(ensayo)
Preguntarnos por el sentido de la vida incluye al mismo tiempo dos preguntas fundamentales: qué es lo que somos, y qué es lo que deberíamos ser. En otras palabras, lo que buscamos entender no es sólo por qué estoy aquí, sino que para qué estoy aquí. De esta manera, si descubriera que soy una creación de dios, un resultado del azar o la consecuencia necesaria de la estructura del universo, cualquiera de ellas representaría una respuesta tan categórica, que sentirla como verdadera cambiaría por completo lo que hago, lo que pienso y lo que elijo ser todos los días. Si sintiera que el comunismo, por ejemplo, es lo que cambiará a la humanidad y que su verdad liberará a los hombres de la esclavitud, cada uno de mis pasos estarían felizmente encaminados hacia una misión que siento como propia, única y completa. Es lo que siente el hombre que todas las mañanas sale a las calles a predicar la palabra de dios, la madre que se desvive por su hijo minusválido, el libertador que da la vida por su patria. Sin embargo, salta a la vista que, en cada caso, ese proyecto de vida es asumido siempre desde el espacio personal, y por ende toda decisión en este sentido será siempre subjetiva y particular. Y es ahí en donde emerge el problema. Pues si nada, salvo la propia convicción, puede indicarnos si estamos o no equivocados al tomar alguno de los caminos que se nos presentan, entonces parece ser que el sentido de la vida no es más que el que cada uno decide darle a sus días.
Pero si el sentido a la vida puede ser cualquiera, entonces parece como si la pregunta misma no tuviera mucho sentido. Si puedo elegir ser cualquier cosa, y ninguna de las opciones es más válida que las otras, entonces ¿qué debería elegir? Desde luego, puedo decir: “lo que yo quiera”. Pero, ¿qué es lo que quiero? Ahí es cuando la pregunta se complica un poco más. Cada uno de nosotros quiere muchas cosas, un buen trabajo, personas que nos quieran tal como somos, estar a salvo de determinados peligros, etc. Pero más allá de esta variedad de cosas que queremos, incluso de aquellas que parecen ser prioridades serias y a las cuales dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos, cabe preguntarse ¿qué es lo que verdaderamente queremos?, y más todavía, ¿en verdad sabemos qué es lo queremos? De esta manera, y suponiendo que no haya fuera de nuestro propio y supuesto buen juicio que sea capaz de guiarnos para orientar nuestra existencia, se hace notorio que necesito descubrir lo que soy, conocerme a mí mismo. Pero esta es una tarea que bien podríamos no emprender. Podríamos llegar a la conclusión de que perdemos el tiempo en preguntas ociosas en lugar de ocuparnos de cosas prácticas. Quizá me hago más problemas de lo necesario, y debo optar simplemente por lo que más me conviene. Y como toda decisión es siempre concreta, lo que más me conviene quizá sea lo más útil, lo que me de beneficios más inmediatos, lo que me haga sentir bien, y quizá todo aquello que, en definitiva, haga irrelevante a la pregunta misma, satisfechos todos mis apetitos y todos los momentos vacíos en la rutina de mis días.
Pero el problema es que esa dinámica irresponsable de hacer cualquier cosa, de consumir sin saciarnos nunca, de quererlo todo a cualquier precio, constituye una de las principales causas de la situación desequilibrada de nuestro mundo. Porque qué fácil es hablar de derechos humanos y de la libertad del hombre mientras me compro zapatillas remendadas a mano y por centavos por niños hondureños o tailandeses, o de valorar nuestros bosques mientras miramos con delicia alguna guitarra, algún mueble o alguna chuchería que no salió precisamente de la nada. No estoy hablando de cambiar el sistema o de despreciar las bondades tecnológicas de nuestra era, sino que simplemente poniendo sobre la mesa el hecho de que no cualquier cosa que hagamos da lo mismo, partiendo porque las consecuencias que se desprenden de nuestras decisiones u omisiones no dan lo mismo. Además, las consecuencias del modo de vida del hombre postmoderno no se proyectan solamente sobre el vertedero en que hemos convertido a nuestro planeta, sino que también en lo que hemos hecho de nosotros mismos. Pues en la medida que el ser humano no sepa quién es, estará condenado a rellenar ese vacío con artefactos y fantasías que no satisfacen a un corazón que no sabe lo que quiere.
Quisiera detenerme por un instante sobre el asunto planetario que acabo de mencionar, para usarlo como trampolín y así volver sobre el tema que nos ocupa pero desde una perspectiva algo distinta y que cuando menos a mí me interesa por estos días. Mucho se habla acerca de la conciencia ecológica, de preservar las especies, de cuidar la capa de ozono, de reciclar y reutilizar, etc. Campañas publicitarias sacan buenos provechos de esta campaña verde, y así mismo les rinde a las conciencias de muchos de los que defienden estas ideas. Pero aunque toda esta campaña por proteger al planeta sea bienintencionada, en la mayoría de los casos parece darse un importante equívoco. Y es que parece existir la suposición infundada de que la tierra está en peligro. Es cierto que nuestro modo de vida ha cambiado las cosas en la biosfera, que el delicado equilibrio que existía entre civilización y naturaleza se ha visto alterado entre tanta emisión de dióxido de carbono y de desechos plásticos. Pero si eso representa un problema, no lo es para el planeta ni aún siquiera para la vida, sino que para nosotros mismos. Pues la vida estuvo antes que nosotros, y sobrevivirá al ser humano del mismo modo que sobrevivió a las pestes, los asteroides, las glaciaciones, los terremotos y los cambios en el magnetismo de los polos. Mucha pena nos puede dar la extinción de las especies, pero reparemos en que no es la primera vez que esto ocurre. El 99,9% de todas las especies que alguna vez han pisado la tierra se han extinguido. Y aunque en el presente el agente de esta extinción en masa sea el ser humano, de ello no se concluye que la tierra esté en peligro. Porque aunque se acabe el petróleo y se consuman los bosques, eso representa una amenaza para nuestra supervivencia, pues es nuestra forma de vida la que depende de las condiciones que hemos alterado, pero aunque ellas cambien, es lo más probable que la vida siga su curso, con o sin nosotros. En otras palabras, si hay algún organismo que esté en la recta de la extinción, somos nosotros, cuando menos en la forma en que hemos vivido hasta ahora.
Partamos por una aclaración metodológica. Si hemos de responder a esta pregunta, debemos proporcionar una razón, y no apelar simplemente a las buenas intenciones ni al argumento de la emoción. Si es por empatía, es decir, si es por simpatizar con el futuro o el bienestar de alguien, entonces perfectamente alguien lo suficientemente fanático y comprometido con el sufrimiento de los pandas podría argumentar que sería bueno que el ser humano desaparezca, anulando así de raíz la causa de todos los padecimientos de todos los seres vivos que día a día caen bajo la tiranía del homo sapiens. Por supuesto esta es una exageración, pero ella tiene por propósito mostrar que si hemos de defender la existencia de una humanidad futura, debe ser en función de una razón suficiente, y no de meras intenciones.
Entonces, ¿qué buena razón tenemos para que siga existiendo el ser humano? ¿Por qué deberíamos empeñarnos en seguir viviendo, en que haya un mundo para nuestros hijos, y no dejamos más bien que las cosas sigan su curso inexorable? Me parece que en este punto volvemos al corazón del tema que nos formulábamos desde un comienzo, a saber, cuál es el sentido de la existencia humana. Sin embargo, como se podrá apreciar, el problema ya no es el sentido que cada uno le de a su propia vida, sino que el problema más general de cuál es el sentido de la existencia humana sobre la tierra. Y es sobre esto sobre lo que me gustaría decir algunas cosas.
Me permitiré dejar de la lado la hipótesis cristiana según la cual seríamos creados por dios, y que por lo tanto nuestro objetivo en el mundo sería custodiar su creación, o como se propone en versiones algo más interesantes, que el fin del alma humana es volver a encontrarse con la divinidad. Descarto estas hipótesis no por falsas, sino que simplemente por escapar del ámbito de lo que puede ser defendido con razones. Además, me parece importante señalar que el hecho de que algo tenga una finalidad no tendría por qué significar, necesariamente, que ese fin haya sido propuesto de antemano por algún ser trascendente estilo Jehová, sino que también podría ocurrir que dadas las características de una cosa, ella deba cumplir con un plan necesario, así como la semilla del ciruelo sólo puede convertirse ciruelo, pero nunca en piedra o en caballo.
Así lo pensaba, por ejemplo, Aristóteles, quien sostenía que todo ente tiene por finalidad cumplir con un plan interno, el cual no sería otro que el de desarrollar en toda su plenitud sus propias potencialidades. Y por lo tanto, la finalidad de la semilla es la flor, como el cachorro sólo puede convertirse en un perro o en un gato adulto. Pero al detenerse sobre el ser humano, Aristóteles consideró que la finalidad de la vida humana debe ser algo más. Siendo un animal racional, su plenitud no puede estar solamente en su desarrollo biológico, sino que también en su desarrollo anímico. Por lo tanto, este señor concluyó que lo que todos los seres humanos buscan por naturaleza es ser felices, o adecuándolo a los términos presentes, que el sentido de la vida es buscar la felicidad. Es un punto de vista interesante con el cual no es difícil suscribir, pero que involucra algunos problemitas. El principal problema de Aristóteles en este sentido es que, aunque su punto de vista es razonable, no deja claro qué es la felicidad. Lo único que sugirió es que ella podría encontrarse en la vida intelectual, en la filosofía, pero resulta evidente que ello excluye un universo de otras formas de vida, además de obviar el hecho de que nadie por ser filósofo es feliz sólo por eso. Por otra parte, si llevamos esta idea hasta sus últimas consecuencias, y proclamamos la felicidad como finalidad de la vida, ella puede aflojar fácilmente los frágiles lazos que atan a la sociedad. Pues si el fin es ser felices, entonces cualquier medio disponible para dicho fin podría ser válido. Y esto es algo que no se aleja demasiado de la realidad: con tal de ser felices, vemos a personas caer en el fraude, el crimen, la mentira, etc. Y más todavía, es esa búsqueda ciega e infinita del bienestar lo que tiene a nuestro mundo tambaleando, empecinado cada uno en mirarse su ombligo y dejar satisfechos sus deseos. Por lo tanto, la búsqueda de la felicidad agrega un dato a la causa, pero no resuelve el problema de cuál es el valor de la existencia humana, ni mucho menos nos dice por qué debería nuestra especie seguir aquí en el futuro.
Entonces, si no es la felicidad, ¿cuál es la finalidad del ser humano? Otro señor que merece ser mencionado en este asunto es don Immanuel Kant, un alemán que también proporcionó algunas ideas interesantes para este problema. Según este personaje, se constata que en el ser humano coexisten dos tendencias, cada una de las cuales apunta en direcciones opuestas, y que representan, en el fondo, dos finalidades. Por una parte, la sensibilidad propia de los seres vivos hace que el ser humano busque felicidad (considerando por felicidad la satisfacción de todas las inclinaciones que un ser vivo podría necesitar requerir). Pero al mismo tiempo, el hombre es racional, y por lo tanto, una finalidad diferente emerge de esta facultad, la cual consiste, según este caballero, en ser racionales. Suena extraño, pero tiene sentido, sobre todo desde el punto de vista moral. Pongamos un ejemplo simple. Supongamos que nos encontramos una billetera a la salida de esta reunión, nadie nos ha visto y no sabemos de quién es. Desde el punto de vista de buscar mi propio bienestar, no hay contradicción en que tome la billetera y me la guarde, pues en sentido estricto no la he robado, y en última instancia estoy velando por mi felicidad. Pero desde una óptica puramente racional, lo que debería hacer es preguntarme ¿qué pasaría si todo el mundo actuara como yo? Obviamente uno puede eludir el problema aduciendo que no todo el mundo actúa como yo, pero eso no anula la validez de esta ecuación, según la cual la moralidad de una acción reside en ser capaces de ampliarla a rango de ley universal, o lo que es lo mismo, pensar en el motivo de nuestras acciones como un principio válido para todos y para todas las circunstancias posibles. Y dado que quedarse con lo ajeno no es un principio que quisiésemos que fuese válido para todos, la acción se considera inmoral.
De esta manera, el sentido de la vida según este señor sería el de actuar de acuerdo a los mandatos de nuestra razón, cumplir con el deber que todos sentimos interiormente, sólo a través de lo cual podríamos lograr que el mundo fuese un lugar bueno. De hecho, este enfoque, fundamental para lo que fue la ilustración y posteriormente para la formulación de lo que hoy llamamos derechos humanos, nos hace considerar a todo ser humano como un fin en sí mismo, a saber, como depositario de una dignidad que nadie ni nada le puede arrebatar. El argumento para esto es que, ya que la razón sólo puede obedecer a la razón, no se puede actuar en contra de otro ser humano, porque eso sería ir en contra de otro ser racional, capaz de desarrollarse, ampliarse y conducirse a sí mismo.
Este punto de vista se ramifica en muchas direcciones, pero el asunto relevante es que, si la vida humana tiene algún valor, es porque sólo ella es depositaria de un intelecto que le permite gobernarse a sí misma y separarse de la mera animalidad. El desafío, en este sentido, vuelve a ser el autoconocimiento, que Kant sintetizó en la frase “atrévete a saber”. Sin embargo, tampoco este punto de vista está exento de críticas. Lo que vino después de Kant fue precisamente un enfriamiento en la forma de ver al ser humano, considerando sólo lo racional, lo lógico, lo que puede ser calculado y precisado en fórmulas exactas, dejando de lado toda consideración de las situaciones concretas, como así también una exclusión de la emoción, la intuición y otros aspectos relevantes de la personalidad humana.
Además, llegados a este punto, es necesario que nos preguntemos, ¿en verdad podemos sostener que nuestra finalidad es ser racionales? Es más, ¿por qué tendríamos que ser racionales? Quisiera considerar aquí algunas ideas de uno de mis favoritos, Friederich Nietzsche. Lo interesante de este polémico personaje es que pone en perspectiva a este supuesto animal racional, subrayando la pequeñez de nuestra existencia, y lo ficticio de nuestros hábitos y costumbres. En este contexto, quisiera citar un breve fragmento que pone de relieve algunas de las cosas que quiero señalar. El fragmento pertenece a un texto llamado “Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral”, y dice así:
La llamada de Nietzsche es entusiasta, pero es también es un callejón sin salida. De nuevo quedamos solos, obligados a inventarnos y sin saber, sin embargo, qué es lo que deberíamos inventar o qué deberíamos ser. Desprovista la vida de una finalidad, cualquier proyecto es posible. A esta conclusión llegaron en el siglo XX los existencialistas, quienes consideraron que el mundo era absurdo, que no habiendo un fundamento último todo proyecto está condenado al fracaso, y que más encima estamos condenados a ser libres, es decir, a ser los responsables exclusivos de lo que somos y lo que llegaremos a ser.
Pero entonces, si tal parece que la existencia del ser humano es en el fondo irrelevante en el mundo, y que todo el problema radica en que es el hombre el que se cree importante, ¿por qué deberíamos existir? ¿Qué valor tiene el ser humano si no hay para él una finalidad o un propósito? Intentemos sacar algunas conclusiones.
Pero, dado lo anterior, la pregunta final que queda por formularse sería ¿esta experiencia humana, sea cual sea el modo en que ella se asuma, merece seguir existiendo en el universo? Y es que si no hay ninguna misión para nosotros en esta tierra, y por lo tanto cada uno es libre de intentar lo que cree mejor y de depositar su pasión entera en lo que le parece más valioso, parece que sólo queda asumir las consecuencias de la forma en que hemos venido habitando este lugar en los últimos siglos, aceptar que nuestra historia no es diferente de la de ningún otro ente en el universo, y que como todas las cosas, también el capítulo del hombre tendrá su final. Pero entonces, insisto: ¿qué se perdería si un día nuestra especie dejara de existir? ¿Qué se acabará cuando desaparezca el hombre?
El hecho es que, con todo lo arbitraria y accidental que sea nuestra existencia, la muerte del hombre acabaría con algo más que el ser humano. Su desaparición no sólo significaría la desolación definitiva de los hospitales y de las ferreterías del mundo entero, el final de las especulaciones en la bolsa de valores, la conclusión de cada chisme y de cada sarcasmo, el silencio de los columpios y el enmudecimiento final de los cajeros automáticos. No es sólo que cesarían las jornadas absurdas del trabajo, la rutina y los noticiarios a las nueve en punto. La muerte del hombre sería también el final de todo lo que alguna vez ha tenido valor sobre esta tierra, del amor y la amistad que unen a los hombres, de la comunión que sólo el arte y la fe logran, de todas las manos que alguna vez se unieron para soportar las tormentas o para construir catedrales. Sería la muerte de las noches del asombro y de todo lo que alguna vez ha sido bello, bueno o verdadero. Para siempre desaparecerían las sombras que opacan los corazones, pero también las luces que las disipan. Y entonces ya nunca más el florecer de las primaveras sería motivo de esperanza para nadie, porque entonces toda experiencia posible del mundo habría acabado para siempre.
Así, el valor de la vida humana no reside simplemente en la suma de lo que los hombres han logrado a lo largo de su historia. No mentiría seguramente la balanza si sobre ella colocásemos al mismo tiempo cada obra de arte y cada matanza que se ha consumado en nombre de la justicia y la libertad. Si pudiésemos hablar por cada inocente que murió por una bandera, por cada conquistador y esclavo, no valdrían demasiado, seguramente, todos nuestros grandes progresos, nuestras victorias mezquinas y breves. Pero no es por lo que hemos sido que debemos persistir sobre la tierra, sino por lo que podemos ser. Sea que valoremos al ser humano por su intelecto, o por la pasión que pone en sus obras, él hecho es que él no representa un organismo cualquiera. Para el hombre, ser en el mundo, estar aquí, significa no sólo vivir y existir, sino que significa también el evento de descubrir que soy, existo, y así asombrarme y abrirme a todo aquello que no soy yo. Con el hombre, la naturaleza, que se tomó más de cuatro mil millones de años en desarrollar a un organismo capaz de entender la evolución, cobra conciencia de sí misma, pues ha ocurrido que algo, un mamífero que piensa, ha descubierto que está entre las cosas. Y esto es, creo, el fenómeno más extraordinario de la naturaleza, independientemente de la óptica con que se mire. Pues sólo porque hay ser humano, hay también mundo, o cuando menos, una experiencia de él.
Cierto es que, como afirma Nieztsche, cuando acabe todo para este organismo pensante, será como si no hubiera sucedido nada en el universo, pues no habrá nadie que pueda relatar nuestro breve tránsito por la tierra. Pero esto, más que subrayar que la vida humana carezca de valor, es una exaltación del hecho que sólo puede haber sentido y valor en esta experiencia mundana y terrenal, y que precisamente por eso la vida, ésta vida, esta experiencia humana, finita y contingente, constituye la realidad más sagrada y el regalo más valioso.



