenciales y mis carencias afectivas en una teleserie de 45 minutos o en entretención desechable y a pedido.

Después de todo, nadie tiene la verdad acerca de nada, y cualquier opinión es tan viable como la otra. Ya que nada puede ser afirmado con evidencias últimas, queda conformarse con las opiniones premasticadas de nuestro consejero de cabecera.


Quizás, podría argumentarse, esto no sea tan grave como parece. A fin de cuentas, cada uno puede vivir con las ideas que le parezca, y acerca de aquello de lo cual no se puede hablar, resta asumir una postura personal que puede ir desde el escepticismo absoluto a la fe incuestionable.

Pero lo que resulta problemático no es el tema del conocimiento, sino que el lugar de nuestras certezas morales. Siendo aparentemente imposible suministrar una definición concluyente acerca de qué sea lo bueno y lo justo, cada cual juzga las cosas de acuerdo a su conveniencia o su propio criterio. Y aunque existen pistas desde el punto de vista de teorías filosóficas que proporcionan una orientación racional para orientar nuestras acciones hacia el bien, el hecho es que, en la práctica, lo que predomina es un relativismo en función del cual cualquier conducta, mientras se atenga a los límites definidos por la legalidad y el sentido común, es tan válida como cualquier otra.


¿Es esto tan malo como suena? Después de todo, nuestra época, con el progreso de las tecnologías de la comunicación, la ampliación de las redes sociales, las libertades del mercado, nos proporciona beneficios notables, y con ello la posibilidad de prosperar por nuestros propios medios y acceder a nuestra preciada felicidad. Por lo tanto, ¿por qué habríamos de cambiar el modo en el que vivimos nuestra vida? Desde luego, problemas hay y siempre ha habido. El hambre y la pobreza no son fenómenos nuevos, ni lo son las guerras en función de intereses particulares ni la explotación del hombre. Y si eso y mucho más no ha sido suficiente como para cambiar de forma sustancial la conducta del ser humano, parece difícil pensar en que ese cambio pudiera ser posible ahora.

Pero ahora nuestra circunstancia es distinta. Pues a los viejos problemas, acerca de los cuales es siempre más fácil prestar una atención pasajera que raramente deriva en acciones concretas, se agrega un problema nuevo, el más terrible de todos. Pues la torpeza del hombre no sólo amenaza con perjudicar a la vida de otras personas, sino que, más todavía, amenaza con exterminar toda forma de vida sobre la tierra, haciendo así inviable cualquier posibilidad de un futuro. Por cada minuto que pasa, el equivalente a seis estadios desaparece en los bosques del Amazonas, y cada año miles de especies cuyos nombres nunca supe se extinguen para no volver jamás. La contaminación, el agotamiento de los recursos y los alimentos, el calentamiento global, y peor todavía, un aparato económico y mediático que extrae beneficio a partir de esta situación, son factores que se suman de manera vertiginosa y que auguran un negro porvenir para quienes sea que vengan después de nosotros. Estamos destruyendo nuestro mundo, y haciendo insostenible en el tiempo una vida como la que ha habido hasta ahora. No digo estas cosas con el ánimo de ser apocalíptico, o por pregonar el final de los tiempos o el cumplimiento de las predicciones de los mayas ni nada como eso. Sencillamente se trata de reconocer que el modo en que estamos viviendo nos está matando, y que son las generaciones más próximas las que pagaran el precio de nuestra soberbia. Serán ellos los que tendrán que matarse unos a otros por agua o por aire, serán nuestros hijos los que contraerán enfermedades por la ausencia de capa de ozono, y serán sus vecinos y sus amigos los que tendrán que reconstruir un mundo que nosotros hicimos pedazos a fuerza de querer tomar tanta Coca Cola y comprar tantas tonterías que nunca nos hicieron realmente felices. Con un poco de suerte y si cruzamos los dedos, tampoco a ellos les dolerá que los suyos se mueran de hambre o que se invadan países con excusas hipócritas que solo enmascaran el interés por el petróleo, el agua o el recurso en escasez por esos días, porque quizá también para ellos habrá un descendiente del Che Copete que les haga olvidar la dureza de sus circunstancias, y no faltarán las imágenes narcóticas que opaquen su juicio crítico y su capacidad de hacer algo, cualquier cosa, con tal de evitar el ocaso del hombre y la muerte irreparable de la vida.

Pero hacer este diagnóstico es más fácil que pensar en alguna solución a ello. Al respecto, desde hace mucho tiempo se han formulado numerosas teorías y perspectivas críticas, las cuales lanzan sus dardos contra la estructura contemporánea del estado, contra la economía capitalista y neoliberal, contra la microfísica del poder, contra las influencias nefastas de los medios de comunicación masiva, contra la globalización y el choque de mundos culturales, etc. Y cada uno de estos enfoques muestra a su modo las posibilidades de mejorar las cosas, de reestructurar la sociedad, sus relaciones de poder, la administración y la gestión de sus funciones, la optimización de las relaciones fundadas en la comunicación racional y la búsqueda de consensos, sin contar las utopías en donde se anula la sociedad fundada en clases y en la acumulación de capitales. Pero en cualquier caso, y pese al esfuerzo puesto en estas reformas, que pueden redundar o no en mejoras prácticas para la vida de las personas, el hecho es que, en el fondo, no estamos evitando que nuestro navío siga ese curso terrible cuyo negro desenlace sólo cabe esperar no nos toque vivir a nosotros.


Pero entonces, ¿qué es lo que nos pasa, qué es lo que impide que podamos progresar no ya materialmente, sino que moral e incluso espiritualmente? Desde luego, es cierto, hay un aparato socioeconómico cuyo funcionamiento depende no de la satisfacción de las necesidades humanas (no es un sistema filantrópico), sino que más bien de la producción permanente de nuevas necesidades, de generar una demanda infinita que justifique dicho sistema. Nuestra libertad es la de elegir entre opciones que se nos ha persuadido a necesitar, a buscar mejores estándares de vida a través de una producción enferma para la que más vale la inseguridad y el descontento, que la autorrealización y la madurez moral.

Pero esto es algo que sabemos. Hablar de consumismo e individualismo son clichés que nos gusta citar y de los que estamos presuntamente concientes, del mismo modo que estamos ciertos acerca de que es ese consumo desmedido el que está arrasando con nuestra naturaleza y exterminando nuestros recursos naturales. De vez en cuando, claro está, nos gusta alegar contra estas cosas, del mismo modo que cientos cada año salen a las calles a protestar contra el gobierno de turno o contra un presunto imperialismo de parte de multinacionales desalmadas y perversas. Inventamos consignas de lucha, esperando que alguien arregle las cosas, que ellos, los malos, dejen su poder al pueblo, o que ellos, los equivocados, se den cuenta de sus errores y se hagan más humanos, más buenos y más justos.

No puedo evitar pensar que algo anda mal en esta ecuación. Pues el hecho es que la tendencia general de las personas es la de esperar que las cosas cambien para mejor, para que sus vidas sean más felices, para acceder a una mejor calidad de vida. Pretensión justa, ciertamente, ¿pero no es acaso muy cómodo juzgar las cosas pensando en que son otros los equivocados, en que son otros los que tienen al mundo en peligro, en que son otros los injustos, los malos, los ignorantes, los soberbios, los insolidarios? No quiero negar que haya personas que verdaderamente actúen en la llana inmoralidad, aquellos que se llevan las grandes tajadas a costa de la explotación de los recursos, de las remuneraciones paupérrimas, de la externalización de los costos, etcétera. Pero el hecho es que, frente a eso, es muy poco lo que nosotros, ciudadanos y consumidores comunes y corrientes, podemos hacer. Cuando menos, es muy probable que ninguno de nosotros tenga jamás la posibilidad de estar en una situación de poder tan privilegiada como para iniciar una revolución ilustrada y cambiar las cosas. Además, si ponemos el problema en términos de poder, debería preguntarme, ¿qué haría yo si estuviera al mando de un país o de una gran corporación?

El tema es que, así como siempre es más fácil pensar en que los otros son los malos, es también muy cómodo pensar en que yo, nosotros, somos de los buenos muchachos. En que yo hago todo lo mejor que puedo por hacer las cosas mejor, que cuando puedo hago el bien a los demás, que intento ser buena gente, un buen chato, atento, solidario, biendispuesto. Por supuesto que omitimos la parte en que hacemos todo eso porque nos conviene, porque es bien visto, porque es lo que otros esperan de nosotros. Y además nos gusta tener una imagen positiva de nosotros mismos, querernos harto, y buscar así el bien personal primero y después el de aquellos que nos quieren, el de aquellos a quienes necesitamos para sentirnos mejor. Y si alguna vez tuviera el poder, seguramente que, además de hacer y predicar el bien, sería ligeramente permisivo con los míos, y si me equivocara o me excediera en mis atribuciones de vez en cuando, encontraría la forma de justificarlo y de hacerlo aceptable para el concepto que tengo de mí mismo y para mis flexibles valores. Al final del día, el político o el fiscalizador permisivo es tan buena persona como el que deja que alguien se ponga a su lado en la cola del banco pasando por alto a veinte personas que en ese momento piensan de él que es un tipo detestable, pero que si pudieran, harían lo mismo sin ningún asco.


Lo que quiero decir es que si las cosas están como están, es fundamentalmente porque somos egoístas. Más aún, corrijo lo que afirmo, y digo esto: que yo, Patricio González, soy egoísta, y soy autorreferente. Y es cierto, hay cosas que están mal, y me molesta que corten los bosques y que extingan las especies, pero soy yo el que elige tener deudas en tiendas comerciales, comprar cosas que seguramente cambiaré en uno o dos años más, en usar la electricidad y el agua a mi antojo, porque, después de todo, para mí siempre son válidas las excepciones. Me gusta pensar que la contaminación es mala, pero me cuesta ver como mi consumo de la leña o el consumo del auto afecta a todo eso. Y me gusta pensar que soy un buen tipo, aunque muchas veces mis conversaciones sean un pretexto para escucharme a mi mismo teniendo a la razón, y mis buenas acciones sean una excusa para que los otros me valoren como una buena persona y me acepten por ser solidario y bienintencionado. Y la preocupación por el bienestar de los demás está siempre presente, en la medida que me proporcione mi dosis diaria de autocomplacencia con mis valores y mi visión humanitaria de las cosas. ¡Que buena persona que soy!

Quisiera llevar el cinismo (en el sentido original de esa palabra) todavía más allá, preguntándome: ¿debería sentirme mal por ser así, egocéntrico y autorreferente? El hecho es que la ciencia está de mi lado. Porque todos los organismo vivos no hacen algo distinto a lo que hago yo. Cada individuo de cualquier especie vela por su propia supervivencia, y las distintas facultades con las cuales está dotado, operan con ese fin, garantizar que ese individuo viva y se reproduzca. Para nosotros no es diferente más que la escala en que se aplica este principio. Pues la inteligencia, aquella facultad de la cual el ser humano gusta sentirse orgulloso por ser el único ser vivo que la posee en la tierra, sirve para el mismo propósito, del mismo modo que todas nuestras facultades psicológicas. Tenemos ideas sobresalientes, tenemos sentimientos nobles, tenemos autoestima, tenemos relaciones sociales y proyectos humanitarios. Pero al final del día, todo eso esta destinado a sostener un delicado equilibrio en el cual me siento bien conmigo mismo, con las cosas que hago y que pienso, sólo porque es importante que yo como individuo viva. Es por mi interés personal que soy una persona moralmente correcta, porque sólo si soy bueno con otros, los otros lo serán conmigo. Me importa lo demás en la medida que contribuye a mi experiencia personal. Y suscribo con sistemas de ideas, ciertos ritos y ciertas costumbres porque me proporcionan una noción de certidumbre y de que la vida tiene sentido.

Pero esto tiene que cambiar. No puedo seguir viviendo de esa manera. Me engaño, lo sé, y hay cosas acerca de mí mismo que prefiero no reconocer y no aceptar. Pero el hecho es que tenemos que cambiar. Pero, ¿cómo? Lo primero es reconocer que no todo acerca de nosotros es negativo – y en el fondo, si logramos ver las cosas con claridad, entenderemos que nada es negativo ni positivo, salvo por la subjetividad que juzga así las cosas.

Es cierto, somos animales, organismos vivos en los cuales, bajo una piel vestida de Calvin Klein o maquillada por Pamela Grant, persiste el instinto primario de la autoconservación, y que media subrepticiamente hasta en nuestras más elevadas acciones y pensamientos. Pero el hecho es que somos también el único ser vivo capaz de saber que es un ser vivo, de entender que vamos a morir, de conocer y querer lo que tiene fuera de sí mismo, de valorar su propia circunstancia, y de entender y amar a otros seres vivos como nosotros. Podemos juzgar, desde luego, hasta que punto vivo de ese modo, pero el hecho es que podemos ser algo diferente. Podemos abrazar algo más que el interés mezquino en mí mismo, y ser uno solo, porque en el fondo, somos una sola cosa. Somos la misma naturaleza, que a partir de átomos y ácidos nucleicos, de evolución y cultura, ha llegado a ser conciente de sí misma. No sólo materia y carne y huesos somos, sino que también espíritu.


En la tradición del Yoga Kundalini se habla de los siete chakras, siete puntos energéticos presentes en todos nosotros, pero que sólo aquellos que se aventuran en el autoconocimiento y la autodisciplina son capaces de abrir y desarrollar. Pero en el fondo, esos siete puntos representan siete niveles en el desarrollo espiritual de la persona. Lo natural es pensar que de esos chakras, los más importantes son los chakras superiores, pero el hecho es que el chakra más importante es el del medio, el cuarto chakra, Anahata, lo cual sólo podemos entender si atendemos primero a la forma en que cada uno vive su vida.

Desde esta óptica, la mayoría de nosotros vive atado a los chakras inferiores, los tres primeros, que representan las facultades humanas desde el punto de vista de su existencia material y animal. El primero representa las necesidades y los impulsos más primarios, el deseo carnal, el instinto sexual. El segundo dice relación con nuestras emociones, con el control de nuestras pasiones, nuestros afectos y nuestros apegos. El tercer chakra es la inteligencia en tanto que instrumento para nuestra supervivencia, como herramienta del ego para el logro de sus objetivos y para la perduración de su propia existencia. La mayoría de nosotros vive entrampados en esas necesidades, en atender a lo que cada uno necesita, a lo que cada uno siente, a lo que cada uno piensa. Así vivimos y, en la mayoría de los casos, así morimos. Pues en sentido estricto, nada más se necesita para sobrevivir.

Pero el verdadero progreso espiritual está en abrir el cuarto chakra, el chakra del corazón, Anahata, que significa lo no tocado, porque el primer principio de las cosas era una unidad sin diferencias y sin divisiones. Anahata es la apertura al amor universal, a la conciencia que se abre a lo Otro sin aferrarse a ello porque yo lo necesite o porque me interese en algún modo. Es entender que más allá de las fronteras de mí mismo, de mi vida atrincherada en mis conceptos y en mis valoraciones, hay un mundo ajeno a mí, y que sin embargo, existe y está allí al mismo tiempo que digo estas palabras. Que hay vida a todos lados y que esa vida merece y debe existir, sirva o no a mis intereses. Anahata es abrirse a lo Otro, a lo desconocido, porque en el fondo no conozco nada más que mis propias ideas y porque adonde sea que mire sólo veo mi propio reflejo.

Desde luego, estos simbolismos orientales quizá no nos digan mucho. Una mezcla de escepticismo y de prurito positivizante nos predisponen a pensar en ello como habladurías sinsentido. No sé si así sea, no es tan sencillo trazar la línea entre lo que es verdadero y lo que quiero que sea verdadero (si es que hay alguna distinción en absoluto). Pero quedándonos con el simbolismo más básico en todo ello, parece como si la conclusión no fuese tan absurda. Trascender mi propio ego, mi apego inconciente a mi instinto primordial por la supervivencia, es la única vía para este mundo enfermo y agónico. Pero para eso tengo que recordar lo que el viejo Platón decía, que hay que salir de la caverna, y que esa caverna soy yo. La realidad es lo que yo proyecto en ella, lo que yo quiero creer y lo que yo necesito que sea. La realidad es un espejo de mi mismo, o como decía el satírico Bill Hicks, somos la imaginación de nosotros mismos. Para pasar al otro lado, debo romperme a mí mismo como un espejo, callar mi mente y renunciar al deseo que me apega a las cosas. Debo reconocer las sombras que yo mismo acepto como mi realidad, sacarme la venda del conformismo, del amor propio, de la autocomplacencia, y reconocer que no soy más que un grano de arena, apenas un actor más entre millones en una escena que se acerca al acto final. Debo juzgarme a mi mismo antes que juzgar a otros, y cambiar yo mismo antes que querer cambiar a los demás.

Y no es que tenga que cambiar porque yo lo necesite, porque en el fondo podría seguir viviendo del modo que lo he hecho hasta ahora y aún así quizás podría ser feliz. No es la felicidad lo que es importante aquí. Lo importante es aquello más allá de mí, algo más grande y más maravilloso que yo. El hombre no tiene derecho a acabar con la vida, la vida debe existir y debe perdurar. Además, nadie vendrá del otro lado del espejo a salvarnos de nosotros mismos, nadie reconstruirá para nosotros lo que nuestras torpezas y nuestra ignorancia de nosotros mismos han destruido.

Tú y yo somos la única salvación, y ésta es la única oportunidad que tenemos para hacerlo. Mira a tu alrededor y da gracias porque estás aquí y porque estas vivo y porque puedes saberlo. Seamos parte del cambio. No permitamos que muera este milagro.